Un bocado de helado tableño

Los helados de pipa tableños han resistido el ritmo agitado de la ciudad de Panamá y siguen refrescando y endulzando el viaje en medio del tranque.

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LA PRENSA/Maydé Romero Sprang. LA PRENSA/Maydé Romero Sprang.
LA PRENSA/Maydé Romero Sprang.

Algo hay en una esquina de la parada de buses frente a las ruinas y los techos de Panamá Viejo. Peatones y vehículos se detienen allí por puñados cada tarde. Llegan en busca de un postre originario de la campiña, disponible en las convulsas calles de la ciudad capital.

Con la tradicional carretilla de madera celeste y cuchara especial en mano, Roberto Sánchez está a sol y sombra siempre listo para despachar ágilmente los pedidos de los populares helados tableños de pipa.

Cada vez que un automóvil se orilla, Sánchez, de semblante afable y pocas palabras, permanece atento en espera de la señal que le harán con los dedos: 1, 2, 3, 4 o más helados. Si el carro viene lleno, todos quieren su barquillo interiorano. Un “buenas tardes” o “gracias” no falta en la breve transacción.

Los extranjeros también suelen mostrar un especial gusto por este helado, tanto que en varias ocasiones le han comprado el tanque entero a Sánchez y a los otros cuatro vendedores de helados tableños que se toman alguna esquina de la ciudad para endulzar el viaje en pleno congestionamiento de la hora pico vespertina.

De cada recipiente salen unos 200 conos de “nieve” de pipa, y en 15 años dedicados al oficio, Sánchez ha servido tantos que siente estar a punto de “jubilarse”.

Tomó la carretilla cuando le faltaba poco para cumplir los 20 años y, desde entonces, los helados tableños le han dado su sustento diario.

En el pasado reciente se vendía mucho más, se lamenta Sánchez, sin perder de vista el flujo del tráfico.

Por años se ubicó bajo la sombra del gaucho contiguo a la antigua vía Cincuentenario que pasaba frente a la torre de Panamá la Vieja. Allí aprovechaba el lento transitar de los carros para vender a diario unos tres o cuatro tanques de helado.

Con la apertura de la nueva vía Centenario a mediados de 2013, la gente pasa más rápido, sin tiempo de sentir antojos de pipa helada, cuenta Sánchez, que ahora vende un tanque por día “cuando mucho”.

El relato de su historia se interrumpe, constante, por las personas que paran y piden ávidas un bocado de una tradición interiorana que viene de décadas atrás y que sobrevive al paso del tiempo.

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