Por los misterios de la noche

Tras la trama de 'El ahogado', hay una historia en torno a un seudónimo, un premio, un puerco, una ciudad y tres amigos.

Cuando comenzó a familiarizarse con los versos, en la mente de Guillermo Sánchez Borbón se instaló un conflicto de identidad.

Por entonces, había un escritor panameño de nombre Guillermo Luciano Sánchez Bernasconi, amigo de su familia y quien firmaba sus poemas como Guillermo L. Sánchez B.

Una mañana de 1944, cuando llevaba sus poemas al periódico El Panamá América por petición de Rodrigo Miró, quien tenía a su cargo la página cultural, se topó con ese otro Guillermo.

En ese encuentro le dio a leer sus versos inéditos, pero este más que darle una opinión quería pedirle un favor: que se buscara un seudónimo para evitar confusiones. Aceptó la petición.

Como es un aficionado de la ópera Tristán e Isolda, de allí tomó su nombre, y Solarte porque es una de las tantas islas que componen Bocas del Toro.

Diez años más tarde, cuando El ahogado ganó el Ricardo Miró, el principal premio literario del istmo, algunos periódicos informaron que el género novela lo obtuvo Tristán Solarte y otros diarios que el vencedor fue Guillermo Sánchez B.

“A mi pobre tocayo le cayeron encima todos sus acreedores, agitando los periódicos como prueba de que ahora tenía con qué pagarles cuentas que no debían ser muy grandes. Después de aclarada la confusión, celebramos en una cantina la victoria”, recordó Solarte en 2001 durante un acto en la Academia Panameña de la Lengua, de la que es miembro desde 1979 y su director sustituto desde 2003.

Si bien un psiquiatra le advirtió de que eso de usar seudónimos era un placer esquizofrénico, Solarte fue más allá y cuando escribió unos cuantos cuentos cortos (que nunca recogió en un libro), utilizó nombres distintos.

Bromas de la vida. Fue Fabián Echevers, director de La Prensa en los años de 1980, quien le pidió que firmara sus primeros textos periodísticos como Guillermo Sánchez Borbón, aunque cuando escribió en este periódico su mítica columna “En pocas palabras”, ocultó su identidad por cuestiones de seguridad. Bueno, eso es harina de otro costal.

Proceso

El ahogado, en torno a un poeta asesinado en la casa de madera que compartió con su abuela, es una amalgama de estilos.

Se inició como un policiaco con el ritmo de las novelas de Agatha Christie. Después utilizó elementos de la crónica roja periodística. Más tarde aparecieron recursos cinematográficos, los que combinó con esa sensación de pánico que inventó en sus relatos Edgar Allan Poe, y cerró con el género fantástico cuando apareció la Tulivieja.

Por semejante coctel tan preciso, Tristán Solarte es uno de los escritores más sobresalientes del país.

Se encogió de hombros: “No me considero eso. Siempre me arrepiento de lo que escribo. Me dan ganas de quemar lo que he escrito, pero como ya se ha publicado, para qué”. Como si tuviera la facultad de leer la mente de su interlocutor, continuó: “No sé por qué me pasa eso. Es algo muy complicado”.

El ahogado lo escribió bajo un delirio sin final. Fue el resultado de una jornada de 15 días. Solo se detuvo para comer, dormir y leer La montaña mágica, de Thomas Mann.

Una vez terminada la obra se enfermó. “Estuve hospitalizado por días en Bocas del Toro. Lo atribuí a la novela, pero no, era una vulgarísima enfermedad mortal”, afirmó desilusionado.

La redactó a mano porque no tenía máquina de escribir. “Se la dictaba a un amigo, Mérilo Cotes, que era mecanógrafo”. Fue Cotes quien lo alentó en 1953 a mandarla al Ricardo Miró. “El jurado dedicó un párrafo para explicar el primer puesto, un párrafo corto para el segundo y tercero, y dos páginas para explicar por qué no me daban el premio”, resaltó quien por años ejerció el oficio de técnico de laboratorio.

En 1954 envió la obra y triunfó. Una de las reglas del certamen Ricardo Miró era la publicación de los libros vencedores, “pero casi nunca lo hacían. Por eso me sorprendió cuando recibí en 1957 los ejemplares de El ahogado y no me avisaron para revisarlo”.

