Viaje literario del siglo XV

En la mesa redonda ´El libro entre el Atlántico y el Pacífico´, el profesor Pedro Rueda abordó la relación de las letras con el tránsito marino.
), de la Universidad de Barcelona, y el ponente Baltasar Brito, de México . LA PRENSA/Maydeé Romero. ), de la Universidad de Barcelona, y el ponente Baltasar Brito, de México . LA PRENSA/Maydeé Romero.
), de la Universidad de Barcelona, y el ponente Baltasar Brito, de México . LA PRENSA/Maydeé Romero.

La literatura del siglo XV también viajó en barco desde Sevilla (España) hacia nuevos destinos en tierra firme, donde ávidos lectores aguardaban por diversos temas como: tratados teológicos, entretenimiento, devocionarios o educativos (aprendizaje de la lectura).

Los libros, luego de ser desembarcados, pasaron por caminos rurales, cargados en mulas, custodiados por religiosos, mercenarios o comerciantes que debían soportar meses de recorrido entre el Atlántico y el Pacífico para vender o entregar las obras impresas, según contó el profesor Pedro Rueda Ramírez, de la Universidad de Barcelona, durante la mesa redonda del VI Congreso Internacional de la Lengua Española del pasado domingo titutada “El libro entre el Atlántico y el Pacífico”.

Rueda Ramírez, que expuso el tema “Circuito de distribución del libro en la época moderna”, considera que el intercambio de la literatura por tránsito marítimo desde Europa hasta América y de América a Asia constituye “el primer ejemplo de globalización cultural”.

El catedrático ilustró la importancia del istmo al narrar la travesía de Fray Diego De Ocaña, quien decía que “al llegar a Portobelo descansó dos semanas y pasó a Panamá con la ayuda de mulas que llevaban unos 300 libros de Nuestra Señora que traía para repartir”.

Probablemente, se trataba del texto de Gabriel de Talavera -dice el expositor- sobre la virgen de Guadalupe. En Panamá, De Ocaña estuvo tres meses esperando que bajasen los navíos del Perú con la plata para poder navegar por el mar del Sur hacia la ciudad de Lima.

Rueda Ramírez explicó que los libros fueron muy valorados en la época, tanto que un fiscal marino llamado Francisco Samaniego Tuesta, que en 1644 realizaba un viaje de Acapulco a Filipinas en su barco y que fue sorprendido por un huracán que hundió la embarcación, dejó escritos sus lamentos por haber perdido 24 cajones de libros y sentenció: “con la pérdida de mis libros se me acabaron todas mis curiosidades”.

Según Rueda Ramírez, el intercambio de obras facilitó enormemente la fundación de bibliotecas en América, “se ha encontrado que el 90% de las obras de estas bibliotecas fue impreso en Europa”, indicó.

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