Grandes Ligas

Hoy es el día del hijo de Puerto Caimito

El exlanzador se unirá hoy a Rod Carew como los dos panameños que han sido honrados en el Salón de la Fama en Cooperstown.

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Mariano Rivera, el nuevo inmortal de las Grandes Ligas

Su dedicación, esfuerzo y desempeño lo convirtieron en una estrella, y sus récords y hazañas, en una leyenda. Esta es la historia de un niño que creció jugando con manillas de cartón, se hizo grandes ligas y entró al Salón de la Fama. Es la historia de Mariano Rivera, el hijo de Puerto Caimito.

Mariano Rivera terminó su carrera con 652 salvados, el mejor registro de Grandes Ligas. Expandir Imagen
Mariano Rivera terminó su carrera con 652 salvados, el mejor registro de Grandes Ligas. Alexander Arosemena

Puerto Caimito es un corregimiento de Panamá Oeste, a las orillas del Pacífico, con una población estimada de 17 mil habitantes. Muchos de ellos han hecho de la pesca uno de sus principales sustentos de vida.

Sus calles, cubiertas de arena y esperanza, quedan a metros de la playa, donde espera una hilera de embarcaciones, de diferentes colores y tamaño, a esos hombres, de manos fuertes y caras quemadas por el sol, que las guiarán para traer los diferentes productos del mar.

Gonzalo González es uno de ellos. Desde su local, donde se reparan las redes y se le da mantenimiento preventivo a los motores, se escucha el golpear de las olas. Allí contó algunas andanzas del hijo del puerto, Mariano Rivera, y de sus inicios en el béisbol.

No hay que andar mucho para llegar a El Tamarindo, donde González señala que Rivera comenzó a jugar. En el camino, solo los más entrados en edad recuerdan el lugar exacto; los demás contestan con extrañeza.

El olor a mar y pescado frito delata que es tierra de pescadores, llena de necesidades, como dice el representante de la comunidad, Omar Bultrón, uno de los más jóvenes del país, solo tiene 19 años de edad, el mismo tiempo que jugó Rivera en Grandes Ligas.

El rugir de los motores de los buses tipo “diablo rojo” que ruedan suavemente, algunos al son del vallenato, indican que estás en el corazón de Puerto Caimito y por el camino correcto hacia la iglesia católica Virgen del Carmen, muy cerca de la calle de El Tamarindo o el astillero.

Simión Amor, uno de los residentes de la calle, solo tuvo que extender su brazo para mostrar el lugar exacto donde comenzó a jugar el ahora ex cerrador de todos los tiempos y hoy exaltado en el Salón de la Fama en Cooperstown. El sitio era un solar, convertido en la mente de los niños en un estadio, muy cerca de la primera casa de los Rivera.

Vistas panorámicas de Puerto Caimito, abajo la calle donde jugaba y el estadio de béisbol. Expandir Imagen
Vistas panorámicas de Puerto Caimito, abajo la calle donde jugaba y el estadio de béisbol. Alexander Arosemena

Mariano también lo recuerda muy bien. El exjugador de los Yankees viaja en el tiempo y menciona algunos de los pasajes que vivió en el lugar, por ejemplo, cuando el mar, que los bendecía con sus productos, los privaba de seguir jugando cuando subía la marea.

En ese estadio improvisado y que rozaba la residencia de Amor, las diferencias personales terminaban con un apretón de manos. Esa era la regla, asegura Rivera, ahora de 49 años de edad.

La calle de El Tamarindo lleva ese nombre porque en el lugar había un árbol de esa fruta, también recinto de descanso para los jugadores, entre ellos Rivera, que aprovechaba la fortaleza de su brazo derecho para derribar cocos de las palmeras a punta de pedradas.

“Le insistimos a Mariano para que fuera a una prueba, él no quería ir porque no había convencido a Chico Heron como campocorto”.

Claudino Hernández. amigo de Rivera.

Simión fue testigo de ello, y de la destreza de esos jugadores que se forjaron a los pies de El Tamarindo y que más tarde convertirían al equipo de Puerto Caimito en uno de los más temibles de la región.

Los juegos se hacían con improvisadas bolas de tela, guantes de cartón y bates de madera de manglar. Mariano sonríe al recordar esos detalles.

Ya no se juega tanto béisbol en esa calle, pero Pili, como se conoce a Mariano en su pueblo, no lo olvida. Algunos lo recuerdan gratamente, como Gonzalo, que asegura fue receptor de Rivera y pudo comprobar la velocidad y habilidad de sus lanzamientos.

Así creció Rivera, entre la pesca y el béisbol. El exlanzador de los Yankees siempre estuvo vinculado a esta actividad marina, de la cual se alejó, según Simión, tras un accidente que sufrió en una embarcación, en el que su tío murió producto de las heridas.

Mariano Rivera reside en las afueras del puerto, su casa es imponente y queda a unos metros de donde residen sus padres y mucha de su familia. Perderse es complicado, todos saben dónde vive y todos tienen algo que contar sobre ese niño que hoy se convierte en un leyenda del béisbol.

“Era tal la fortaleza del brazo de Mariano que podía tumbar un coco de una palma con una pedrada”.

Simión Amor, reside en la calle de El Tamarindo.

Pese a tener una de las máximas estrellas del béisbol, Puerto Caimito no cuenta con grandes infraestructuras deportivas ni de salud. Su representante lo describe como un pueblo olvidado por los distintos gobiernos.

Para noviembre están preparando un homenaje a Rivera. Lo van a declarar hijo meritorio. Justo cuando el corregimiento cumpla un aniversario más quieren reconocerle sus hazañas.

Rivera comenzó su carrera en Grandes Ligas en 1995, y aunque en sus inicios en este deporte lo hizo como receptor, campo corto, bateador y jardinero, fue como lanzador que lo firmaron.

“¿Otra vez tú?”, recuerda Rivera que le dijo Carlos Chico Heron, un buscador de talentos de los Yankees cuando se lo presentaron. La primera vez fue como shortstop, pero el mismo Mariano acepta que no tenía la suficiente movilidad.

“En sus primeros años él [Mariano Rivera] me decía que pasaba páramos, que le tocaba lavar la ropa y hasta cocinar”.

Gonzalo González, compañero de infancia de Rivera.

Claudino Hernández y Emilo Gáez se encargaron de abrirle los ojos y los oídos a Heron, quien no dudó en llamar al agente regional de los Yankees.

Claudino, que se agita como instructor en las categorías juveniles, no ha vuelto a ver a otro Mariano Rivera, un joven con recta fuerte, que le motive ir a altas horas de la noche a la casa de un buscatalentos para recomendarlo.

En la selección de Panamá Oeste, Rivera y Hernández compartieron grandes momentos y nació una buena amistad, de hecho, Rivera asegura que Claudino es uno de los pocos que verdaderamente puede contar su historia.

Su firma para jugar con los Yankees fue por solo 2 mil dólares, confesó Mariano y su primer lanzamiento en Grandes Ligas lo realizó el 23 de mayo de 1995. Tenía 25 años de edad.

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