Una cronista de la cruda realidad

Svetlana Alexievich usó las habilidades de un periodista para crear una literatura que registra las grandes tragedias de la Unión Soviética y su colapso.

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Sus libros han sido publicados en 19 países. También ha escrito tres obras teatrales y guiones para 21 películas documentales. Sus libros han sido publicados en 19 países. También ha escrito tres obras teatrales y guiones para 21 películas documentales.
Sus libros han sido publicados en 19 países. También ha escrito tres obras teatrales y guiones para 21 películas documentales.

La Nobel de Literatura bielorrusa Svetlana Alexievich retrata el imperio soviético de Chernóbil a Afganistán en unos libros ausentes en las librerías de su país, que no le perdona su visión del homo sovieticus incapaz de ser libre.

El fin del hombre rojo o la era del desencanto, un retrato sin concesiones aunque compasivo del homo sovieticus más de 20 años después de la implosión del imperio, recibió en 2013 el premio Medicis al ensayo en Francia.

“Conozco bien a aquel ‘hombre rojo’: soy yo, la gente que me rodea, mis padres”, explicó en una ocasión. “No ha desaparecido. Y el adiós será muy largo”, abundó en otra.

Por eso siente “respeto” por los ucranianos, que con sus protestas expulsaron del poder al expresidente prorruso Viktor Yanukovich en 2014.

“Hoy el modelo para todos es Ucrania. Su deseo de romper por completo con el pasado es digno de respeto”, opinó la nobel sobre ese país desgarrado por el conflicto entre separatistas prorrusos y las fuerzas ucranianas.

“Pienso que el imperio aún no ha desaparecido. Y personalmente -dijo- tengo la inquietante impresión de que no desaparecerá sin derramamiento de sangre”.

REGISTROS

Nacida el 31 de mayo de 1948 en el oeste de Ucrania en una familia de maestros rurales, diplomada de la facultad de periodismo de la Universidad de Minsk, Svetlana Alexievich trabajó en los años 1970 en la rúbrica de cartas al director de Selskaya gazeta, el diario de los koljós soviéticos.

Fue por aquel entonces cuando comenzó a registrar en su grabadora los relatos de mujeres que combatieron durante la Segunda Guerra Mundial.

Inspiraron su primera novela: La guerra no tiene cara de mujer.

“Todo lo que sabíamos de la guerra fue contado por los hombres. ¿Por qué las mujeres que han soportado este mundo masculino no defendieron su historia, sus palabras y sus sentimientos?”, se interrogó.

La acusaron de “romper la imagen heroica de la mujer soviética” y su libro tuvo que esperar a la Perestroika para ser publicado en 1985. Con él alcanzó la fama en la Unión Soviética y el extranjero.

Desde entonces, recurrió siempre al mismo método para sus novelas documentales, entrevistando durante años a gente con experiencias dramáticas: soldados soviéticos de regreso de la guerra en Afganistán (Los ataúdes de zinc) o suicidas (Embrujados por la muerte).

VERDUGOS

“Vivimos entre verdugos y víctimas, los verdugos son difíciles de encontrar. Las víctimas son nuestra sociedad, y son muy numerosas”, declaró Alexievich sobre los protagonistas de sus libros.

Tras la catástrofe nuclear de Chernóbil en 1986, la escritora trabajó durante más de 10 años en Voces de Chernóbil (1997), uno de los dos libros traducidos al español con La Plegaria de Chernóbil.

Incluye testimonios de miles de hombres enviados a trabajar a la central y de otras víctimas de la tragedia.

La Bielorrusia de Alexander Lukachenko, uno de los países más afectados por las consecuencias de Chernóbil, donde el tema sigue siendo tabú, ha prohibido su libro.

Su obra “no gusta” al presidente Alexander Lukashenko, en el poder desde hace más de 20 años.

“Vivimos bajo una dictadura, hay opositores en la cárcel, la sociedad tiene miedo y al mismo tiempo es una vulgar sociedad de consumo, la gente no se interesa por la política. Es una época difícil”, resumió la escritora en la entrevista que concedió en 2013.

Con este premio, el régimen de Minsk “estará obligado a escucharme. Hay tantas personas cansadas que ya no tienen la fuerza de creer. El galardón puede significar algo para ellas. Es una recompensa no solo para mí, sino también para nuestra cultura, nuestro pequeño país. Es difícil ser una persona honesta, pero no hay que hacer concesiones ante el poder totalitario”, dice.

Los intelectuales bielorrusos tampoco aprecian demasiado las opiniones de esta mujer que por un lado reivindica la “cultura rusa” de la que ellos buscan distinguirse y por otro vive la mayor parte del tiempo en Europa occidental, por la que ellos sienten una mezcla de atracción y repulsión.

Ayer dijo que ama al “mundo ruso”, pero no a dirigentes como Stalin o el actual presidente Vladimir Putin. “Amo al mundo ruso humano”.

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