La necesidad de ver el pasado desde la ficción

El séptimo arte argentino es una de las industrias más preocupadas en analizar su pasado histórico.

La triste realidad de los personajes de Infancia clandestina se narra desde la mirada infantil de Juan, quien demuestra que incluso dentro de una situación tan a límite entre la vida y la muerte hay espacio para soñar, reír y enamorarse.

El director Benjamín Ávila muestra el día a día de un colectivo de resistencia armada y lo presenta sin dogmatismo, y sí con instantes de humor, ternura, alegría y amor para paliar el terror de unos hechos que marcaron a la Argentina de la década de 1970.

Ávila no hace hincapié en la violencia física y psicológica, y cuando irremediablemente aparecen, utiliza el recurso del cómic, una manera de reafirmar que todo pasa bajo el tamiz de los ojos de un chico que no comprendía del todo lo que le está pasando a un familia.

Vuelve humanos, que no súper héroes intachables, a esos ciudadanos que fueron capaces de dar sus vidas con tal de que los tiranos cayeran, y plantea que en medio de reuniones secretas, planes sediciosos y entrenamiento militar tenían tiempo para ser padres, hijos, abuelos y tíos.

Por eso, la película es menos ideológica de lo esperado. No es sobre la guerra, aunque hay balas y granadas. Es sobre la lucha en pos de un mundo mejor.

Infancia clandestina le pregunta al espectador quién es. No condena el ayer ni pone en una cima a los integrantes de la milicia urbana, sino que incentiva el diálogo entre la audiencia.

POLÍTICA

Alrededor de 500 niños como Benjamín Ávila fueron víctimas de la dictadura militar en Argentina. Pequeños que fueron arrebatados de sus padres y dados a otros mientras que los milicos asesinaban a sus progenitores.

La búsqueda por saber quiénes son y dónde están continúa de la mano de las Abuelas de Plaza de Mayo, y el cine ha colaborado a comprender ese genocidio.

Argentina es el país del continente americano más preocupado por abrir un debate público sobre su pasado reciente, en particular los hechos ocurridos poco antes y durante el período en que mandaron los miembros de la junta militar (1976-1983).

Su cine político es de lo mejor que hay con ejemplos como Infancia clandestina, así como otros clásicos como La historia oficial (1985), La noche de los lápices (1986), Garage Olimpo (1999), Kamchatka (2002) y El secreto de sus ojos (2009), entre otras.

Benjamín Ávila escribió el guion de su película a cuatro manos con el brasileño Marcelo Müller, un proceso que se inició en 2002 y terminó en 2007. Después buscaron fondos dentro y fuera de la Argentina.

Más de un productor le negó ayuda financiera porque pensaban que Infancia clandestina era “otra película sobre la dictadura argentina”, y Ávila les decía que la historia no sería planteada desde las inquietudes de los adultos militantes, sino desde la inocencia de sus hijos.

Vio la luz cuando el director Luis Puenzo, quien pensaba que Infancia clandestina tenía lazos argumentales con su premiada La historia oficial, creyó en su proyecto. Cuando los otros productores se enteraron de que la película recibió ovaciones de pie durante el Festival de Cine de Cannes, se mordieron los labios.

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