Más acción, menos política

El científico Ricardo Moreno, experto en felinos silvestres, intenta replicar en Panamá un proyecto de conservación que comenzó en Costa Rica.

Los grandes felinos requieren extensos territorios para vivir, cazar y reproducirse; un jaguar, por ejemplo, puede desplazarse en una zona de entre 80 km2 y mil 200 km2. Pero a medida que se fragmentan, deforestan los bosques y avanzan los asentamientos humanos, se reducen sus hábitats y las poblaciones de sus presas.

La escasez de alimento los lleva a acercarse a las comunidades. Los productores o campesinos los matan porque les causan pérdidas económicas al atacar el ganado, aunque también son cazados por su piel o por “deporte”.

Actualmente, el jaguar está en la categoría de “Casi amenazado” de la Lista Roja de Especies de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, y sus poblaciones están decreciendo. En el ámbito nacional son considerados en peligro.

Desde hace algunos años, en Panamá se realizan estudios sobre los jaguares, sus presas y el conflicto con los ganaderos. No obstante, cuestiona el biólogo Ricardo Moreno, ¿qué se ha logrado con la información si se sigue matando a estos grandes felinos?

En su opinión, se requiere un enfoque diferente para la conservación, porque la política y la burocracia en las organizaciones conservacionistas están matando a los felinos, ya que las acciones no llegan a tiempo para acabar con su cacería.

Un artículo de George B. Schaller, publicado por la revista National Geographic en diciembre de 2011, plantea algo similar: “En definitiva, la conservación es política, y la política (o la falta de voluntad política) está matando a los grandes felinos”.

Según el artículo, todos los grandes felinos atacan al ganado, sobre todo si sus presas naturales han sido diezmadas, y “encontrar la forma de compensar, aunque solo sean parcialmente esas matanzas, es un aspecto vital de la conservación”.

Para Moreno, “no basta con poner cámaras trampa, aunque sí es importante contar con esos datos para sustentar el trabajo que se hace. Tenemos que actuar rápido, ir a las comunidades y trabajar con ellas”, expresa.

PROPUESTA

Hace 14 años que Ricardo Moreno estudia los felinos silvestres. En Cana, en el Parque Nacional Darién, hizo su tesis de maestría y también ha trabajado con el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales en el proyecto de telemetría de ocelotes, en la isla de Barro Colorado.

Desde 2006, junto con la investigadora costarricense Aida Bustamante, comenzó un proyecto de conservación en la península de Osa, en Costa Rica, al que llamaron Yaguará. En 2010 se incorporó el ingeniero agrónomo Adolfo Artavia.

Este contempla la instalación de cámaras trampa (ya tienen más de 134 que han conseguido con apoyo de organizaciones como WCS, dueños de fincas y hoteles locales) para registrar la presencia de jaguares y otros felinos.

“Para estimar la población del jaguar utilizando cámaras trampa, hay que tomar en cuenta los requerimientos ecológicos de la hembra y del macho. Hay que cubrir al menos entre 100 km2 y 150 km2, y lo ideal sería unos 300 km2. Pero tener los equipos y datos puede tomar un tiempo, y mientras, los jaguares siguen siendo cazados”, señala Moreno.

La educación ambiental y la compensación a los pobladores afectados por la depredación de sus animales son otros componentes del proyecto.

Los investigadores han distribuido rótulos con información para que la gente los llame en caso de un animal muerto por causa de un felino silvestre. Ellos examinan las evidencias para determinar si realmente fue un puma o jaguar y resarcir al productor, con la condición de que no mate al felino.

Para cumplir su compromiso, los investigadores venden camisetas y reciben donaciones en las charlas que dictan en los hoteles de Osa durante la temporada turística alta. Desde 2007, ya han realizado más de mil charlas y, a pesar de que solo trabajan tres personas en el proyecto, este ha ido creciendo, afirma Moreno.

El científico calcula que deberían contar con al menos entre 100 mil y 200 mil dólares anuales para el proyecto, pero solo han logrado recaudar entre 30 mil y 60 mil por año. “Desde 2009 hemos indemnizado 47 animales a diferentes ganaderos y campesinos. Cada uno de ellos corre la voz y, al contarle a más gente, comienzan a creer, pero hay que trabajar duro”.

¿Es sostenible un programa así?

Moreno explica que en Osa ha sido sostenible gracias a los hoteles del área, pero lo ideal es que haya un balance entre los pagos a los ganaderos y los cambios: adecuaciones de cercas, cambios de actividad económica en el sitio y una mayor educación ambiental.

Plantea que el Estado debe comprometerse con la conservación, y el apoyo de la empresa privada es importante. “El turismo puede ayudar a generar ingresos en las comunidades y un porcentaje de sus aportes al país podrían destinarse a la conservación”.

En Panamá, Moreno espera poder entrenar a estudiantes de tesis “para que ayuden a que esto se dé más fácilmente y poder minimizar el problema”. Ya tiene dos alumnos, uno de ellos de Guna Yala. También le gustaría hacer un estudio sobre los felinos en el corredor biológico Mesoamericano, con estudiantes de diferentes provincias, y otro sobre los capibaras en Gamboa. Para lograr sus objetivos, está aplicando a las convocatorias de Senacyt y a otros programas internacionales.

“Antes de ir a Costa Rica, sabía que faltaba hacer más. Lo que se vive en Yaguará, en la península de Osa, es real y lo quiero replicar acá”.

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