En mí resuena toda tu música

ILUSTRACIÓN/Lowis Rodríguez ILUSTRACIÓN/Lowis Rodríguez
ILUSTRACIÓN/Lowis Rodríguez

Su abuela italiana le cantó O sole mio desde la cuna: así la ungió de escalas y fulgores. Al llegar a la Isla del Tesoro –su hogar, sonoro hogar– se ve una foto en sepia de una desconocida Rita Hayworth de gala, haciendo vibrar un piano. Es ella, a los 24, en el concierto que tocó en el Teatro Nacional.

Yo no soñaba con nacer, pero Laura se aprestaba a hacerlo; aunque la esbeltez de la figura de la gestante –incólume hasta hoy– no daba indicio. Rodrigo Miró me diría tras una cátedra que para noviembre, por sus años mozos, los jóvenes y los no tanto se aseguraban temprano su puesto en la avenida para verla pasar en el desfile. No se la distinguía en edad de sus alumnas, pero sí en que ella misma era un estandarte.

Mi infancia se talló al ritmo de sus sonatas y valses; pasillos, tangos, bambucos... Un ritual infaltable tras la cena era escuchar a Pedro –el Viejo– suplicarle:

–Ruth, “¡Morena que encantas!” (...o “Espumas que se van”, o “Juana la loca”, de su tío Ricardito).

Ella se sentaba al piano con la gracia arrolladora que la acompaña hasta hoy. Él entraba en otra dimensión.

La delicia mayor de los modestos condumios familiares eran siempre esos claros recitales. A mediodía, el plato principal –por la estrechez del tiempo– era el ingenio de él, que a las 12 meridiano alcanzaba su máximo esplendor.

–Ruth, cada vez encuentro a Górriz (su siquiatra) mejor. Pronto voy a dejar de ir a la consulta.

Terminada la comida, “de vuelta al frente” en la oficina - era clásico oírlo suspirar:

–Me encantan las sopas de Ruth.

La receta era elemental: sobre Lipton, vegetales del chino y valium 10.

A mis cuatro años tuve una visión del paraíso: el despliegue (y despegue) del Ballet Nacional en el estadio. En los intermedios, por primera vez en mi vida me quedé muda unos minutos, en éxtasis ante esa mamá -hada que, con la varita mágica de un boleto, me había expuesto a tanta maravilla.

–Me los regalaron los del ballet... Como yo les toco el piano...

Al cumplir los cinco decidí reclamar mis derechos. Me senté sin su gracia arrolladora al piano y ejecuté lo que yo consideraba unos virtuosos, Pollitos, que no dejé de tocar hasta que la calle se estremeció con su grito:

_–¡Está bien! ¡Te voy a dar clases de piano!

Al cabo de un año, yo había recibido más cacotazos que lecciones, indicativo de que:

Los artistas pueden ser muy apasionados cuando enseñan su oficio a sus retoños;

Por algo tantos me han dicho, sin asomo de romance, “¡Me vuelves loco!”

Fui entregada a la ciencia y la paciencia de los consagrados Ingram primero, y de la simpar Madre Teresita después. Mientras tanto, ella iba haciendo sus surcos intergalácticos con la Academia Nacional de Danzas, las veladas de la Escuela Mateo Iturralde y las Ferias del Javier. Su celo por el arte y el hecho de ser infinitamente recursiva la llevaron a usarme a mí de extra en zarzuelas y otros montajes, en los que gané pronta fama protagónica por ser la que se había puesto el traje que no era a la que hacía todo el baile al revés de los demás. La noche en que, en plena función en el Mateo y por pánico escénico se desmayó una precoz cantante (solista), ella lanzó al ruedo a Pedro – el Hijo:

–¡Recita “Trabaja”!

La ocasión resultó inolvidable para muchos por distintos motivos:

El improvisado declamador, hijo de la maestra, iba a otra escuela.

–No se sabía el soneto.

–Me pegó porque me había reído.

Su merecida fama fue escalando el estatus de leyenda: su Cucarachita (de Sinán y Brenes) se reputaba “de Broadway”; las novias no se casaban si ella no estaba al órgano; los difuntos se enterraban después de que ella tocaba.

Una primorosa tarde, el Santuario resonó con la música poco ortodoxa que le habían encargado unos deudos. Tras el codazo de rigor, Pedro –el Viejo– cuchicheó:

–Aquí se alza el muerto y baila.

En el filme de Billy Elliot hay un cruce de palabras iluminador entre la maestra de ballet y el niño genio:

–¡Tu madre era un ser extraordinario!

–No... solo era mi mamá.

La mía está, obviamente, incluida por Mónica Kupfer en su libro sobre mujeres en nuestra cultura que presenta mañana.

Ya hace 26 años yo la situé, como Estrella que es de la Mañana, al inicio de uno mío, al dedicarle Crónicas Panameñas “a mi madre, Ruth Parada de Fábrega, sembradora de música”.

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