La labor de los COIF

La formación integral que brindan estos COIF abarca las tres áreas básicas, que serán necesarias para el desarrollo de competencias posteriores.

La educación preescolar en Panamá está comprendida en tres niveles: la parvularia 1, que va de 0 a 2 años; parvularia 2, que incluye a los pequeños cuyas edades fluctúan entre los 2 y 4 años; y la parvularia 3, en la que se agrupan los infantes de 4 a 5 años hasta su ingreso a la educación básica general a los 6 años.

A la atención de estos tres primeros niveles formativos se dedican los centros de orientación infantil y familiar (COIF).

Durante esta temprana fase del proceso enseñanza-aprendizaje, se trabaja con los contenidos curriculares regulados por el Programa de Educación Preescolar (actualizado en 2012) del Ministerio de Educación (Meduca), junto a la Guía Curricular de Estimulación Temprana desarrollada por la Universidad de las Américas y Unicef, explica la profesora Carmen Quiroz, directora del COIF Soy Feliz, del Meduca, disponible para quienes residan cerca del lugar.

Dichos programas establecen tres áreas de conocimiento que deben desarrollarse: el área socio afectiva, área cognoscitivo lingüística y el área psicomotora.

Sobre estas, Quiroz explica que “el área cognitivo lingüística es aquella que agrupa los saberes, todo lo que es lenguaje y conocimiento en el niño preescolar. En la social afectiva se trata de desarrollar y pulir la parte emocional del niño, mientras que la parte psicomotora se bifurca en la motora fina y la motora gruesa, crucial en el aprendizaje de la lecto escritura posterior”.

QUEDARSE EN CASA

La jornada en los COIF comienza desde las 7:30 a.m. y se extiende con actividades educativas hasta las 11:30 a.m., luego descanso y recreación hasta las 4:30 p.m. o 5:00 p.m. dependiendo del centro.

Todas las actividades educativas y de entretenimiento se realizan de la mano de maestras especialistas en educación preescolar.

Para la profesora Viodelda de González, directora del COIF de la Universidad de Panamá (UP), “el valor de este tipo de instituciones se fundamenta en que el niño adquiere habilidades y destrezas que no lograría estando en casa. Sobre todo, respecto a la socialización: el niño aprende a compartir, a tener hábitos y normas como las de cortesía, los valores cívicos, de alimentación, del descanso; es decir, comprende que cada cosa tiene su momento y su lugar”.

La disciplina ocupa un lugar especial entre los valores que tratan de inculcar las maestras de preescolar. “Aunque parezca increíble muchas veces son los niños quienes mandan en la casa. Ellos hacen lo que quieren, mientras que aquí aprenden a seguir normas: se les habla que en la casa mandan sus papás y en la escuela, la maestra”, comenta Quiroz.

Con respecto al alcance de las guarderías privadas, Quiroz apunta que “en una guardería privada es un centro de cuidado únicamente, mientras que en el COIF es integral”.

En opinión de González, la diferencia va a estribar sobre todo en la modalidad educativa que implementen, y si esta se ajusta o no a los requerimientos que establece el Meduca.

ÚTIL Y DIVERTIDO

Hacer del aprendizaje una actividad placentera en vez de una imposición se fomenta en estas edades. La imaginación y la curiosidad son las mejores compañeras del saber.

En estas cuestiones, la profesora González tiene mucha experiencia. “Aquí uno puede ver cómo la curiosidad por saber va despertando espontáneamente. Si se mantuviera esa misma tónica, la educación en los niveles posteriores sería menos compleja”.

Por otro lado, el aspecto cultural, muy practicado por los preescolares, se vuelve en un vínculo entre la escuela y la familia: ferias, festivales de poesía y celebraciones de fechas especiales son propicios para acercar a los padres a la formación de sus hijos.

“Muchas habilidades se descubren en estas edades, porque los niños no tienen pena ni prejuicios. Se vuelve un deber del maestro encaminarlas y potenciarlas. Un niño nos puede sorprender”, dice Quiroz.

AMPLIA DEMANDA

A pesar de los beneficios que aportan los COIF, la realidad es que los espacios físicos y el presupuesto no alcanzan para cubrir la demanda de todos los pequeños estudiantes.

Estas instituciones son costosas, señala González. En el caso del COIF de la UP que ella dirige, “el centro le está costando a la casa de estudios alrededor de 250 mil dólares al año, entre pago de planillas y parte para mantenimiento de la infraestructura, entre otros gastos. Lo que los padres pagan no compensa lo que se invierte”, apunta.

Para ambas educadoras, el presupuesto que el Estado invierte en educación y que es mal aprovechado por los estudiantes cuando se dan las deserciones escolares, los fracasos, junto a otros males sociales que devienen con la pobre educación (como los problemas de delincuencia juvenil), podría ser mejor empleado ofreciendo una educación integral y en valores desde pequeños.

Incluso, según el seguimiento que Quiroz da a los exalumnos del COIF Soy Feliz, “la gran mayoría de los niños que son egresados de COIF no solo terminan la secundaria, sino que son buenos estudiantes hasta la universidad”.

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