En los pórticos del monasterio

Monjas enclaustradas hablan de sus vivencias dentro de las paredes de un convento cuya orden conmemorará los 90 años de fundación en Panamá.

Temas:

(1) La iglesia con una imagen de Santa María da la bienvenida a los visitantes del monasterio. (2) Dos de las novicias conversan mientras pasean por los pasillos del claustro. (3) Una reja metálica divide a las monjas del resto de los feligreses durante la celebración eucarística en el templo. (1) La iglesia con una imagen de Santa María da la bienvenida a los visitantes del monasterio. (2) Dos de las novicias conversan mientras pasean por los pasillos del claustro. (3) Una reja metálica divide a las monjas del resto de los feligreses durante la celebración eucarística en el templo.

(1) La iglesia con una imagen de Santa María da la bienvenida a los visitantes del monasterio. (2) Dos de las novicias conversan mientras pasean por los pasillos del claustro. (3) Una reja metálica divide a las monjas del resto de los feligreses durante la celebración eucarística en el templo.

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En los pórticos del monasterio

El día empieza a las 4:15 a.m. para las 15 religiosas que comparten techo en el Monasterio de la Visitación de Santa María, una orden que lleva 405 años de instaurada en el mundo y está presente en Panamá hace 90 años.

El inmueble que alberga a la congregación panameña fue levantado en 1959, cuando la orden de monjas dejó el edificio original, fundado en 1925 en Bella Vista, donde actualmente opera el colegio Primer Ciclo Panamá, por dos hectáreas en Las Cumbres rodeadas de naturaleza y libradas del bullicio citadino.

Una de las novicias es Kirian Esther, de 18 años, quien tras un año de integrarse a la vida monástica siente que ha encontrado al fin un lugar en donde quiere estar hasta dar el último suspiro. “Allá afuera podía hacer lo que quisiera, pero no me sentía libre. Me sentía dominada, triste, aburrida. No le hallaba un sentido a mi vida”.

Otra de las aspirantes es Lourdes María, quien dejó sus estudios de veterinaria y comenta que encontró la vocación religiosa luego de fungir como monaguillo durante su adolescencia.

Las novicias son la esperanza de toda congregación religiosa, su adherencia garantiza la sostenibilidad de la orden, aunque, en promedio, por cada cinco chicas que entran a probar la convivencia en el claustro, dos se regresan a sus casas.

Para llegar a ser monja, se requieren como mínimo cinco años de preparación. El proceso de selección es riguroso: deben aprobar exámenes psicológicos, constar con testigos de su actitud vocacional previa y estar libre de deudas bancarias.

“Si la aspirante tiene bienes o propiedades debe cederlas o donarlas a una institución o a un familiar”, aclara la instructora de novicias, la hermana Margarita María.

Lo más difícil es alejarse de la familia, a la cual solo podrá ver por visitas en el locutorio o recibir una llamada por mes.

Las monjas más jóvenes también apoyan en el cuido de las veteranas. En el caso de esta congregación, hay una de origen colombiano que alcanza los 91 años.

Factor Trabajo

Las hermanas visitandinas, como se les suele conocer, tienen un trabajo clave, que repercute en los oficios ministeriales de la Iglesia católica de Panamá.

Por sus manos pasan todas las hostias que luego serán santificadas durante los ritos eucarísticos. Todas las mañanas las religiosas se dedican a cortar en forma circular la masa de pan ácimo, compuesta por trigo y agua carente de levadura. Luego verifican su calidad, que estén íntegras.

En la mini fábrica, y con el trabajo en conjunto, se pueden producir aproximadamente 25 mil figuras circulares. La misión es ardua. Si un día dejaran este trabajo, se vería afectada la realización del sacramento más importante de la Iglesia católica: la comunión del Cuerpo de Cristo.

La visitandinas también se encargan de la confección de los atuendos que utilizan los sacerdotes para celebrar los misterios sagrados: sotanas, estolas, mantos y sus diferentes diseños corren por cuenta de su creatividad.

De ambas actividades reciben fondos con los que cubren los gastos de la comunidad y le dan mantenimiento al edificio del monasterio dotado de 36 habitaciones.

Según la hermana Margarita María, la ocupación más alta del monasterio se reportó en 1975 cuando hubo 34 integrantes en la orden istmeña.

La diversión es también parte de la agenda diaria, juegos de baloncesto y voleibol tienen sus estrellas en los recesos entre las 7:45 p.m. y las 8:30 p.m. Aunque los canchas y los arcos estén deteriorados, no hay excusas para un buen partido entre ellas.

El sonido de una campanilla es la señal de que hay una actividad diferente por cumplir, a las 8:31 p.m. las hermanitas se dirigen a sus habitaciones (celdas) para ir a descansar. Mañana habrá mucho trabajo por delante y más motivos para orar.

GALERÍA.(1) La iglesia con una imagen de Santa María da la bienvenida a los visitantes del monasterio. (2) Dos de las novicias conversan mientras pasean por los pasillos del claustro. (3) Una reja metálica divide a las monjas del resto de los feligreses durante la celebración eucarística en el templo. LA PRENSA/Ana Rentería

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