Un arte sin nada que entender

Para las directoras del Festival Prisma, lo más difícil de un evento como este, es crear un público que se acerque a apreciar este arte sin un motivo racional.

Tras una primera edición, Analida Galindo y Ximena Eleta recapitularon sobre los efectos producidos por el Festival de Danza Contemporánea Prisma en la audiencia.

“Luego del festival del año pasado, nos sentamos con el jurado y los voluntarios y balanceamos las cosas buenas y las que hay que mejorar”, afirma Galindo.

¿Cuáles eran esas cosas?

Ximena Eleta (XE): La gente estaba muy sorprendida por lo que nos atrevimos a hacer. Por eso, hay que ser tan cuidadoso con mantener la calidad. Se sentó el nivel de calidad y ahora hay que superarlo todos los años y con un presupuesto bastante bajo. Creo que lo hemos logrado.

Analida Galindo (AG): Este año añadimos en el programa de mano un pequeño texto de cada obra de las compañías y artista, y de qué se trata. Algo que en otros lugares no se estila.

¿Cómo fue la elección de las dos compañías invitadas?

AG: Buscamos algo que no sea tan tradicional ni tan vanguardista. El año pasado fuimos criticados y esta vez tratamos de balancearlo, buscando algo tranquilo y algo más fuerte. En el American Dance Festival, al que asistí, me recomendaron varias, entre ellas, Gallim Danse. Y fueron los primeros en contestar. Por sus términos podíamos costearla, ya que es una compañía nueva.

XE: La primera vez que oí de Brumachon-Lamarche fue gracias a José Leonardo Amaya, porque ha viajado a Francia y entrenado con ellos. Es de esas compañías que han tirado su línea a Latinoamérica. Son gente acostumbrada a viajar, a adaptarse y que lo disfruta.

¿Qué otros objetivos se ha trazado el festival?

XE: Queremos apoyar la creación de coreografías de bailarines locales. Una de las piezas que se presentará en la preapertura es de un coreógrafo nacional, que tenía un working progress y al que apoyamos en su proceso coreográfico, José Leonardo Amaya. Si es algo que se puede dar en las otras ediciones nos gustaría seguir haciéndolo. No solamente apoyar a los bailarines con los talleres y clases maestras, sino también incentivar la creación y darle espacios para presentarse.

¿Hay cercanía entre el público panameño y la danza contemporánea?

AG: La gente, cuando no sabe de qué se trata y no entiende las cosas, no se acerca. Sin embargo, no hay nada que entender. Simplemente es ir a disfrutar y que te lleves algo. El arte te debe tocar de alguna manera. El que se despoja de esos prejuicios va más abierto y puede que entienda o sienta otra cosa que el vecino, y eso está bien. Cuando la gente trata de repensar, porque vivimos en un mundo racional, no se acercan porque piensan que es raro e incomprensible.

XE: Esa es una barrera muy difícil de atravesar, porque te enfrentas contigo mismo y con tus sentimientos, y eso asusta.

¿Qué es lo más difícil de hacer este tipo de danza en Panamá?

XE: Crear público, porque se crea el público de una persona a la vez. Todas las compañías locales contribuyen a ese desarrollo, y en la medida en que tengan experiencias positivas en esas presentaciones es más posible que vayan a otras y se sentirán más exigentes con las compañías locales, porque el estándar sube y las compañías sienten esas ganas de llenar sus expectativas.

¿Cómo ven los nuevos talentos?

XE: Muchos estudiantes, avanzados en danza contemporánea, no siguen los estudios. Una de las razones es porque no ven una carrera posible o una plaza de trabajo. Algunos de ellos pensarán que pueden crear sus academias, lo que ha ocurrido contadas veces.

AG: Hay gente nueva de academias con buen nivel. Si ven que las cosas pueden ser diferentes, pueden entusiasmarse con una carrera. Sin embargo, en Panamá, el trabajar en la danza no se ve viable, porque no se dignifica. Como en la mayoría de las artes, al crear estas plataformas le das a la juventud una esperanza para que se pueda dedicar a esto y más adelante aporte a la sociedad.

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