En el desierto más árido del mundo

San Pedro de Atacama es de esos sitios que parecen salidos de una película. Cada escenario es más sorprendente que el anterior y su gente, consciente del tesoro en el que viven, lo comparten con orgullo.

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Son las 5 de la mañana y un bus blanco recorre las estrechas calles del pueblo de San Pedro, localizado a orillas del desierto de Atacama. De cuando en cuando el bus se detiene frente a la entrada de algún hostal, donde un par de turistas abrigados se paran cerquita protegiéndose del frío.

Van hacia los Géiser del Tatio, un campo geotérmico a más de 4 mil metros de altura donde presenciarán el amanecer soportando una temperatura de -10 grados Celsius. El conjunto de géiser, el tercero más grande del mundo luego de Yellowstone (Estados Unidos) y Dolina Giezerov (Rusia), es tan solo una de las numerosas atracciones que, tan variadas y diversas entre sí, se pueden realizar en el pequeño pueblo de Atacama.

Localizado a mil 700 kilómetros de Santiago (capital de Chile) a San Pedro se llega mejor tomando un avión. El viaje de la capital del pueblo sureño hacia la región a la que 33 mineros atrapados la hicieron famosa hace unos cuantos años, toma cerca de dos horas. El boleto cuesta alrededor de $100.

El pueblo parece haber crecido y florecido de la mano del turismo. Sus pequeñas calles llenas de restaurantes, tiendas boutiques y agencias de turismo tienen opciones para todos los presupuestos: desde restaurantes como Adobe y Blanco, donde el frío de la noche se aprovecha para comer junto a una fogata mientras se disfruta de música en vivo, hasta pequeños establecimientos que, rodeando la plaza principal, son ideales para relajarse luego de un paseo y dedicarse a observar a gente.

Para disfrutar al máximo de las atracciones del sitio son necesarios, al menos, 4 días. Quizás uno de los escenarios más impresionantes es el del Valle de la Muerte el cual, con sus rocosas montañas rojas, le permite a los viajeros sentirse casi como en medio del planeta Marte. Es difícil no reir con la anécdota que el guía comparte sobre cómo Gustavo Le Paige, el padre jesuita de origen belga que nombró el sitio, quiso ponerle al sitio geográfico el Valle de Marte, pero la diferencia de idiomas y su pronunciación hicieron que los locales creyeran que quería ponerle, a aquel lugar tan pacífico y etéreo, el Valle de la Muerte.

En la entrada, un futuro emprendedor local ofrece una improvisada degustación de pisco artesanal elaborado con ingredientes del área. Cada visitante parte, sin dudarlo mucho, con un par de botellas pintadas a mano en su maleta.

La región es también el hogar del Salar de Atacama y las Lagunas Altiplánicas, las cuales pueden visitarse en un mismo tour junto al inigualable sitio Piedras Rojas. El camino de unas dos horas recuerda las escenas de la película Diarios de Motocicleta, con las carreteras que se extienden en medio de imponentes montañas y paisajes únicos. A veces la naturaleza premia con avistamientos de grupos de camélidos y la increíble oportunidad de ver a un zorro colorado caminar al borde de la calle el cual, mirando con curiosidad a los maravillados turistas, posa sin saberlo para la foto perfecta.

Dentro del recorrido entra la visita a la Reserva Nacional de Flamencos la cual, administrada por la comunidad indígena de Socaire, permite observar de cerca a los flamencos de James y los flamencos australes.

Una vez de regreso en el pueblo, el Mercado de Artesanías local ofrece la oportunidad de partir con un recuerdo del viaje. Es un pasillo largo, que parece creado casi en el espacio que queda entre dos construcciones aledañas, vale la pena visitar.

En la noche, cuando el sol desciende y con este también la temperatura, en el cielo las estrellas quedan desnudas a la vista. Al desierto no llegan las luces de las grandes ciudades y el internet, como contagiado de la magia del lugar, se antoja de hacer de estrella fugaz. En medio de todos aquellos escenarios, la verdad es que no hace mucha falta.

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