Ver el horizonte desde la cima del volcán

Subir al punto más alto del país es un reto físico y mental. El premio, la cima y su vista, se disfrutarían más si se cuidara con más dedicación la naturaleza que los rodea.

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Subir el volcán Barú por segunda vez fue algo en lo que pensé desde mi primer ascenso. Es una experiencia inolvidable, un reto tanto físico como mental que tiene como recompensa final conquistar la cima de Panamá, y en el proceso, conquistar tus propias dudas sobre lo que eres capaz de hacer.

El reto fue distinto: ascendimos en la época lluviosa para probar la estabilidad de la ruta, observando las diferencias entre fauna y flora durante ambas estaciones y, a la vez, poniendo a prueba nuestras propias habilidades. Mis compañeros en esta expedición serían dos amigos, ambos con una experiencia de ascenso al volcán. Aun conociendo la ruta, decidimos contactar a nuestro guía oficial en Chiriquí, Gonzalo Chaly Aizpurúa, para que nos acompañara en esta vuelta, ya que parte de nuestro plan de ataque era hacer parte del ascenso de noche.

Chaly nos escoltaría hasta la boca del cráter y luego regresaría al pueblo de Volcán a esperarnos hasta el día siguiente. Empezamos la subida temprano y las primeras dos horas de camino se nos hicieron bastante rápidas en la oscuridad. Ya en la tercera hora de camino nos encontramos con la primera prueba real de esfuerzo físico: La 45, llamada así por su inclinada pendiente que a veces tiene un ángulo de 45 grados, obstáculo que hay que sortear antes de llegar a la mitad del camino.

Casi una hora de subida intensa después, se comienza a bajar nuevamente hasta llegar a El ojo de agua, un triste recordatorio del daño que ocasionamos los seres humanos al ambiente: más que ojo de agua, la palabra vertedero parece apropiada para describir el único punto del camino hacia el volcán que contiene la oportunidad de conseguir agua fresca.

Aunque nos contentamos al ver que Sinaproc y el Ministerio de Ambiente han iniciado una señalización del sendero, marcando kilometrajes, no se ha hecho nada para aliviar la situación de la basura en la ruta ni para mejorar el camino, el cual cuenta ya con muchos años de erosión y descuido.

Una vez pasado El ojo de agua, comienza nuevamente la subida. Poco a poco el bosque va cambiando de tamaño, los árboles son cada vez más pequeños y reinan los musgos y hongos hasta que repentinamente te encuentras en la puerta del páramo subalpino que nos acompañaría el resto del camino hasta el cráter.

El terreno se convierte en un tipo de arenal compuesto de ceniza volcánica, piedras y uno que otro arbusto, haciendo de cada paso un martirio al resbalar constantemente por la inestabilidad y deterioro del suelo. El primer punto de referencia es El Palito, que es fácil distinguir por ser el árbol más alto de esta parte del trayecto y es justo ahí donde todo se torna más difícil.

El cansancio de casi seis horas de caminata, aunado a la altitud del terreno, convierte el ascenso en una verdadera prueba de fortaleza mental. Es en este punto en que muchos se preguntan para qué se les ocurrió hacer semejante cosa. Una vez llegas a La piedra pintada, el aire se hace más liviano y cada respiro contiene menos oxígeno, haciendo al cuerpo trabajar el doble e incrementando aun más el cansancio.

El último punto de referencia antes de llegar al cráter es el famoso Cable, dejado ahí hace muchos años para facilitar la subida en la parte más técnica del terreno. Hoy el cable solo sirve como punto de referencia, ya que el tráfico, el tiempo y la erosión han hecho casi imposible su uso.

Allí, las nubes comenzaron a envolvernos. Tratamos de acelerar el paso, sabiendo que todavía nos faltaba un mínimo de 45 minutos, pero el terreno y la fatiga lo hacía difícil.

Después de 7 horas y 40 minutos llegamos al cráter a medio día, cuando solo tuvimos tiempo de armar una de las toldas antes de que se abriera el cielo y nos cayera encima con toda su furia invernal.

Sabiendo que nuestro plan de alcanzar la cima esa tarde ya se esfumaba, nos concentramos en hacer lo que pudimos para armar el campamento mientras nos azotaba la tormenta. Como si fuera una canoa, sacábamos agua desde adentro mientras aguantábamos el techo con la mano para prevenir que se mojara aún más. Aunque secamos todo, nunca paró de llover: fueron nueve horas refugiados en la tolda, cocinando, hablando y encontrando cualquier manera de pasar el tiempo.

En vista del clima, tuvimos que abandonar nuestro plan original de explorar las calderas y decidimos completar el ascenso a el día siguiente. La mañana comenzó espectacular y a las 7:45 a.m. alcanzamos la cima, siendo las únicas personas en la montaña ese día. Pudimos ver sin interrupción hacia el sur, este y oeste del país, siendo el norte portador de un mar de nubes que se abalanzaba desde lo lejos hacia nosotros, avisándonos que quizá era mejor iniciar nuestro descenso.

Al descender, cada uno con una bolsa de basura ajena en mano, algo quedó claro: proteger este hermoso legado natural es responsabilidad de todos los panameños.

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