La buenaventura de un bailarín

Para llegar a la categoría de solista en el Royal Ballet de Londres, Montaño ha enfrentado muchos retos que lo han forjado como bailarín y ser humano.
Montaño viaja a Colombia una vez al año para visitar a su padre en Cali. Montaño viaja a Colombia una vez al año para visitar a su padre en Cali.
Montaño viaja a Colombia una vez al año para visitar a su padre en Cali.

Diciembre de 2006. Fernando Montaño se encontraba frente a directivos y profesores del Royal Ballet en Londres.

No conocía a nadie y no sabía inglés, salvo decir good morning y la rutina de La fille mal gardée que había preparado especialmente para esa audición, decisiva para su carrera.

Y de pronto, la música no sonó. “El CD que llevamos no funcionó en el equipo del Royal Ballet. No lo leía. Tuve que bailar sin música”, recuerda tras siete años el primer artista de esta compañía, luego de años de transitar en una ruta pedregosa y llena de adversidades para llegar a ella.

Aquello no era nada, ni mínimamente dramático; ¿que no funcionara un CD?, tan simple como que le marcaron el ritmo y el tiempo con las palmas y listo. A bailar. Eso no iba a detenerlo.

en incolballet

Luego de una conflictiva escena entre la madre de Fernando y la directora de la academia Piazzola, la que le propuso a la madre que lo diera en su adopción para que enseñara con 11 años a sus estudiantes, ese mismo día Fernando fue inscrito en el Instituto de Bellas Artes de Cali, el Conservatorio.

Amalia Romero fue la primera maestra que lo colocó en el punto de partida del camino de la danza clásica, enseñándole sus primeros pasos de ballet, aunque fuera solo por un mes.

La maestra le dijo que su verdadero lugar era el Instituto Colombiano de Ballet (Incolballet), “donde tendría una formación completa, ya que según ella, tenía las cualidades para ser un buen bailarín”, asegura. Fernando solamente tenía 12 años.

Una vez en Incolballet, Fernando fue preparado para competir en uno de los países con más dominio de la danza en la región: Cuba.

con agua en el estómago

En Cuba, con 14 años, obtuvo una beca para estudiar en la Escuela Nacional de Ballet, la que tenía que conservar por medio de competencias y buenas calificaciones.

Sin embargo, la beca cubría únicamente la parte estudiantil, no la de estadía.

Para eso, sus padres tuvieron que hipotecar dos veces su casa en Cali, algo que confiesa sorprenderle, ya que siendo sus padres de Buenaventura, este era “un lugar donde definitivamente no se hablaba de ballet”.

Algunas veces, recuerda con un dejo de melancolía en su voz, haber esperado el bus hasta tres horas para ir a casa después de su entrenamiento, por lo que llegaba sin haber comido, bebiendo no más que agua.

venus y fernando

Ese primer año en La Habana conoció a Venus Villa ­actual bailarina del Ballet Nacional Inglés­, con quien compartía a la misma entrenadora en la Escuela Nacional de Ballet y a la que siguió hasta Italia como partner luego de terminar sus estudios en Cuba.

Venus representó una figura crucial en la historia profesional y personal del bailarín, convirtiéndose en su confidente e impulsora junto con su padre Evandro Villa, principal patrocinador del talento de Fernando.

El bonaverense, por su parte, estaría en Turín, becado por el teatro Novo Di Torino, pasando luego a las filas de La Scalla.

Otra vez el destino de Fernando tomaría un nuevo giro: “Niurka de Saa, hija de Ramona de Saa ­directora de la Escuela Nacional de Ballet de Cuba­ fue mi maestra en Italia. Ella se puso en contacto con Jane Hacker, directora del Ballet Nacional Inglés, quien luego de verme bailar en Paquita me propuso hacer audiciones en Londres”.

pérdida irreparable

Así lo hizo. Fernando audicionó para el Royal Ballet de Londres, donde solamente a las horas de presentarse fue contratado.

El 23 de febrero de 2007, a solo tres meses de haber llegado a la capital inglesa y estrenarse en El pájaro de fuego, Fernando recibió una noticia que tiñó de gris esa noche especial: su madre, a quien le debía su primera formación dancística en Colombia y por quien se colocó el apellido Montaño, había muerto de lupus. Tenía solamente 45 años.

“La danza ha sido el alimento que me ha ayudado a sobrepasar todas las adversidades que he tenido, incluso en Cuba, y cuando murió mi madre. Soy feliz cuando bailo; me olvido de los problemas y las dificultades que paso o me han pasado”, confiesa.

el sello ´montaño´

Ha tenido la oportunidad de destacarse en papeles como “El bufón” en La cenicienta, de Frederick Ashton; “La oruga” en Alicia en el país de las maravillas, de Christopher Wheeldon, y en la reciente coreografía de Alexei Ratmansky, para la que fue elegido a pesar de su condición de primer artista. “Era el único que no tenía la categoría de primer bailarín y el hecho de estar con ellos valió mucho para mí”.

Desde que sale al escenario, Fernando Montaño establece un sello diferencial. Piensa que quizás sea por el hecho de ser colombiano, de estudiar en Cuba, pasar por Italia y finalmente estar en Londres. Es tener tres escuelas en una sola persona.

“Esa combinación”, asegura, “da un sabor diferente a los otros. A lo mejor estás haciendo el mismo paso o el mismo ballet, pero le das otra intención. Y eso lo pone tu escuela y tus vivencias”.

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