Siembra social en los jóvenes

Unos 600 jóvenes panameños toman parte del tiempo que les dejan sus empleos o estudios para donar su mano obra y entusiasmo a un proyecto de apoyo social.

En Panamá, la ONG cuenta con cerca de 600 voluntarios en casi un año de funciones en el país.

La mayoría de ellos son jóvenes que toman parte o mucho del tiempo que les dejan sus empleos o estudios universitarios para donar su mano obra y entusiasmo.

EN PLENA FAENA

Según cuentan varios de los voluntarios de esta entidad no lucrativa, ser parte del escuadrón de voluntarios no les exige tanto, hasta que llega el momento de construir las casas.

Deben dejar por dos días las computadoras, baños y demás comodidades de sus hogares, para trasladarse a alguna comunidad de pobreza extrema.

Luego hay que tomar las herramientas y levantar la vivienda, lidiando con la constante lluvia o con el inclemente sol.

La comida por esos días consiste en menú práctico (alimentos secos o enlatados), y la escuela más cercana en la comunidad se convierte en el refugio para descansar y dormir.

Cuando el sol se oculta, les toca ir a cambiarse camisas y pantalones, a veces, cubiertos de lodo o polvo.

No es fácil, pero sí “muy gratificante”, coinciden María Alejandra Herrera, Víctor Alvarado y las hermanas Andrea y Nicole McKay.

¿Por qué los jóvenes se suman al proyecto?

Estos muchachos dicen que no podrían hablar por los 600 voluntarios, pero en general se comparte el sentimiento de “retribuir en algo todo lo que hemos recibido hasta ahora”.

Por ejemplo, Alvarado, de 23 años, es estudiante de ingeniería mecánica industrial en la Universidad Tecnológica de Panamá. Dice que está por terminar su preparación académica, y siente la responsabilidad de tratar que más personas puedan tener algún día esa oportunidad.

Conoció el proyecto Un techo para mi país en Costa Rica hace unos años, y una vez se enteró de que estaba en Panamá, no dudó en anotarse en el voluntariado.

En tanto, a María Alejandra Herrera, estudiante de arquitectura en la Escuela de Arquitectura y Diseño de América Latina y el Caribe, le hablaron de esta propuesta social en su universidad.

Una vez participó en una de las construcciones, cuenta la chica de 18 años, quedó “fascinada, porque aquí, a diferencia de otros sitios, sí se nota que el apoyo que das cumple con un objetivo”.

En esta entidad, incluso, participan varios grupos de hermanos. Uno de ellos lo conforman Andrea y Nicole McKay, de 19 y 23 años, respectivamente, quienes se enteraron de la labor de Un techo para mi país a través de la red social Facebook.

Cuentan que una vez participaron en una de las construcciones, “no hubo vuelta atrás”. Cuando estás allá, narran, y ves las condiciones en las que vive mucha gente en el país, es imposible no sentir el deseo de ayudar.

En general, las familias a las que ayudan les reciben con un buen semblante, pero hay otras que no se abren tanto, porque son tímidas o por el recelo ante tantas promesas que antes no les han cumplido, reconocen.

Y por tratarse de jóvenes, el ambiente que se respira es muy positivo y contagiante, ya sea construyendo o en la sede de la ONG en Bella Vista, recalcan los jóvenes.

Puedes entrar conociendo solo a una persona, y luego conocerás decenas de jóvenes que comparten tus mismos ideales, señalan.

El mexicano Julio Cobo, gerente general de Un techo para mi país, y el brasileño Lucas Terra, director social de esta organización, acotan que se trata de contar con un voluntariado que tenga el perfil joven-universitario, porque son ellos los futuros doctores, empresarios, funcionarios, etc., y la idea es mostrarles esa otra cara de su propio país, involucrarlos para que cuando sean líderes tomen en cuenta esta realidad, que muchas veces no se quiere ver de frente.

FUNCIONAMIENTO

Las casas que construye Un techo para mi país son de madera y cinc. No son para siempre. Tienen un tiempo útil de 7 a 10 años, señalan Cobo y Terra. La idea es que en ese tiempo la familia, que antes vivía en ocasiones en casa de cinc y cartón, pueda tener un espacio, aunque sea pequeño, para poder atender otras necesidades y para más adelante aspirar a construir un hogar definitivo.

La casa de madera no es regalada, aclaran. Las familias deben comprometerse a ayudar en la construcción y pagar el costo simbólico de 120 dólares para que no lo vean como algo gratis y así sientan que es suyo.

Luego de la construcción, a la familia se le da un seguimiento a través de programas de habilitación y orientación social. Lo ideal, explican Cobo y Terra, es que esas familias y la comunidad aprendan habilidades y puedan salir adelante.

No es darles el pescado, es tratar de enseñarles a pescar, enfatizan.

COLECTA

Para seguir con esta labor, Un techo para mi país realizará una colecta mañana 15 de julio y el 16 de julio en 70 puntos de la ciudad capital.

No será una colecta cualquiera, aclara Daniel Cortés, encargado del departamento de comunicación de esta entidad social. “Iremos con nuestras alcancías en forma de casa, explicando de qué se trata este proyecto, disfrazados y usando tambores”.

Lo recaudado será para construir entre 60 y 100 viviendas en septiembre próximo.

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