Las bases del género novela exigían una cantidad superior a las 200 páginas. “El ahogado no daba para tanto, y comencé a rellenar y salió con toda clase de tonterías”.

Esa primera edición fue de mil ejemplares y pronto se acabó. “En esa época se leía bastante. Ahora la gente ve más la televisión”.

El viaje interminable

Apostó por El ahogado en el Ricardo Miró, porque era la única posibilidad de publicar en una época en que no abundaban las editoriales. Además, “eran mil dólares por el primer lugar, lo que era mucho dinero”.

Parte de la recompensa la invirtió en un puerco macho para que fuera el amante idóneo de una cría de hembras que tenía en una finca familiar en Bocas del Toro. “El cerdo costó 200 dólares. Toda una fortuna. Fue traído de Estados Unidos”.

El mamífero domesticado pasó la noche en un depósito. Cuando el sol salió se trasladaron a la provincia de Colón, donde ambos embarcaron rumbo a Bocas del Toro. La finca estaba en Almirante, entre los ríos Teribe y Changuinola, distancia que cubrieron en lancha. “El puerco llegó mareado y confundido”. Se echó a reír.

“Después de mil peripecias, al día siguiente de llegar, el puerco amaneció muerto. Una serpiente lo mordió entre las uñas”, manifestó con cierto pesar el que fue canciller en el Consulado de Panamá en Buenos Aires.

Ah, la finca, adquirida en 1895, se llamaba Zegla, que en idioma teribe significa hijo de la Tulivieja. “Casi me caigo muerto del susto cuando un indígena me tradujo el nombre”, soltó una nueva y sonora carcajada.

Túnel sin salida

En enero de 1960, la universidad chilena de Concepción lo invitó a participar en un encuentro de escritores, donde entabló amistad con el escritor argentino Ernesto Sábato, a quien le regaló El ahogado versión 1957. “Sábato ya era famoso por El túnel”.

Meses después recibió una carta del autor de Sobre héroes y tumbas. “Le había gustado y quería publicarla en Argentina. Entonces le metí la mano a la novela con mucha prisa, porque Sábato me andaba apurando”.

Meses más tarde recibió un cheque de 150 dólares desde Buenos Aires. Gracias a esta edición de 1962, su obra fue traducida al francés y al rumano.

La suerte lo abrazaba con cariño maternal, pero al tiempo la editorial argentina Fabril se declaró en quiebra. “Se fue al diablo y yo con ellos. Años después, por medio de un antiguo funcionario, me enteré de que varias librerías europeas querían distribuir el libro y nadie pudo atender los pedidos. Fue un desastre, pero ya no importa”, detalló con tristeza.

Desde 1957, calculó, se han hecho más de 60 ediciones de El ahogado en Panamá. Una hazaña sin duda, comenté. “No tanto”, respondió sin quebrantos. “El Ministerio de Educación la incluyó en la lista de lecturas para la secundaria y así adquirió su éxito. Si no, no hubiera pasado nada. Aunque curiosamente les gusta mucho a los muchachos”.

¿Hay regalías?, consulté. “Cada muerte de obispo me mandan a algo”, sostuvo.

TRES EN UNO

La figura central de El ahogado es Rafael, ya célebre siendo adolescente por sus poesías, pinturas y canciones. Es una mezcla de tres amigos suyos, dos de ellos procedentes de Costa Rica, donde comenzó secundaria (llegó hasta segundo año).

Uno era Carlos Martínez Rivas (Nicaragua). “A los 15 años ya había escrito poemas definitivos”. Por eso, Rafael es un destacado mago a la hora de hilar palabras con lirismo, un elemento de la novela que no gustó a una parte de la crítica literaria de Panamá en los años 1950, ya que les parecía improbable que siendo tan muchacho alguien fuera un genio.

“A los 17 años Rubén Darío era famoso. Pablo Neruda publicó su primer libro como a los 17 años. Y Arthur Rimbaud es el prototipo por excelencia. Todos precoces”, explicó serio.

