En las entrañas de la marea roja

Delirio, amor, llanto y trifulcas... Dentro de la famosa ´marea roja´ panameña las sensaciones se mezclan. Hay que estar preparado para todo.

Era el estreno de Panamá en la ronda final de clasificación para el Mundial de Brasil 2014. El rival, Costa Rica. Los ánimos, encendidos.

El partido es a las 9:00 p.m., pero la marcha roja al Rommel Fernández se nota desde temprano. Los que viven cerca van caminando y se ahorran el dolor de cabeza de buscar estacionamiento. Los que llegan en carro deben negociar con los “biencuidaos”, “dueños” de cada rincón y acera porque “hay que recoger, tú sabe...”.

El trayecto al estadio es como un mercado; uno persa. Te ofrecen con esmero mercancía inspirada en la selección: bufandas, banderas, camisetas, pañuelos, fotos, sombreros extravagantes, pelucas, lentes, chicharras, gorras, pulseras, ganchos para el cabello, aretes, máscaras, collares, pitos y boletos al doble de su precio original.

También hay refrescos, chorizos, carne en palito, arroz, yuca, patacones, mucho humo de los puestos de comida, películas y música pirata, más “biencuidaos”, resbalosos, gritos, estruendoso reggae y gente apretujada, comprando, viendo, pasando. Un submundo folclórico en las faldas del Rommel.

Pasas los filtros de seguridad, caminas en círculo por un rato buscando la entrada que dice el boleto, subes escaleras, atraviesas pasillos y allí está: el verde de la cancha y el oscuro y sobrio firmamento; ni una estrella le adorna.

El público va llegando, se ubica y pide cervezas. Cualquier lugar parece bueno. Hay pancartas que dicen “Extrema roja” y “¡Vamos Panamá, carajo!”, y en un extremo una gigantesca bandera nacional es agitada. En el fondo se escuchan tambores y Patria, de Rubén Blades. Unos cantan, las chicas en shorts bailan. La famosa marea roja sube y cobra vida.

En el ala este de la grada hay muchos panameños, pero también una legión costarricense. “¡Vamos, vamos Panamá!”, “¡Olé, olé, olé, ticos, ticos!” Intercambian cánticos sanos. Por ahora.

Al rato el recinto deportivo luce rebosante y colorado. La marea roja está en su punto. Tocan los himnos nacionales, y más de uno saca el pecho. Se respira orgullo.

El partido empieza y las jugadas emocionan, asustan y generan protestas y groserías, siempre en detrimento de la madre del árbitro o de algún jugador contrario.

La cerveza es lo más pedido del menú en el Rommel. Dos dólares cada una, y los despachadores no claudican en su misión de surtir.

Pronto la bebida va surtiendo efecto. Los machos solteros se sienten guapos y descargan su lujuria sin reparo contra toda hembra que pase con o sin compañía.

GOL, DELIRIO Y CAOS

Van 15 minutos del duelo, y todos la pasaban muy entretenidos hasta que el balón le queda a Coco Henríquez. Dentro del área (los panameños se ponen de pie), esquiva a un rival y se perfila (la fanaticada grita al unísono y se lleva las manos a la cabeza), tira y es... ¡gol de Panamá!

Se arma la grande: saltos sobre las sillas, unos corren a la deriva, la mayoría se abraza, hay besos, empujones, improperios al aire (“¡coge chu... coge!”); hay manos en lo alto, miradas levantadas al cielo, semblantes de deleite y, por supuesto, la lluvia de cerveza con hielo. Nadie se salva del culeco de cebada y levadura. El frenesí dura un par de minutos en los que hasta el peor problema se olvida. La “sele” está ganando.

Todo quedó encharcado: sillas, pasillos, escaleras, camisetas, cabelleras...

Y ahora sí, ¡a beber con ganas! “Tráigame 30 vasos de cerveza”, se escucha. La multitud está sedienta después de gritar el gol.

El siguiente clímax futbolístico no tardaría. A los 26 minutos, gol del defensa panameño Román Torres y de nuevo el slam en la grada. La concurrencia, desquiciada, daba alaridos de placer.

