El círculo de la espera

Fabiola Buritica se aisló del mundo para no sufrir. Sale en contadas ocasiones y está dedicada al arte y a su hijo.

El diminuto estudio de Fabiola Buritica, que además es su casa y su refugio, está en el tercer piso de un edificio de Calle 45, en Bella Vista, cerca del parque Urracá.

Puerta blanca, sin adornos ni señas, salvo el número 36. Adentro hay una cama baja y pequeña, un sillón casi a ras del suelo, un abanico de pie, una guitarra, un acordeón y una computadora que su dueña no termina de entender.

En una de sus paredes, como si de un altar se tratara, tiene catálogos de las exposiciones y subastas en las que ha participado en Panamá, Colombia, España y Ecuador, así como unas cuantas hileras de libros.

Lo único enorme en aquella vivienda multiuso son sus pinturas, colgadas en casi todas las paredes o en el suelo unas detrás de otras, dando la sensación de que son sus creaciones las que sostienen el lugar.

No tiene ventanas en su balcón, solo un plástico enorme que tiene la misión de que la lluvia no pase, aunque cuando hay fuertes aguaceros el agua entra y le daña sus pocos enseres.

LÍNEAS

Desde el borde de esa línea invisible que une y separa a la razón del desvarío, Buritica se ampara en la creación para sobrellevar la pérdida del muchacho que ella siempre añora.

Sus pinturas, sus canciones, sus poemas y sus esculturas están empapadas de espiritualidad, ternura y sosiego, habida cuenta del inmenso amor que le tiene a un Dios a quien le pide, en cada nueva aurora, que cuide a su hijo Jordan, quien abrió los ojos por primera vez el 29 de abril de 1989.

El arte es su manera de no perderse en el abismo de la desesperación. Su imaginación la ayuda a no caer por el precipicio de la locura sin retorno y además le sirve de dama de compañía en su voluntario autoexilio.

Buritica decidió alejarse del mundo, pues este no le brindó su mano cuando perdió a su muchacho. Desde hace más de 20 años sale poco de su cuarto, no visita a nadie, ni asiste a eventos, y la última película que vio en el cine fue El Cisne Negro en febrero de 2010.

Solo abandona su estudio para comprar alimentos en el supermercado y para adquirir la cantidad necesaria de telas y pinturas para no tener que salir a ese exterior que la asfixia.

“Cuando cierta gente ve que desaparezco piensa que me fui de viaje, pero otras saben dónde estoy y se aparecen por acá y me traen comida”, explica quien entre 1994 y 2008 ha presentado ocho muestras individuales en espacios como Arteconsult, Edu Art Gallery y la Alianza Francesa.

La primera vez que la memoria traicionó a Fabiola Buritica fue cuando tenía 10 años y se extravió en Caldas, Colombia, donde nació el 13 de abril de 1958.

“A mis hermanos y a mí nos tenían prohibido salir del área de la casa muy después de cierta hora, porque en el monte tú estás solo. Me fui a unos barrancos a jugar con lodo con un palito. Luego llegó la noche y caminaba y caminaba y no encontraba mi casa. Se puso muy oscuro, y tuve tanto miedo que me subí a un árbol. Hasta allí recuerdo, salvo que arriba me sentía como un pájaro. Así aprendí a dibujar”.

La segunda vez fue en Medellín, a los 12 años, cuando su madre la dejó en una institución benéfica pensando que el futuro le sonreiría. “A las semanas fue cuando me violó un taxista con un cuchillo. Imagínese que el primer hombre en mi vida fue un violador. Eso es difícil de borrar, ¿cierto?”.

“Qué policía ni qué médico, es la familia el apoyo que uno necesita, pero si no la hay, entonces debes protegerte. Mamá me lo decía: ´tienes que tener el valor de vivir tu propia vida y debes tomar decisiones”, opina quien obtuvo mención de honor en la Segunda Bienal de Pintura de la Cervecería Nacional (1994) y en el Concurso Nacional de Pintura organizada por el Instituto Nacional de Cultura (1996).

“Cuando uno tiene un hijo, uno sabe que ellos están expuestos a mil peligros. Si yo pudiera dejarle algo a la humanidad sería enseñarles a los padres y a los niños, por conocimiento de causa, a saber defenderse”, comenta.

La tercera crisis le dio en Panamá, en 1992, cuando le quitaron a Jordan. “Cuando regresé a mi casa luego de estar en Expo-Sevilla, donde representé a Panamá, encontré a mi esposo con una vieja, le entregó mi muchacho a ella y a mí me llevó por el cuello y me tiró a la calle. Si no fuera porque Carmen Alemán me encontró, no sé qué sería de mí”.

Después de perder marido, hogar e hijo, vivió por tres meses dentro de un automóvil que vendió hace años.

“Cuando estés perdida quédate quieta, la calma te hará ver la salida”, escribió en su libro Beso secreto (2007). Así fue, pues una mañana la rescató de la calle la galerista istmeña Carmen Alemán, quien junto a los coleccionistas José Fernández Pirla y Marcelo Narbona se han convertido en sus ángeles de la guarda.

