El desértico lago de los Andes

Poopó, el segundo lago más grande de Bolivia, se evapora a ritmo drástico por los embates del clima y la mano del hombre.

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(1) Un barco abandonado se encuentra en el lecho seco del extinto lago. (2) Vista satelital de la pérdida de agua desde 1986 a 2016 en el lago Poopó. (3) Cirilo Choque, un expescador que ahora trabaja como albañil en el poblado de apenas 70 familias. (1) Un barco abandonado se encuentra en el lecho seco del extinto lago. (2) Vista satelital de la pérdida de agua desde 1986 a 2016 en el lago Poopó. (3) Cirilo Choque, un expescador que ahora trabaja como albañil en el poblado de apenas 70 familias.

(1) Un barco abandonado se encuentra en el lecho seco del extinto lago. (2) Vista satelital de la pérdida de agua desde 1986 a 2016 en el lago Poopó. (3) Cirilo Choque, un expescador que ahora trabaja como albañil en el poblado de apenas 70 familias.

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El desértico lago de los Andes

Cuando se topó con esa enorme masa de agua en los Andes bolivianos, a casi 3 mil 700 metros de altura, el geógrafo británico Jim Allen escribió en 1998 que había encontrado la Atlántida.

La vasta planicie encerrada por montañas ricas en minerales con un lago similar a un mar interior coincidía con la mítica isla que describe Platón. Ese lago llamado Poopó, que fuera el segundo más grande de Bolivia después del Titicaca, hoy está casi seco y se va transformando en desierto por el fenómeno climático conocido como El Niño, la mano del hombre y el calentamiento global, dicen expertos y autoridades.

Del cuerpo de aguas poco profundas que alguna vez llegó a 2 mil 337 kilómetros cuadrados de extensión, solo quedan pequeños humedales y charcos. Unas pocas gaviotas atrapadas se pelean la poca comida bajo un sol de plomo. Recuperar el lago, al parecer, no va a ser posible. “Es una fotografía del futuro del cambio climático”, lamentó el glaciólogo Dirk Hoffmann.

Una tierra yerma y salitrosa quedó del espejo azul que era el lago. Los pescadores también se han marchado y abandonaron sus botes, que poco a poco la tierra ha ido cubriendo.

Los zapatos se hunden en la tierra fofa de la que emanan vapores que al diluirse bajo el ardiente sol dejan ver espejismos de agua azul en el horizonte. Los únicos seres vivos son unos escarabajos que se alimentan de aves muertas.

A kilómetros de acá, en lo que fue la ribera, pastan alpacas, llamas, ovejas y ñandús salvajes. El viento barre y orada las paredes de adobe de unos pocos domos abandonados que fue hogar de los urus, uno de los pueblos más antiguos del continente que se autodenominan “hombres de agua”. También han migrado. “El lago no se ha secado de la noche a la mañana”, dice Martín Colque, alcalde del pequeño poblado de Toledo, en el occidente, a 210 kilómetros al sur de La Paz, uno de los municipios más pobres del país.

“Ahora la gente está vendiendo sus ovejas, que era su único capital, y se han marchado a las ciudades. Por la sequía no hay pasto para alimentar al ganado”.

Los meteorólogos anticipan que el fenómeno El Niño será más severo este año.

Los lugareños dicen que no fueron escuchados por las autoridades cuando alertaban del retroceso del lago. “Se pudo hacer algo para prevenir el desastre. Empresas mineras han desviado las aguas desde 1982 y eso ha ido mermando el caudal, que también se redujo por la sequía”, dice Ángel Flores, dirigente de la zona.

Por milenios, El Niño ha castigado con sequías a esta región árida del altiplano, lo que ha provocado drásticos descensos del Poopó como el ocurrido en los años 40 y a mediados de los años de 1990.

Al fenómeno se ha sumado, en los últimos 30 años, el desvío de aguas para uso minero y agrícola, la contaminación y la evaporación acelerada por el aumento de temperaturas debido al calentamiento global, según coinciden expertos, autoridades y lugareños.

Los registros más antiguos sobre el comportamiento del nivel de aguas datan de 1920. No hay registros anteriores. En su mejor momento, había 30 cooperativas de pescadores que aglutinaban a unos 900 socios. Hoy no hay ningún pescador. Los pescadores migraron o cambiaron de empleo.

El incremento de temperaturas en los Andes es un hecho y está provocando también el retroceso de glaciares bolivianos, afirma Hoffmann.

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