La poética del color

A pesar de su corta trayectoria artística y vital, el pintor istmeño Humberto Ivaldi dejó una obra de gran calidad que transmite su singular sentido del arte.

En el Panamá de los años 1940, el acontecer cultural era increíblemente precario, lo cual golpeó profundamente al recién llegado Humberto Ivaldi. Los conflictos políticos y la mayoritaria preocupación por el comercio mantenía alejada a la población del quehacer artístico.

A pesar de ello, existieron instituciones como la Escuela de Pintura, que bajo la dirección de Ivaldi desde 1939, sucesor del maestro Roberto Lewis en el cargo, dio grandes valores de la plástica como Juan Manuel Cedeño, Alfredo Sinclair, Juan Bautista Jeanine, Ciro Oduber, Isaac Benítez y Eudoro Silvera, entre otros.

Rogelio Sinán retrata el ambiente poco propicio para las artes que se vivía en la primera mitad del siglo XX, y comenta la influencia que ejerció en el artista el regreso al país a través de una entrevista realizada en marzo de 1947: “Nosotros en el istmo no tenemos la necesaria atmósfera para el arte y ni siquiera existe aún la voluntad de lograrlo. ¿Sirvió de algo a Ivaldi haber vivido en un ambiente propicio si ha de vivir después dentro de un clima negado para el arte?”

Estilo e influencias

A pesar de las circunstancias, es indudable la maestría que revela su obra. En el estilo de Ivaldi podemos apreciar claramente la impronta de dos vertientes: la neoclásica y la postimpresionista española, resalta el catedrático Pedro Luis Prados S.

Heredero de la tradición academicista francesa, basada en los cánones tradicionales por parte de su maestro Roberto Lewis, el pintor deja ver su singular dominio del retrato en obras como “Pilar Miró” o “Titta Sierra Hernández”.

En la misma línea académica se pueden incluir sus bodegones, en los que se hace patente la huella de pintores galos como Chardin o Fantin-Latour, y cuya recreación del tema floral destaca con el acertado juego de luces y sombras que le aportan realismo y solidez.

En otro sentido, comenta Prados S., es innegable el influjo de la pintura costumbrista y postimpresionista española del pintor valenciano Joaquín Sorolla, con la que tuvo contacto en San Fernando.

En este estilo destaca el lienzo “Viento en la loma”, cuyo “desborde de colorido y luminosidad lo convierten en prototipo de la paisajística nacional”, apunta.

pintura e identidad

Para Luis Gaspar Toty Suárez, autor del libro Humberto Ivaldi, la poesía en el color, en el que compila la vida y obra del artista, uno de los méritos más destacables de Ivaldi fue “su sentimiento patriótico, cuyo vehículo de expresión fue su arte”.

Considerado un pintor nacional, ahondó en sus más destacados lienzos en las raíces de la identidad panameña, más allá del europeísmo de su técnica, dice.

Muestra de ello son obras como el “Bautizo de la bandera” o “La cabeza del vasco”. El primero se trata de una composición con gran complejidad de planos, en la que el artista demuestra el manejo de la proporción. Con ella se hizo merecedor a la Medalla de Oro en el concurso Nacional de Pintura de 1942 y, en la actualidad, reposa en el Palacio Municipal junto a la obra “Nacimiento de la República” . “El bautizo de la bandera es parte del imaginario colectivo y artístico; uno de los cimientos donde se ha asentado el arte panameño hasta la actualidad”, comenta Suárez.

Por otro lado, “La cabeza del vasco” pone de manifiesto un fuerte lirismo y una gran originalidad en términos compositivos. El desnudo femenino, profundamente neoclásico en la tradición de Ingres, y la difícil composición circular, que exige el dominio del escorzo, son los valores principales de la obra. En opinión de Prados S., “este lienzo rescata una fuerza expresiva que había perdido la pintura nacional para ese momento”.

Hoy día, tal y como señala Manuel Orestes Nieto, “los artistas geniales como Ivaldi aún nos estremecen por su adhesión a las virtudes y las contradicciones de su tiempo”. “Junto con los inmortales, siempre está con nosotros y siempre aguarda la realización de una nueva pintura”, agrega el poeta.

El bardo está en lo cierto, pues en la mirada del espectador que observa su obra, revive la gloria de la pintura y la poesía cromática de Humberto Ivaldi.

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