Un concierto definitivo

Tras tres meses de ensayo, la Red de Filarmónicas Juveniles e Infantiles rendirá cuentas esta noche.

Eran las 10:00 a.m. del lluvioso viernes pasado y en los ensayos de la orquesta de la Red de Filarmónicas Juveniles e Infantiles ya había contrariedades.

Algunos desconcentrados dispersaban su atención con el contagioso jugueteo de los más chicos. Dos niñas de alrededor de seis años ya se habían halado las greñas entre las cortinas de las ventanas –porque, al parecer, una le pasó por el frente a la otra y la había pisado­ y otro, corriendo, se había fracturado la muñeca, lo que impidió que continuara ensayando con su violín.

Solo había pasado una hora de una práctica que culminaba a la 1:00 p.m., mientras afuera un severo aguacero azotaba la Plaza Francia, en San Felipe.

En este ensayo matutino se encontraron a alrededor de 25 miembros de los 50 que conforman esta orquesta. “Hoy había entrega de boletines y otros tenían que hacer exámenes de reválida”, dijo Andrés Ortiz excusando a los ausentes, quienes sí estarían en la segunda parte del ensayo a las 3:00 p.m. en el Hogar Monerri, una de las sedes de la red orquestal en el corregimiento capitalino de El Chorrillo.

Alrededor del Anita Villalaz, los 25 estaban divididos por instrumentos: cuerdas, dirigidas por el trompetista Luis Zúñiga, en el escenario; vientos, a cargo del clarinetista colombiano Iván Valbuena, de la Orquesta Juvenil de las Américas (YOA por sus siglas en inglés), en el pasillo principal; y arriba el profesor Gabriel Flores practicaba con el niño clarinete de la orquesta.

Valbuena, uno de los 15 músicos líderes de la YOA que se destinan a enseñar en países de Latinoamérica en los que no hayan escuelas de música o se encuentren en proceso de iniciación, ve pocos con futuro. “Algunos vienen por compartir con sus amigos. Sin embargo, para mí es gratificante que uno o dos decidan estudiar música profesionalmente o que yo sea capaz de inspirar a un niño a tomarlo en serio”.

Para darles el beneficio de la duda a los más rebeldes, piensa que es normal que los chicos se dispersen, aunque nota que hay quienes lo toman más en serio. “Es necesario para todos los niños participar en este tipo de eventos. Puede que no vayan a ser músicos en el futuro, pero estas actividades los obliga a desarrollar una disciplina que funciona para cualquier actividad que tengan en el futuro”.

De aquí y de allá

Ortiz, azorado, se sienta en una de las sillas de la audiencia tras regresar de llevar al niño de la muñeca accidentada a un centro de salud cercano. Observando a Zúñiga, dando la espalda como promesa que con su paciencia y también firmeza se tendrá más que listo el repertorio de esta noche, Ortiz invita a observar y comenta que aquí se encuentran desde niños de clase media a media-baja, específicamente los de El Chorrillo, lugar donde nació el programa y dirigido a sus pequeños residentes. Las diferencias de atuendo eran notables: iban algunos con una camiseta blanca sencilla de sudar, chancletas y pantaloncillos, otros de uniformes de escuela pública y otros con chamarras y zapatillas.

“Agregamos niños de distintos estratos sociales para que conozcan las otras condiciones sociales que existen. Abrimos convocatorias de inscripción, volanteos, el boca en boca. Estamos abiertos a todos los que quieran participar, evaluando su situación socioeconómica”.

No todos se portan igual. Después de ser retado por Flores, su pupilo, quizá un metro más pequeño que él, hizo un gesto a sus espaldas de golpearlo en la cabeza con su clarinete.

Aunque recibir un niño de áreas rojas sea una labor difícil, a Zúñiga le gusta este reto. “La disciplina que se les enseña en el instrumento los ayuda en su desarrollo e ir mejorando la situación en el hogar. Tratamos de que los niños respeten una autoridad, ya que parecemos sus papás en estos momentos, pero les enseñamos valores y pienso que hemos ido lográndolo”.

La mayoría es de El Chorrillo, y asegura que algunos tienen una educación muy sólida. “Poco a poco hemos logrado que el niño se asiente totalmente en el arte musical”. Tal es el caso de Ameth, de unos 13 años. Lleva menos de un año con el violín y lo practica cuatro veces por semana.

En el escenario, Ameth expresa una palpable pasión por su instrumento hasta el punto de lograr un vibratto impresionante para su poco tiempo. Es uno de los niños más avanzados dentro de los que han entrado, formando parte de una posible base de jóvenes que, según Zúñiga, sean grandes músicos.

La luz que penetraba los ventanales del Anita Villalaz aun seguía siendo opaca, al tiempo que las divisiones se hacían para practicar por una enésima cantidad de veces el repertorio de esta noche: la suite Apolo, la tamborera Guararé, la marcial Aire de marcha y el villancico Jingle bells.

Si bien la poca audiencia estaba conformada por algún curioso y una madre de familia que colaboraba con una merienda para todos, quienes se aplaudían a sí mismos luego de arrastrar cada nota de la suite, la marcha, la tamborera o el villancico eran los propios intérpretes, gritando en cada remate “¡aplauso!”, a la espera de que esta noche sea el público quien los celebre.

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