Pensar al Cholo

Guido Bilbao gbilbao@prensa.com Osbaldo Principi*

Yo coincido con los panameños: Roberto Durán es el boxeador más grande que ha dado Latinoamérica. Llama la atención: Durán es célebre hasta en su forma de perder. Supera a los cubanos Kid Chocolate y Kid Gavilán, al argentino Carlos Monzón, al nicaragüense Alexis Argüello y hasta las 37 defensas del mexicano Julio César Chávez, que son los exponentes que pueden competirle el reconocimiento. Más allá de las cuatro coronas mundiales que alcanzó y el traspaso del físico por los diferentes pesos, Durán tiene lo que los otros no alcanzaron: clásicos del boxeo.

Sus duelos con Leonard, De Jesús, Benítez, Hagler, "Pipino" Cuevas, Hearns, son inolvidables. Hasta sus peleas con Iron Barckley. Sus clásicos del ring enriquecen la historia del boxeo. Desequilibra a los otros latinos por la cantidad. En este punto Durán es incomparable. También su estilo. En un deporte como el boxeo, que se diferencia de los otros por su cuota de arte y dramatismo, Durán incorporó un estilo que lo hace único: sus golpes parecían tener el acople de la electricidad. Y supo hacerlo en las tres distancias. Además tuvo un ángel especial que lo convirtió en un boxeador bienvenido en cualquier parte del mundo. La gente lo quiere y lo recuerda en todos lados. En eso se diferencia del egocentrismo de Chávez, la intelectualidad de Argüello o la frialdad de Monzón.

Además, cómo decía al principio, Durán es un boxeador que conmovió al mundo hasta en sus derrotas. Su abandono frente a Leonard, en New Orleans, con ese "No más" tan famoso, es uno de los cinco misterios boxísticos más enigmáticos que se ha llevado el siglo XX. Durán nunca ha querido decir por qué justo él, uno de los boxeadores más valientes de la historia, eligió perder como un cobarde. Aquí también cabe recordar la ejecución que sufrió a manos de Tommy Hearns, de cómo fue fulminado. De esa noche se recuerda el chispazo del flash de un fotógrafo. Vienen esos momentos a mi mente y se me pone la piel de gallina. Durán nos transporta a estados de ánimo fantásticos. En este sentido, no creo que la gente recuerde cómo Frankie Randall le quitó el invicto a Chávez o las derrotas anteriores al título de Monzón. Mano de Piedra también fue el hombre que más desafió el paso del tiempo. Le costó mucho entender que ya estaba acabado. En eso Durán no tuvo la grandeza de Monzón, que se destaca de todos los latinos nombrados porque colgó los guantes siendo campeón del mundo. En lo único que Durán no supo brillar fue en su retiro.

* Periodista y relator de box argentino.

El icono cultural

Vi pelear a Durán por primera vez a los 12 años. Recuerdo la experiencia de su triunfo como algo impresionante. A partir de allí fuimos creciendo juntos, yo como persona, él como boxeador. En esos días Panamá acababa de pasar por el golpe de Estado que terminó llevando a Torrijos al poder, y curiosamente Durán, un deportista, se convirtió en parte de todo esto. Torrijos intentaba revalorizar el ser panameño y vio en Mano de Piedra un icono realmente rico que podía colaborar con su idea de asentar el sentido nacional. Porque Durán tuvo el don de hacernos sentir bien con nosotros mismos.

Torrijos fue como un padre para los boxeadores; de hecho fue quien instituyó la pensión vitalicia para ellos. Además tenían cosas parecidas. Ambos eran mestizos y a ambos se les consideraba cholos, en este caso, en el mejor de los sentidos. Y me atrevería a decir que nadie en la cultura panameña ha generado los sentimientos que generó Durán. Ni Rubén Blades. La gente lo seguía voluntariamente. Además, su carrera se desarrolló durante un momento histórico realmente convulsionado. Pensemos en qué marco se dio la pelea entre Durán y Leonard: Centroamérica era un hervidero, la situación política era muy volátil. Reagan intervenía en Nicaragua, en El Salvador. Es más, Torrijos influyó en la concertación de la famosa primera pelea de Durán contra Leonard.

No hay que olvidar que en ese momento Leonard era el gran ídolo norteamericano. Había ganado las Olimpiadas en Winnipeg batiendo a todos los cubanos. Torrijos tenía una estrecha relación con Fidel Castro y se había consolidado como un líder en América Latina debido a su logro con los tratados Torrijos-Carter. Un amigo de Durán solía decir que esa pelea fue como la III Guerra Mundial. No se equivocaba con esa apreciación. El triunfo de Durán fue un gran triunfo de todos los latinos y por eso dolió tanto la derrota en la revancha. La fascinación por su persona también surge porque de todos los otros panameños que han descollado en el exterior, la mayoría se ha quedado a vivir allí. Pero Durán no, él tomó la decisión de regresar una y otra vez después de cada triunfo y eso le generó un contacto directo con la gente. Aún siendo el gran campeón, siempre se metía en El Chorrillo y parrandeaba con sus amigos. No sé si es lo que más le convino. Quizá hubiese sido positivo para él que evolucionara de todas las maneras, no solo como boxeador.

