PAULO COELHO

Dos historias reales

HISTORIAS. Estaba saliendo de la iglesia de Saint Patrick, en Nueva York, cuando un muchacho brasileño se me aproximó.

–¡Qué bien que lo encuentro aquí!, dijo, sonriendo. Me hacía mucha falta hablar con usted.

A mí también me gustó ese encuentro con un desconocido. Lo invité a tomar un café, le conté lo aburrido que había sido mi viaje a Denver y le sugerí que fuese a Harlem para presenciar cierto servicio religioso.

El muchacho, que debía de tener poco más de 20 años, me escuchaba sin decir palabra. Yo continué hablando. Dije que acababa de leer un libro de ficción sobre un grupo terrorista que toma por asalto la iglesia de Saint Patrick, y el escritor describía tan bien el escenario, que me llamó la atención sobre muchas cosas que jamás había visto en mis visitas al local. Era por esa razón que había decidido pasar por allí aquella mañana. Estuvimos casi una hora juntos, tomamos dos cafés, y yo guié la conversación todo el tiempo. Al final, nos despedimos, y yo le deseé al muchacho un estupendo viaje.

–Gracias, me dijo, alejándose.

Fue, entonces, cuando me di cuenta de que sus ojos estaban tristes; algo había salido mal, y yo no sabía exactamente qué. Solo después de caminar algunas manzanas lo descubrí: el joven se había acercado a mí diciendo que tenía mucha necesidad de hablar conmigo.

Durante el tiempo que pasamos juntos, yo asumí el control de la situación.

En ningún momento llegué a preguntarle qué quería; con la intención de resultar simpático, ocupé todos los espacios, no permití ningún momento de silencio, a partir del cual el chico podría finalmente haber transformado el monólogo en un diálogo.

Tal vez tuviese algo muy importante que compartir conmigo. Tal vez, si en aquel momento yo estuviese realmente abierto a la vida, yo también tendría algo que darle al muchacho. Tal vez, tanto mi vida como la de aquel joven habrían cambiado radicalmente después de aquel encuentro. Nunca lo sabré, y no voy a torturarme hasta el fin de los tiempos por el hecho de que no supe aprovechar el momento mágico de aquel día. Es normal equivocarse.

Pero, desde entonces, procuro mantener viva en la memoria la escena de mi despedida y los ojos tristes del muchacho; como no supe recibir lo que me estaba destinado, tampoco conseguí, a pesar de mi esfuerzo, dar lo que yo quería.

Encuentro en el puesto 6

El padre José Roberto, de la Iglesia de la Resurrección en Río de Janeiro, salía cierta mañana temprano cuando su coche se vio rodeado por tres adolescentes.

–Nos hemos pasado toda la noche despiertos, dijo uno, con tono desafiante. ¿Se puede imaginar dónde hemos estado?

Como cualquier ser humano normal, José Roberto prefirió no responder.

Se imaginó lo que quiere decir pasar una noche despierto a aquella edad, sintió miedo por los riesgos que los chicos debían haber corrido, pensó en la preocupación de sus padres.

El adolescente que había iniciado la conversación acabó respondiendo a su propia pregunta: Nos quedamos en la Iglesia de Nuestra Señora de Copacabana, adorando a la Virgen. Salimos de allí tan eufóricos, que vinimos caminando hasta aquí (aproximadamente tres kilómetros), cantando alto, riendo, hablando con todo el mundo. Al menos una de las personas nos preguntó: “¿Cómo no os da vergüenza estar borrachos a estas horas de la mañana con lo jóvenes que sois?”

El padre José Roberto arrancó su coche, y se dirigió hacia su compromiso. Por el camino, se preguntó muchas veces: “Yo también me he dejado llevar por las apariencias, y he cometido una injusticia en mi corazón. ¿Acaso algún ser humano acabará comprendiendo la frase de Jesús: no juzgues si no quieres ser juzgado?”

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