PAULO COELHO

En busca del maestro

HISTORIA. “Algunos discípulos pasan la vida preguntándome dónde está la verdad”, dijo Maal-El. Continuó: “Así que un día decidí señalar a una dirección cualquiera, intentando demostrar que lo importante es recorrer un camino, y no quedarse pensando en él”.

Cuando la gente busca un maestro, debería estar a la búsqueda de experiencias que puedan ayudarle a evitar ciertos obstáculos. Desgraciadamente, la realidad es otra: recurren a la ley del mínimo esfuerzo, intentando encontrar respuestas para todo. El que desea aprovecharse del esfuerzo del maestro para así no gastar sus energías, nunca llegará a ninguna parte, y acabará por sentirse decepcionado.

Quien estudie un poco la historia de Buda se dará cuenta de que, después de alcanzar la iluminación, se dedicó a hacer que sus discípulos desarrollasen las cualidades necesarias para llegar a la tan anhelada paz de espíritu. Quien lea los evangelios reparará en que casi todas las enseñanzas de Jesús tienen lugar en dos circunstancias: o bien cuando viajaba, o bien alrededor de una mesa. Nada de templos. Nada de lugares escogidos. Nada de prácticas sofisticadas y difíciles: los apóstoles prestaban atención a lo que decía cuando andaba y cuando comía, cosas que hacemos todos los días de nuestras vidas. Precisamente porque las hacemos a diario, no damos ningún valor a las enseñanzas que están escondidas en los quehaceres diarios.

Pensamos que las cosas sagradas son accesibles sólo para los gigantes de la fe y la voluntad, y pensamos que aquello que hacen las personas es demasiado pobre para ser aceptado con alegría por Dios.

En busca de nuestros sueños e ideales, muchas veces colocamos en lugares inaccesibles todo lo que está al alcance de la mano. Cuando descubrimos el error, en lugar de alegrarnos por haber comprendido nuestros fallos, nos dejamos llevar por la culpa de haber dado pasos errados, de haber malgastado nuestras fuerzas en una búsqueda inútil, de haber disgustado a quien deseaba nuestra felicidad.

Pero no es así: aunque el tesoro esté enterrado en tu casa, sólo lo descubrirás cuando te hayas alejado. Si Pedro no hubiese experimentado el dolor de la negación, no hubiera sido escogido jefe de la Iglesia. Si el hijo pródigo no se hubiese ido, jamás habría sido recibido con júbilo por su padre. Si Buda no hubiese decidido vivir una vida de sacrificio durante muchos años, jamás hubiera entendido el placer de la alegría.

Algunas cosas en nuestras vidas tienen un sello que dice: “sólo comprenderás mi valor cuando me pierdas y me recuperes”.

Existe un viejo dictado mágico que dice: cuando el discípulo está listo, aparece el maestro. Pensando en esto, muchas personas se pasan la vida entera preparándose para este encuentro. Cuando se cruzan con el maestro terminan descubriendo que el maestro no es el ser perfecto que habían imaginado, sino una persona igual a las demás. Al verse frente a una persona normal, el discípulo se siente herido, pero esto debe ser, es esto lo que nos hace libres para labrarnos nuestro propio camino. Edenilton Lampião dio una versión mejor para este dicho mágico: cuando el discípulo está listo, desaparece el maestro.

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