Si uno va a su casa se ve que él nunca ha dejado atrás el lugar de donde ha venido. Eso es lo que amamos de Durán y lo que a la vez nos frustra. El tomó la decisión de no volverse otra persona, de mantener su esencia intacta. Entre líneas, en mi documental trabajo esta idea: si Panamá fuera una persona, sería Durán. Un potencial increíble sin la madurez necesaria como para manejar esos recursos. Donde Durán difiere con Panamá como nación, es que él sí logró llevar su talento natural a su máxima expresión. Eso requiere de mucho valor. Y Durán lo tuvo. Yo siento que Panamá aún no ha tenido el valor de asumir y llevar adelante todas sus potencialidades.

Cineasta, realizadora de Los puños de una nación , un documental que podrá finalizar si Don King accede a cederle los derechos de las imágenes de algunos de sus combates más importantes.

El ídolo

Juan Luis Correa*

Durán le abrió a Panamá las puertas del mundo. Antes de su aparición, pocos fuera del Caribe sabían dónde quedaba Panamá. Y El Cholo, a fuerza de puños y coraje, puso a nuestro a país en la boca de todos. Creo que vi casi todas sus peleas por televisión. Incluso viajé para verlo pelear: lo ví en Los Angeles, en Las Vegas, en Costa Rica. Aún recuerdo el día que lo conocí en la feria de La Salle, yo tenía 15 años y nos fuimos con él por ahí, a rumbear. Me acuerdo de una de las primeras veces que lo vi pelear, cuando le ganó al Ñato Marcel y se consagró campeón nacional. Ese día todos iban por Marcel del grupo de ocho personas que fue a ver la pelea, recuerdo que solo el Chato Alemán -el padre de José Miguel- y yo le apostábamos al Cholo.

Después de eso vinieron los días de gloria. El país se paralizaba para verlo pelear. A mí me gustaba salir a la calle justo antes de que empezara la pelea para ver cómo no volaba ni una mosca. El día que le ganó a Sugar Ray Leonard fue una fiesta interminable. Yo sabía que era una pelea muy difícil, pero en el fondo tenía fe de que iba a ganar. Encima, Leonard salió a fajarse con El Cholo. ¿Qué se pensaba, que era Supermán? Eso con El Cholo no se hace, al menos que quieras salir lastimado. Esa confianza por Durán nunca se me fue. Incluso ya en sus ultimas peleas, cuando estaba fuera de forma, yo lo veía y sentía que en cualquier momento Durán iba a poder con su rival. En lo que prefiero no pensar mucho es en la revancha con Leonard. Creo que la tristeza que sentí ese día todavía me dura, no se me va más. Sobre todo ver a Leonard burlándose. Creo que en esa oportunidad El Cholo cometió una bravuconada, como que dejó la pelea diciéndole: "Tú no quieres pelear, no eres macho".

Perdimos en la emoción. Sí, claro, digo perdimos porque así es: esa noche perdimos todos porque Durán es Panamá y todos nosotros somos Durán. Ese día estaba en la casa de Leonidas Aragón que se descompuso cuando El Cholo no salió a pelear. Le dio una taquicardia que lo tuvieron que medicar. Sin embargo, la derrota que más me dolió fue la de Tommy Hearns. Esa fue la única vez que Durán perdió de verdad. Igual, nada opaca la admiración que siento por él. Y prefiero recordarlo invencible y chistoso, siempre humilde, entrenando en El Marañón. Y también recordar en qué nos convertíamos nosotros viéndolo pelear a él, cómo se vivían sus peleas, siempre de pie, lanzando golpes al aire y gritando mientras sus rivales caían. Porque no importaba de qué país inmenso viniera su rival, El Cholo iba a ganarle. Jamás podré olvidar la vez que fui a recibirlo al viejo aeropuerto de Paitilla, cuando volvió con uno de sus primeros títulos. En esa ocasión llegó en el avión de Torrijos. Durán es y será el mayor ídolo de la historia del deporte panameño.

* Simpatizante incondicional y gerente general de La Prensa .

El hombre generoso

Por Abdiel A. Gutiérrez*.

Durán es una persona extremadamente desprendida. Decir esto nos lleva directamente a hablar sobre su actualidad económica. Si nos ponemos a pensar en la cantidad de dinero que ha ganado, podemos deducir que él vive en la estrechez. No sé de alguien que sepa con exactitud cuán rico o cuán pobre es Durán. Pero hubo gente que me ha dicho que le han pedido dinero para pagarle el teléfono.

