El baile al ritmo electrónico

´Energy Flash´, de Simon Reynolds, ha sido traducido al español por la editorial Contra. La obra explora los sonidos de los últimos 30 años.
Simon Reynolds es un melómano consagrado. EFE. Simon Reynolds es un melómano consagrado. EFE.
Simon Reynolds es un melómano consagrado. EFE.

El periodista y crítico Simon Reynolds acaba de publicar en castellano su mejor libro, Energy Flash. Un viaje a través de la música rave y la cultura de baile, un enciclopédico repaso a la música de baile y la cultura de la euforia desde su aparición, hace más de 30 años, hasta nuestros días.

Reynolds retrata con entusiasmo en su libro ese movimiento musical iniciado en Detroit, Nueva York y Chicago en los primeros años de 1980 que explotó en el “segundo verano del amor” con el acid-house y el éxtasis.

Hizo cambiar leyes en el Reino Unido y Estados Unidos, puso nombre a una ruta -del “bakalao”-, llenó de etiquetas los estilos sonoros (gabba, trip-hop, dubstep, bass, trance, jungle, footwork, IT o EDM) y que, ahora es un próspero negocio para lo que queda de la paupérrima industria musical.

El autor considera que la cultura electrónica de baile ha sido “la última revolución musical” y que muchos artistas de masas están en deuda con este movimiento.

“Ha sido el departamento de investigación de la música pop. Todos los artistas pop han recogido las nuevas ideas que la música electrónica exploró a finales de los 1980 y 1990”, explica.

La cultura rave, sostiene este británico afincado en Los Ángeles, aportó géneros particulares, como el jungle, el drum&bass, el trance y el minimal techno, y artistas como Bjork y Madonna, Radiohead o Muse, e incluso Justin Bieber y Jay-Z recuperan sus “ruidos”.

TRAS LAS RAÍCES

Reynolds, autor de Post Punk (2005), Después del rock (2010) y Retromanía (2012), disecciona en las casi 700 páginas de Energy Flash, el origen, desarrollo y permanente explosión de la música electrónica de baile, cuyas raíces están en el grupo alemán Kraftwerk y en el productor Giorgio Moroder.

“Kraftwerk es el principio en el sentido techno de la palabra, pero había varios artistas de color anteriores que utilizaron sintetizadores y cajas de ritmo, como Sly Stone y Stevie Wonder, y figuras del jazz, como Herbie Hancock y Joe Zawinul”, destaca.

Reynolds se convenció de que estaba ante una revolución musical cuando acudió, en la década de 1980, a las primeras raves (fiestas clandestinas con música electrónica) y encontró la energía, agresividad y euforia que había perdido el rock de aquellos años.

“Vi a la gente bailar locamente. La música era radical, todo era anárquico e innovador. Era subversivo, fiestas gratis e ilegales al aire libre. Era una rebelión no solo contra la sociedad, también contra la industria. Esta música y su cultura eran un enemigo de todas las formas de disciplina y productividad”, resalta.

El futuro tenía forma de un logotipo amarillo y risueño (Smiley) y un solo alimento químico: el éxtasis (MDMA).

El éxtasis tuvo “una fuerza enorme”, porque se creó “una intimidad colectiva” y permitió vivir “nuevas experiencias casi abstractas”.

“Su abuso cambió la euforia por la paranoia, y muchos se volvieron zombis. A raíz de ello, la música techno de los 1990 se oscureció”, precisa.

Su libro profundiza en los sonidos de los siguientes años y trata de ordenar la enfermiza fragmentación de estilos de la música dance, para lo que habla con protagonistas como Juan Atkins, Tricky, Drew Best, Aphex Twin o DJ Shadow.

Capítulo aparte merece el fenómeno americano de la EDM, la Electronic Dance Music, una vuelta a la cultura rave en Estados Unidos en esta década, pero sin su carácter político o la consolidación de un “club de millonarios” que llena estadios y que responde a nombres como Skrillex, David Guetta, Deadmau5, Calvin Harris o Steve Aoki.

“El EDM es muy interesante. Hay figuras como Skrillex, que están consiguiendo que miles de chicos se asomen a la música de baile, y eso augura un futuro brillante. Creo que esta tendencia se convertirá en más retorcida y siniestra. Además, no es el único movimiento, hay miles de tendencias en todo el mundo”, reflexiona.

Las tendencias ahora son el gabber en Holanda, el minimal house en Alemania o estilos locales de techno en América Latina como el carioca funk y la techno cumbia, y sus ciudades, Londres, Berlín, Nueva York, el sur de California o Las Vegas, dice.

“Ibiza sigue ocupando una buena posición global y es una zona importante para el hedonismo y el turismo dance”, precisa.

Puede ser, como dice el autor, que la revolución de la cultura dance haya caído ya en la “retromanía”, esa enfermedad que Reynolds ya diagnosticó al pop y que supone la repetición de la mayoría de sus variantes, una adicción a su propio pasado.

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