La voz de una generación

´El ruido de las cosas al caer´ le permitió a Juan Gabriel Vásquez explorar el miedo, el narcotráfico y los recuerdos de los nacidos en Bogotá en los años 1970.

El aviador Ricardo Laverde murió de forma violenta en 1996, en Bogotá. Junto a él estuvo el profesor Antonio Yammara, quien era lo más cercano a un amigo de este hombre lleno de secretos.

Esa posibilidad de casi morir, ese deseo de resolver misterios del ayer y esa necesidad de comprender la violencia producida por el narcotráfico no le dan respiro a Antonio Yammara.

Ambos personajes son parte de la clave de la novela El ruido de las cosas al caer (Alfaguara), del colombiano Juan Gabriel Vásquez, quien charló con La Prensa sobre los recuerdos, las distancias, el narcotráfico y el cine.

-¿Cuál es el valor de los recuerdos?

-Siempre he dicho que recordar, para un novelista, es un acto moral. La novela entera es un intento por hacer memoria, por no dejar que se nos olviden cosas importantes, por mantener vivo nuestro pasado, aunque sea difícil y doloroso. “No hay futuro vivo con un pasado muerto”, dice Carlos Fuentes en alguna parte. La literatura trabaja con esa convicción.

-¿Qué representa la ley y la justicia cuando una sociedad está sometida por la violencia del narcotráfico, las guerrillas y el Estado?

-A mí me interesaba saber cómo marcaron esas circunstancias de violencia la vida privada de los bogotanos, y subrayo la palabra ´privada´, que es el dominio de la ficción.

-¿La literatura puede erradicar la resignación de un país que estuvo dominado por el caos?

-La literatura no ayuda a erradicar nada, pero sí a comprender mucho, al menos de la manera en que se comprenden las cosas en la ficción: ambigua, lateral y profundamente humana. La literatura abre un espacio donde podemos pensar en nuestras vivencias, en lo que significaron ciertas experiencias, en cómo lidiar con ellas. Mientras sigamos haciéndonos preguntas sobre este caos, seguirán escribiéndose novelas.

-¿Cómo fuiste construyendo a Ricardo Laverde y a Antonio Yammara?

Laverde nació primero. Un día de 2008 recordé una imagen que había visto durante mis años universitarios, la imagen de un hombre llorando mientras oía una grabación, y durante un año traté de averiguar quién era este hombre, por qué lloraba, qué estaba oyendo. Después me di cuenta de que la historia de Laverde era una historia de narcotráfico, y comencé a darme cuenta de las mil formas en que el narcotráfico ha marcado a la gente de mi generación, aunque lo hayamos vivido de lejos. Y así nació Yammara. Es un hombre de mi generación que cuenta la historia del otro, de Laverde.

- ¿Qué te ayudó a superar el miedo que trae consigo residir en una pesadilla?

-En parte, irme. La distancia es magnífica para estas cosas.

-¿Cuándo diste con el título de la novela?

-Muy pronto. El título se refiere a un avión que se cae, y eso ocurre muy pronto en la novela. Es muy apropiado que el título se me haya ocurrido en un avión. Venía de Buenos Aires a Barcelona y empecé a pensar en la posibilidad de un accidente.

-¿Hay referencias cinematográficas en tu novela?

-Yo nunca he sentido una influencia marcada del cine. Consumo cine con pasión, y hubo una época en que podía ir a las salas cuatro o cinco veces por semana, pero mis novelas están hechas de palabras, de lenguaje. Un novelista debería aprovechar todas las posibilidades que el cine, precisamente, no tiene. Solo así pueden las novelas dar al lector algo que no pueda encontrar en el cine.

-¿Estás a favor o en contra de legalizar las drogas?

-La experiencia y el sentido común nos indican que legalizar es la única manera de erradicar las mafias, la violencia, la corrupción y la desintegración social que asociamos a la droga. El consumo de drogas es un problema grave, pero es un problema de salud pública, no de orden público. Las mafias y los carteles son un resultado de la guerra contra las drogas, no su causa. Pero nuestros gobiernos son demasiado hipócritas para poner el tema sobre la mesa.

Vendedores y textos del Alfaguara

Juan Gabriel Vásquez venció en la edición XIV del Premio Alfaguara. Se enviaron 608 manuscritos; de ellos, 231 proceden de España, 105 de Argentina, 99 de México, 46 de Colombia, 29 de EU, 25 de Perú, 19 de Chile, 14 de Venezuela, 14 de Bolivia, 12 de Ecuador, 5 de Uruguay, 5 de República Dominicana y 4 de Paraguay.

Han obtenido este premio autores como Sergio Ramírez, Manuel Vicent, Elena Poniatowska, Laura Restrepo, Santiago Roncagliolo y Hernán Rivera Letelier, entre otros.

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