De la algarabía algunos rodaron por las escaleras. Otros, ya bajo el poder del alcohol, repartían cariño a propios y extraños con abrazos solemnes (de hecho, quien escribe estas líneas recibió un franco y largo abrazo de un perfecto desconocido). De sus bocas salían expresiones difíciles de identificar. Estaban felices y borrachos.

Claro, se repitió el baño de licor de pies a cabeza. Es inevitable, quedas empapado... La marea roja te traga y luego te escupe.

¿Los ticos? Serios, con sus tragos en las manos.

Ahora sí no quedaba un rincón que no estuviera empapado, sucio y oloroso. Hojarasca, pero de desperdicios. El líquido corría por los escalones cual arroyo de montaña formando charcos de mugre.

Tanto júbilo y tanto licor hicieron un rápido efecto en la barra panameña que se ensañó contra la tica. Los insultos que gritaban en coro no se pueden compartir en estas páginas, solo para que tenga una idea.

Pero también había camaradería. “Los panameños son buena gente, esos gritos no son nada, es parte del juego. No pasa nada. En El Salvador, por ejemplo, sí son canallas, se siente un odio que no tiene razón, esto es un juego...”, compartía un simpatizante tico, que no perdía la fe en su equipo. “Quedará 2-3 para Costa Rica, podemos remontar”.

Mientras, 22 jugadores seguían en la cancha, pero de este lado de las gradas no les prestaban ya mucho cuidado. Entre amigos decían chistes, se reían de los ticos y seguían brindando. En las entrañas de la marea roja la gente la pasa bien.

PUÑOS Y PATADAS

Pronto el ambiente se tornó turbio en la zona. Y no por el olor fétido del despilfarro de alcohol. En medio de la muchedumbre se empezaron a dar forcejeos, a veces entre panameños y otras entre locales y visitantes.

En eso llegó el primer gol de Costa Rica. Soltaron a la bestia. Esta vez la lluvia de cerveza fue cortesía de la fanaticada tica. Afrenta para varios integrantes de la marea roja. Fuego cruzado de palabras, y por poco se van a los puños.

Cinco agentes policiales llegaron para controlar los ánimos, pero no fueron suficientes cuando Costa Rica empató in extremis con un golazo de Fabián Ruiz. Delirio tico; ira canalera.

Del coctel de emociones encontradas nace una nueva trifulca, esta vez entre dos mujeres. Discuten, se miran con ojos de luna llena y se toman de las melenas. Las separan, pero la panameña explota cuando los policías intentan esposarla. “¡Qué mier... te pasa, estúpido!”, gritó la mujer como de 30 años, caucásica y de rubios cabellos, a escasos centímetros del rostro del policía.

Su pareja, un tipo alto y fornido, se unió al pleito repartiendo trompadas y patadas; policías, ticos y vidajenas, todos tomaron.

La batalla campal se extendió por varios minutos, y concluyó con la pareja esposada luego de rodar por las escaleras con todo y policías.

¿Y el juego? ¿Qué juego? La atención era para la lucha libre en las graderías.

Entre la desazón por la ventaja perdida y el susto de los combates, muchos fueron tomando camino. Igual le quedaban pocos minutos al encuentro. La marea roja estaba bajando, se iba aturdida. Pitazo y final.

´TIPS´ PARA EL FANÁTICO NOVATO

Vaya lo más cómodo posible, porque es probable que camine al menos un kilómetro hasta llegar al estadio.

Evite sentarse en las primeras filas de las gradas, porque son las rutas de tránsito y no lo dejarán ver nada en paz durante todo el partido.

Evite también ubicarse al lado de las escaleras, a menos que quiera que todo el que pase por allí se apoye en su hombro ante la ausencia de pasamanos.

Es inevitable. Lo van a bañar en cerveza. Al menos lo salpicarán.

Cuando termina el juego, afuera le espera un caos mucho peor. Hay carros mal estacionados bloqueando a otros, y la desesperación reina. Tome medidas.

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