Un favorito universal

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Julieta de Diego tiene la culpa. Desde que sacó Naranja dulce, limón partido estoy con la necedad del cheesecake (su padre Ernesto decía que el cheesecake del Panamá era el mejor postre del mundo). Entonces, un amigo y su hijo se fueron a Chicago a escuchar música clásica y se tropezaron con The Cheesecake Factory y comieron cheesecake de todos los sabores de la orbe.

La proverbial cerecita del sundae fue el molde springform que, silenciosamente, me reprocha cada vez que abro el gabinete de los cacharros de cocina, son, después de todo, tres generaciones de cocineras, todas con sus cachivaches. Not pretty.

Ah, pero luché. Me lo saqué de la cabeza. Hasta compré un champú especial, pero no funcionó. Y finalmente sucumbí cuando vi, en Amazon, un molde de cheesecake que además trae un aditamento para hacer bundt (de eso hablamos otro día), y lo conseguí para un sobrinito que ha resultado tener buena mano para la cocina (el piano, la flauta y un montón de cosas). Lo que remató el asunto fue que el mismo día en que iba al súper, paré en una farmacia y encontré un molde de cheesecake chiquirringo, como de cinco pulgadas de diámetro. Así como a otras mujeres les tiemblan las rodillas, a mí me metes en una tienda de chécheres de cocina y me desmayo. Evidentemente, ahora los episodios también se producen en farmacias y otros establecimientos. Obviamente compré el moldecito y luego procedí al súper.

Creo que me llevé todos los Philadelphias (es que la marca del queso también incide) del estante.

Ya en casa, los quesitos tuvieron su buena siesta, porque me puse remolona. O sea, me dio una pereza olímpica, pero llegó el día en que me llené de valor, pedí un fotógrafo del periódico y el día antes de la cita fotográfica comencé a hacer el bendito cheesecake. Si se tratase de cocina de sal, por lo general puedo recordar la receta y hacerla a ojo de buen cubero, pero la repostería es una ciencia exacta, así que me puse a buscar recetas de cheesecake tradicional y encontré la del libro del 50 aniversario de la Kol Shearith, que además tenía el tipo de masa que yo quería.

Mi agradecimiento a doña Marguerite Neal Robles.

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