También me parece que él es muy orgulloso y no acepta fácilmente ayuda económica. En una entrevista le pregunté sobre las gestiones que hizo una figura pública para levantar el embargo que pesaba sobre su casa y la posibilidad de un desalojo. Me dijo que no aceptó la ayuda porque hay gente que se la ofrece para luego decir por allí "Yo ayudé a Durán".

Sin embargo, aunque la línea que separa la generosidad del despilfarro es bien pequeña, yo no me animaría a condenarlo. Durán siempre tiene una invitación en la

lengua. Él te contaba una anécdota, por ejemplo, sobre el hotel Waldorf Astoria en Nueva York y de paso prometía llevarte. El no mide si eso le hace daño. Vive entregando.

Uno, equivocadamente, podría pensar que es el síndrome del hombre que quiere ser aceptado. Pero nadie mejor que él sabe el aprecio de su público. Una vez me tocó recorrer las calles de Los Angeles a su lado y no podíamos caminar. La gente lo paraba, los mexicanos pedían autógrafos, las bocinas de los autos sonaban.

Por eso, yo no hablaría de aceptación, sino de generosidad y solidaridad con aquellos que pasan por la miseria que él vivió de niño y joven. Que ha habido gente que se ha aprovechado de eso, no tengo dudas. ¿Cuántos fueron los manzanillos que vivieron largo tiempo gracias a los esfuerzos que Durán hacía sobre el ring ? Creo que lo que más lo debe desesperar de su situación actual es la imposibilidad de dar. Eso lo debe hacer sufrir más que los lujos que no puede darse. Sin embargo, no podemos señalar aquí una característica particular de Durán. Este es un elemento común en los boxeadores y en otros deportistas, que vienen de la misma cuna que viene Durán. No solo en Panamá, sino en todo el mundo. La lista podría ser interminable. Y seguirá pasando: si uno va a un gimnasio ahora, podrá ver en cada prospecto un pequeño Durán.

Con lo primero que ganan compran collares y anillos. Intentan validarse como personas a través de ciertas adquisiciones. No solamente por sus habilidades deportivas.

Una vez le pregunté a Durán dónde se había ido su fortuna.

"Pregúntale a Felicidad" fue su respuesta. Comúnmente se asegura de que su esposa perdió miles de dólares en los casinos. A pesar de esto, y de cualquier otra circunstancia, siempre están juntos. Él ha sabido conservar la unidad familiar. En medio de todas las vicisitudes, su familia siempre se ha mantenido unida. Recuerdo que lo acompañé cuando se preparaba para una pelea, eran tiempos de vacas flacas y además de los entrenadores, estaba ayudándolo su esposa. Tienen ocho hijos y nadie puede decir nada malo de ellos. Ese es otro aspecto que hay que destacar: ninguno de sus hijos es maleante ni ha tenido problemas de drogas o problemas con la ley. Su padre les ha pagado una educación y los ha sacado adelante. A pesar de lo que se diga, hay algo que nadie puede negar: Durán es un hombre generoso.

Periodista y realizador del documental Durán, la leyenda .

El deportista

Por Gustavo Ampudia

Su poderosa derecha y las combinaciones que era capaz de lanzar al cuerpo todavía infunden temor.

Durán levantó el deporte panameño hasta dimensiones impensadas.

Estuvo con los guantes puestos 33 años de su vida, ganó cuatro cinturones del mundo, logró pelear en cinco décadas distintas y en cinco categorías: inició su carrera en 118 libras y la terminó en 168. Algo increíble.

Oriundo de uno de los barrios más humildes de Panamá, El Chorrillo, se inició en el boxeo en 1968 y a partir de su debut fue tejiendo una de las carreras más exitosas y controversiales que se recuerden en el continente.

Obtuvo su primer título (ligero) en junio de 1972 de manos del escocés Ken Buchanan, y ocho años después logró el segundo (welter), en una de sus más memorables peleas frente al estadounidense Sugar Ray Leonard, quien lo vencería en el encuentro de revancha.

Fue precisamente esa década, la del 80, la de mayor éxito para el pugilista chorrillero, aunque en los 70 su nombre sonaba fuerte junto al del peso pesado Muhammad Alí y el argentino Carlos Monzón.

Después de un fallido intento por ganar el cetro superwelter del Consejo, al ser vencido en 1981 por el puertorriqueño Wilfredo Benítez, Durán comenzó una nueva etapa en su carrera, que lo llevó a cotizarse entre los más grandes de la época.

Así llegaron el cetro mediano junior, cuando derrotó al estadounidense Davey Moore en junio de 1983, y seis años más tarde la faja mediana. El quinto título lo obtendría en el año 2000.

También es cierto que todas estas historias exitosas llegaron acompañadas de otras de tristeza y decepción.

Para muchos de los fanáticos panameños, Roberto Durán es el claro ejemplo del atleta perfecto.

Su dedicación al gimnasio y espíritu de lucha será un legado que Mano de Piedra ha dejado para las nuevas generaciones.

*Periodista de box de La Prensa .

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