Una vida bailando

Mañana, la actriz Ginger Rogers, la eterna pareja de baile de su colega Fred Astaire, hubiera cumplido 100 años.

“Él le aportó clase, ella le dio sexo”, dijo la actriz Katherine Hepburn sobre una de las parejas de baile más famosas de Hollywood.

Mañana, sábado, la atlética chica del medio oeste habría cumplido 100 años.

La increíble ligereza con la que Rogers parece moverse ante la cámara engaña: “He trabajado hasta que me sangraban los pies”, dijo en una ocasión.

Sin ambición ni disciplina, no habría conseguido ser una de las actrices mejor pagadas de Hollywood con una filmografía de más de 70 películas.

Con ello, logró también que la industria viera en ella algo más que la típica rubia guapa: en 1940, ganó su primer Oscar como mejor actriz por su papel en Kitty Foyle.

Ginger Rogers nació el 16 de julio de 1911 como Virginia Katherine McMath, en la ciudad de provincias Independence (Missouri).

Sus padres se separaron poco después y se pelearon por su custodia. Al parecer, su padre intentó secuestrar dos veces a la pequeña.

Así, la niña se crió primero con sus abuelos, mientras su madre escribía guiones en Hollywood. Tras el segundo matrimonio de esta, en 1920, Virginia tomó el apellido de su padrastro, John Logan Rogers.

La joven tenía el baile en las venas. A los 13 años se subió a un escenario de vaudeville, y con 15 ganó el premio como mejor bailarina de charlestón de Texas.

Después siguieron actuaciones en el Broadway neoyorkino y pequeños papeles para los estudios Paramount.

Pero su primer éxito llegó de la mano de Fred Astaire en Flying Down to Rio (1933). Su siguiente película juntos, La alegre divorciada, puso de manifiesto la perfecta armonía entre ambos actores. Sombrero de copa (1935), la adaptación del musical de Broadway Roberta (1935) y The Barkleys of Bradway (1949) son ya clásicos de la historia del cine.

En la vida real, en cambio, a Rogers no le fue tan bien con los hombres, y acabó con cinco matrimonios fallidos. El primero fue a los 17 años con un amigo de la infancia, Jack Culpepper, y apenas duró unos meses.

Cuando a Ginger Rogers le preguntaron si tras sus muchos divorcios volvería a caminar hacia el altar, respondió: “Por supuesto. Soy así. La única forma civilizada de vivir es el matrimonio; el resto es caos. Lo fastidioso es que en mi profesión, uno debe tener un marido muy seguro de sí mismo o la relación está condenada al fracaso. Ese ha sido mi problema”.

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