Un paraíso en peligro

La conservación del Parque Nacional Yasuní tiene un escollo: las empresas petroleras que operan en esa parte del territorio ecuatoriano.
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En los alrededores del Parque Nacional Yasuní, en Ecuador, los jaguares y muchas otras especies de animales que dependen de la buena salud del bosque se ven amenazados por la industria petrolera que contamina cuencas y destruye ecosistemas por sus frecuentes derrames.

“El impacto de la actividad humana genera comportamientos atípicos en la fauna; por ende, los jaguares y otros grandes mamíferos podrían buscar tierras libres de las petroleras que operan en la zona. Es por ello que se observan inusuales cantidades de grandes mamíferos en el área intangible de Yasuní”, dice el zoólogo ecuatoriano Jaime Guerra.

Es que cuando se abre una vía para la extracción petrolera, empiezan a llegar personas en busca de oportunidades y generan impactos. Vienen a trabajar directa o indirectamente con la industria, la población aumenta, hay más gente que quiere más terreno y se abren más trochas en el bosque, lo que hace que ocupen más espacios que le pertenecen a la naturaleza. Guerra agrega que “una operación petrolera no es perfecta, siempre hay accidentes, derrames, ya ha habido, los hemos visto”.

Sin embargo, para los investigadores de la Estación Científica de Tiputini y para un gran sector de la población ecuatoriana, nunca hubo mejor oportunidad para garantizar la conservación del Parque Nacional Yasuní como en la actualidad.

Ecuador propone dejar sin explotar 850 millones de barriles de crudo del bloque Ishpingo-Tambococha-Tiputini (ITT), que yace bajo las tierras del propio parque Yasuní, a cambio de recibir de la comunidad internacional un ingreso anual de 300 millones de dólares durante 12 años en compensación por no explotar el petróleo.

Dado el hecho de que los árboles capturan el excesivo dióxido de carbono, causante del cambio climático, la propuesta Yasuní ITT ha sido vista con buenos ojos por la comunidad internacional.

De concretarse, se revalorizarían los bosques como prestadores de servicios en el mercado mundial del carbono. “Lo más importante es que se dejaría el petróleo bajo tierra y no se depredaría el sitio”, afirma Guerra.

“No se puede permitir que los megadesarrollos y la colonización sigan devorando selvas. Esperamos que el fideicomiso para Yasuní ITT se haga realidad para que la idea sea contagiosa en otras partes del mundo, para muchos otros lugares que también están en un estado crítico”, dice.

La posibilidad de que Ecuador reciba los $300 millones es para muchos la mejor alternativa. Y si estos fondos se reinvirtieran en el desarrollo de energías renovables, la ganancia para Ecuador sería inmensa.

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