Rafael le debe su costado de villano y seductor a un amigo suyo costarricense cuyo nombre olvidó. “Era un demonio lujurioso. A los 17 años había tenido unas aventuras del carajo. Tenía una gran suerte con las mujeres”, explicó jovial.

El tercero era un bocatoreño que pintaba, era músico y cantaba, tres facultades que posee Rafael.

Ninguno supo que sirvió de musa. “Quizás por pudor de escritor no se los revelé”.

¿Qué fue de ellos?, quise saber. A Martínez Rivas lo vio 30 años después en Costa Rica, donde ambos, sin saberlo, trabajaban de correctores de galeras en la misma editorial. “Nos abrazamos al reencontrarnos. Al tiempo él vino a Panamá, estaba de paso para ir a Venezuela porque era jurado del concurso Rómulo Gallegos”, rememoró.

De la otra dupla no volvió a saber nada más.

El siguiente personaje esencial en El ahogado es Martínez, quien llegó como director médico del hospital de Bocas del Toro y se hizo amigo de Rafael, por lo que se vio obligado a investigar lo sucedido como una especie de detective.

Martínez vivió una infancia paupérrima en el barrio citadino de El Marañón, y con el esfuerzo de su madre y una beca se graduó de galeno en Suramérica. “Él descubrió la doble personalidad de ese monstruo que era Rafael”, añadió.

Vida marina

Guillermo Sánchez Borbón nació en Bocas del Toro el 1 de junio de 1924. En esta ciudad hizo sus estudios primarios.

Su papá era José María Sánchez Iglesias y su mamá Juanita Borbón Montes de Oca. El matrimonio tuvo cinco hijos. Dos de ellos ya fallecidos: Rodrigo (agricultor y diputado) y José María (cuentista, economista y abogado). Mientras que Guillermo tiene 90 años; Olga (pintora), 93 años, y Mireya, 94 años, vive en Londres (ama de casa).

Bocas del Toro es clave en El ahogado, donde se le ofrece al lector un viaje por un lugar que sobrevive de sus viejas glorias coloniales. En medio de ese deterioro, Solarte también destacó en su libro el cálido y húmedo viento del sur, sus coloridas flores silvestres, un mar que va de la calma al enojo y fincas repletas de bananos.

El estado ruinoso que aparece en su novela parte de un hecho que se dio durante la Segunda Guerra Mundial, cuando en Bocas del Toro se dañó la planta eléctrica. “No había luz a ninguna hora. De noche era peligroso. Era un ambiente siniestro. Nos alumbrábamos con guarichas. Se andaba a oscuras, salvo cuando había luna llena y todo se iluminaba”.

Por esos años, una noche mataron a un hombre y nunca se encontró al culpable. Ese hecho de sangre lo usó en El ahogado. “Era el padre de un compañero de clase. Con su niño jugué tantas veces”, y prosiguió: “Fue al frente de mi propia casa”.

Hace una década que no visita su provincia. “Me dicen que ha cambiado mucho, quizás por tanto turismo. Ya no es mi Bocas. Antes la gente por las calles nos saludábamos, todos nos conocíamos. La última vez que fui eso no me pasó”.

Alma de poeta

En las páginas de El ahogado hay un alto nivel poético. ¿La razón?, indagué. “Porque soy fundamentalmente un poeta. Aunque hoy la poesía cayó en desuso, ya no tiene muchos lectores”.

Su obra poética la representan Voces y paisajes de vida y muerte (1950), Evocaciones (1950), Aproximación poética de la muerte (1952), Los nombres y los sitios (1971) y Vienen de lejos (2000, Ricardo Miró).

Luego vino el silencio. “Es que la poesía está muy ligada a la juventud, salvo que seas un poeta como Pablo Neruda. Comencé a dejar de escribir poemas cuando pasé de los 30 años”, resaltó quien fue profesor emérito en la cátedra de Literatura Panameña y Latinoamericana en la Universidad de Panamá.

Ahora lee y escribe poco. “No veo por el ojo derecho y por el izquierdo veo un poco”. Esto no lo detiene, ya que va a reeditar sus novelas El ahogado (1957), Confesiones de un magistrado (1968) y La serpiente de cristal (2000). Eso sí, no hará ninguna presentación pública. “Estoy viejo y enfermo para esas vainas”.

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