No hay miau que por bien no venga

Siberia era negra y fría como una noche polar. Mariela la había descubierto tras la mudanza 62, entre los arbustos del “Casa Nostra”.

–Mami, vamos a llevárnosla.

–Hija, estamos para que nos lleven a nosotras.

Ella fue desplegando todos sus poderes de convicción hasta que lo consiguió. Una sobadita por aquí, un platito de leche por allá, una visita “de tres segundos”... A las dos semanas, Siberia se paseaba por todo el apartamento (bueno, el recinto multitabique), el edificio y los alrededores como si fuera ella la que pagara la renta.

Le fui tomando un amor frondoso, porque a medida que acortaba distancia alargaba la gracia.

Se iba de ronda con un meneíto alevoso, ignorando olímpicamente a todos sus pares machos. Se detenía, circunspecta, ante la puerta de aquellos vecinos que, adentro, sostenían conversación, como un consejero familiar en funciones.

Depositaba hacendosamente el fruto de sus vísceras sobre la alfombrita de la bruja del 2B. Cuando Juanita la vio, sonrió preocupada:

–Cómprale arena ¡ya!, o esa infeliz nos reparte fricasé de gata.

Además, hice cita con el veterinario del barrio. Siberia se había engordado muy, muy raro.

La tarde que salí con ella en brazos recé lo que me sabía. La clínica estaba cerca, pero la calle rugía. Ella era tan grande, y estaba tan asustada...!

Al cruzar la avenida me enterró 45 garras. Cuando llegamos a “Patitas” yo tenía todo el aspecto de una infeliz Diva Crockett, con el flamante pelaje de Siberia instalado sobre mi cabeza sangrante.

–Guarden a la gata y curen a la señora.

Después, el veterinario me clavó otras garras: las de sus ojos negros como el dictamen que oiría.

–Siberia, su gata tiene el trastorno hormonal más raro que he visto en mi vida. Ya debería estar bajo tierra.

Luché por ella como gata panza arriba. Mañana, tarde y noche le di sus medicinas, le puse cataplasma, la arrullé entre mis brazos.... Puntualmente la llevé al consultorio, donde tras cada una de las 10 inyecciones el veterinario decía creer en los milagros.

Ella me miraba con la fe y abandono con la que, de niña, mi papá me ponía entre las manos las tijeras y la calva:

–Córtame el pelo.

Y aunque él después tenía que usar sombrero, ella quedó resplandeciente a las tres semanas de vía crucis.

Tuvimos que mudarnos otra vez. Ya Siberia había entrado en edad de merecer y en la nueva cuadra había tigres de Malasia que se la disputaban. Pronto adquirí celebridad non grata en todo el vecindario:

–Esa es la señora de la gata encelo.

Cada tres meses, Siberia producía cinco retoños variopintos. Mi economía, lejos de prosperar, empeoraba.

–Pide prestado para operarla o vamos a tener que mudarnos a una galera abandonada.

Entonces, sobrevino el caos. El caos que precede a la creación. Aquello que trajo fama internacional y dinero.

En contra de todos los pronósticos, yo acababa de recoger, temporalmente a un perro: 20% mamífero y 80% sarna. ¡Enorme! Siberia iba por su camada cuatro o cinco y, con acerado instinto, no se le despegaba.

El mediodía asediaba y decidí darme un baño cleopatresco. No obstante, las repetidas advertencias que desde el primer día de asilo canino me había hecho Mariela, probé a dejar entreabierta la puerta tras la cual Siberia amamantaba a sus crías.

Tuve tiempo de entallarme –cabeza y cuerpo– cuando se armó el apocalipsis. Con reflejo impecable quedé instalada en la acera, “a media asta” –como decía papá– tratando de sacar el gatito de las fauces de Toby.

A cierta distancia los otros cuatro ñarreaban, Siberia aullaba, erizada, los vecinos gritaban; los transeúntes se paralizaban.

Los periodistas que esperaban a la vuelta, fuera del hotel, para cubrir la cumbre se mudaron a mi entrada.

En eso llegó el bus amarillo y, solemne, bajó ella con su uniforme a cuadros y su cara ídem.

–¡Parece mentira que uno no pueda dejarte sola ni para ir a la escuela!

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