La más grave de todas las crisis fue la de hace un año, un día como hoy, el Día de las Madres. “Tanto esperar que viniera y que viniera Jordan. Quería romper la realidad porque el mundo y la justicia no existen, ¿sí? Te ultrajan una y otra vez y pasas a ser una estadística”.

“Esas crisis me dan para tapar cosas que me duelen mucho y me aíslo y me anulo, y cuando eso pasa, sufro menos. En esos momentos de crisis de identidad, la llave no existe, tampoco el tiempo. Yo solo recuerdo que no recuerdo nada. Al tercer día me da un hambre terrible y regreso a esta vida”, dice sin asombro ni exageración.

“Yo sufro de una cosa muy rara que no es locura, diagnostica mi psiquiatra, porque los locos se pasan en la calle comiendo basura y sin saber que están locos. Cuando llego al máximo llego a un asilamiento para vencer a mis sufrimientos”, comenta quien trabaja la serigrafía, el óleo y el pastel.

Cuando estas fiebres de andar le entran también le da por regalar lo que tiene a cualquier extraño. “En la última crisis, hace unas semanas, regalé la estufa y la televisión, y las pinturas que cabían las tiré por el balcón. Mire que la gente detenía su carro, los recogían y se iban. Eso está grave, ¿cierto?”.

LECTURAS

A los 12 años, en Medellín, se hizo empleada doméstica, ya que su madre Ana Julia no quería que a su hija la casaran por arreglo, como casi le pasa a su progenitora si no fue porque se escapó con Gerardo Buritica, músico con quien tuvo 10 hijos.

“Tenía casa, comida y sueldo, aunque no podía ir al campo a ver a mi mamá porque temía que la guerrilla me atrapara. Ahora comprendo la ausencia de Jordan, porque fue la misma que sufrió mi madre conmigo. Ella murió hace casi 20 años y tres años más tarde mi papá se fue detrás de ella”, indica quien fue extra de cine y además ha ejercido la restauración de piezas de arte.

Unos de sus tantos patrones fue un profesor italiano que tenía una biblioteca repleta de libros de arte. “Limpiaba rapidito y me ponía a leer. Me descubrió viendo una obra del pintor Monet, me dijo que era curiosa y luego me llevó a la universidad a sus clases de semiología, y aprendí mucho porque tenía mucha sed”.

Descubrió que lo hecho en barro cuando niña se podía repetir con lápices y pinceles. “Supe que se puede retener el tiempo en un cuadro”.

Una vez, en un salón universitario, vio a un muchacho y a una muchacha desnudos. “Los estaban pintando y otros se inspiraban para hacer esculturas y pensé que eso era lo mío. Se hizo un concurso de modelo y lo gané”, recuerda esbozando una media sonrisa la que está por terminar las pinturas que conformarán su siguiente individual y después publicara un segundo libro de poemas y vivencias.

En 1984 vino a Panamá a laborar en una escuela de artes plásticas y posaba para estudiantes de pintura.

Entonces se atrevió a visitar a Carmen Alemán en la Galería Arteconsult. Le llevó unos bocetos suyos sin firma que le gustaron a la curadora de arte y en ese 1984 hizo su primera individual.

Cuatro años más tarde, mientras trabaja en un taller de serigrafía conoció al que sería su esposo, de origen panameño, que estudió en Bogotá, quien la invitó al cine y de a poco se enamoraron.

Al principio todo fue amor y después vino la amargura de la perdida. Pero hasta allí sobre el marido, único tema que pidió por favor no hablar.

“Si hubiera sabido que iba a perder a Jordan, no lo hubiera tenido. Cuando me lo quitaron supe que vivimos en un círculo vicioso entre el amor, el dolor y la vida. Para conocer lo que hay allá arriba, en el cielo, hay que conocer lo que está acá abajo, en este infierno”, anota.

Buritica confía en las palabras de su mamá: “Dios te va a cuidar”. “Cuando me siento sola tengo la sensación de que voy de la mano de Dios. Mi hijo sería el reemplazo de la mano de mi madre. Por eso, nunca me iré de Panamá sin Jordan”.

¿Cúando se dará el reencuentro definitivo con su hijo? “Mañana todo puede cambiar, el mundo da muchas vueltas, como un espiral. Tengo todo el tiempo para esperarlo”.

Yo no puedo cambiar la dirección del viento, pero sí ajustar mi vela para llegar siempre a tu lado aunque más te alejes.Que no me amas, pero yo te moldeé en mí vientre con el permiso que Dios me dio y su promesa de siempre cuidarte aunque te hallan separado de mí. Al pintarte me vi a mí misma, no dejo de pensar en ti, te amo sin medida aunque sea en la distancia, solo te llamo hijo y mi voz es como un eco que no te alcanza.Te contemplo como una madre, te abrazo en el vacío y ya que me he vencido la locura ahora dejo que la risa se mezcle con el llanto para pintarte transparente.Hasta que la luna se aparee con el sol y tu y yo nazcamos de nuevo como estrellas para cantarle a Dios que hemos vencido con lafuerza que él nos dio.Autora: Fabiola Buritica

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