La duquesa rebelde

Cayetana de Alba falleció ayer a los 88 años en Sevilla, España, a causa de una neumonía.
AFP/Jorge Guerrero. AFP/Jorge Guerrero.
AFP/Jorge Guerrero.

La duquesa de Alba presumió de ser una aristócrata que nadaba contra la corriente en España. El estilo distendido de vida que eligió, sus tres matrimonios y el eco que siempre tuvo en la prensa del corazón rompieron ocho siglos y 17 generaciones de rigurosa discreción.

María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y Silva o, como se le conoce, Cayetana de Alba, la persona que más títulos nobiliarios atesoraba en el mundo según el Libro Guinness de los Récords, falleció ayer a causa de una neumonía. Tenía 88 años.

La duquesa murió en su residencia del Palacio de Dueñas, del siglo XV, en Sevilla, al sur del país.

Fiel a su estilo rompedor, no será enterrada en el panteón familiar de Loeches, en las afueras de Madrid. Los restos de Cayetana de Alba reposarán en la capilla de la popular hermandad católica de los Gitanos de Sevilla, de cuya imagen titular, Nuestro Padre Jesús de la Salud, era ferviente devota.

El epitafio elegido por ella misma para su tumba dice: “Aquí yace Cayetana, que vivió como sintió”.

Su hijo mayor Carlos Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo, de 66 años, será el decimonoveno duque de Alba y el encargado de perpetuar el legado de una de las familias de la nobleza europea con más patrimonio.

Cayetana de Alba fue parte de un linaje que se remonta a 1326 y que tiene entre sus antepasados a la reina María Estuardo de Escocia y parientes de renombre como Winston Churchill.

Compartió juegos siendo apenas una niña con la reina Isabel de Inglaterra –las dos nacieron con apenas un mes de diferencia en 1926– durante su infancia en Gran Bretaña, donde su padre trabajaba como embajador de España.

Ya en los recientes años la salud de Cayetana de Alba comenzó pronto a resentirse. Primero se rompió la pelvis y posteriormente el fémur en Roma. Sus últimas apariciones públicas, muy deteriorada físicamente, eran en silla de ruedas.

Con su muerte resalta su testimonio considerado como símbolo de cómo entender la vida, la nobleza, el señorío y, al mismo tiempo, cómo relacionarse con el ciudadano de a pie sin perder la compostura, esgrimiendo tan solo una máxima: “vive y deja vivir”.

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