Cierre de calles y conciencia social

‘Si miramos en el retrovisor de nuestra historia reciente, desde los últimos gobiernos de Martín Torrijos, Ricardo Martinelli y ahora Juan Carlos Varela, las protestas populares se han incrementado’.

27 DE NOVIEMBRE

Leyendo un artículo de opinión un día después de la fuerte movilización de obreros del Sindicato Único de Trabajadores de la Construcción y Similares (Suntracs) contra Minera Panamá, me detuve a reflexionar respecto a la justa inquietud de parte de personas que rechazan los cierres de calles.

Y ciertamente no es para menos, porque de por sí Panamá ya es una ciudad colapsada donde el desorden urbanístico y el pesado tránsito, sumado a las pésimas condiciones de las vías y avenidas en nuestra metrópolis, le han creado al panameño un estrés innecesario y menos tolerancia con respecto al tránsito diario.

Pero esa intolerancia y rechazo a los cierres de calles responden a otros asuntos también. Elementos que fueron sembrados en la conciencia del pueblo para domesticarlo, alienando a la población para que nuestros gobernantes pudiesen “reinar” impunemente.

Me refiero a la deshumanización constante a la que han llevado al pueblo panameño, que nos ha convertido en individualistas priorizando nuestros intereses personales sobre los derechos colectivos y sociales (por ejemplo: compra y venta de seco Herrerano por encima del problema del agua); a ser indiferentes con los problemas sociales e ignorante de la opresión que ejercen unas élites sobre los panameños.

La falta de educación, la censura a la opinión crítica, la promoción de desvalores en la sociedad, la invisibilización de nuestra memoria histórica que busca dejar a las futuras generaciones huérfana de referentes y ejemplos de dignidad, altruismo y solidaridad en nuestros centros de enseñanza, y sobre todo la manipulación de los acontecimientos sociales perpetrada diariamente por los medios masivos de comunicación, han hecho que las personas vean como correcto lo incorrecto y reciban al corrupto con un fuerte aplauso cada cinco años. Nos acostumbraron como sociedad a elegir como “justo” a los Barrabás de nuestros tiempos, 21 siglos después.

Son las contradicciones en el seno de nuestra sociedad las que han volcado a la gente a las calles. Nadie protesta porque le gusta protestar: a nadie le agrada exponerse a la crítica social, a la satanización de los medios y la intolerancia por medidas de presión contra un gobierno. Mientras una parte del pueblo sufrido lucha por sus constitucionalmente reconocidos derechos humanos que le son violados, otra parte ve como culpables del caos social a los manifestantes.

Esto no es casual, diariamente censuran una marcha, o tergiversan las protestas o ubican a quienes hacen huelga como culpables de nuestra crisis institucional. Y los gobiernos alientan a la opinión publica a ver los cierres de calles como malévolos, como ilegales o como intransigentes, cuando realmente se está clamando en función de intereses superiores y derechos irrenunciables que año tras año estamos aprendiendo a cederle a nuestros gobernantes.

Si miramos en el retrovisor de nuestra historia reciente, desde los últimos gobiernos liberales de Martín Torrijos, Ricardo Martinelli y ahora con Juan Carlos Varela, las protestas populares se han incrementado. Y contrario a lo que se dice, cada vez son más numerosas las marchas y movilizaciones.

¿Se justifican los cierres de calles? Lo cierto es que ha sido nuestra propia inconsciencia y nuestra complicidad como panameños al permitir que llegaran déspotas y mercaderes al Palacio de las Garzas, lo que seguirá justificando estos reclamos. Los que apelan únicamente a conversaciones “de alto nivel” y reuniones para tratar de conciliar el descontento popular y las injusticias en la lucha de clases, fracasarán como todas las mesas de diálogo en Panamá.

Saldrán quienes comparen y juzguen, irresponsablemente, la “legitimidad” de estas presiones de ahora con aquellas gloriosas gestas de mayo de 1958 y enero de 1964, cuando según ellos, “no se cerraba calle”; pero lo que deberíamos estar discutiendo como ciudadanos no es solo la forma de protestar sino las causas de las mismas e identificar a los verdaderos causantes de los cierres de calles, marchas y movilizaciones, y quienes están afectando realmente al pueblo, su derecho a la paz y a vivir en un país democrático y con desarrollo económico.

Podemos ver que ya casi no se ven protestas de los universitarios contra el alto costo de la vida: la más justa de las protestas. Pero se le enseñó a la gente que más importante era “despejar” la vía con antimotines y perdigones para garantizar el libre tránsito. Y ante la realidad que vivimos, en pleno goce del derecho a libre circulación y tránsito, sinceramente prefiero como ciudadano sacrificar minutos en un tranque a quedarme sin patria mañana.

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