vida de una deportista

María Toto, la decana del boxeo

A sus 68 años entrena a boxeadores que hoy acarician la gloria y la fama. Ama el deporte y a la gente que la rodea. Esta es su historia.
COMBATE. María ‘Toto’ Murillo trabaja como entrenadora de boxeo en un gimnasio ubicado en el último piso de un antiguo edificio en Santa Ana. COMBATE. María ‘Toto’ Murillo trabaja como entrenadora de boxeo en un gimnasio ubicado en el último piso de un antiguo edificio en Santa Ana.
COMBATE. María ‘Toto’ Murillo trabaja como entrenadora de boxeo en un gimnasio ubicado en el último piso de un antiguo edificio en Santa Ana.

El público grita, ruge, se excita con cada golpe que se asestan dos boxeadores que, horas antes, habían llegado al gimnasio Roberto Durán a probar suerte en otro combate de sus nacientes carreras.

María de la Cruz Murillo, en cambio, observa paciente la pelea, la analiza. Se frota las manos antes de lanzar un comentario mordaz: “Puros muertos”.

Es una expresión que emplea esta noche –sábado de agosto– para referirse a estos boxeadores que se fajan en sus primeras peleas como requisito para su “hoja de vida”, y que son los primeros en salir en este espectáculo de puños para completar la velada.

´El ya los hubiera noqueado hace rato”, agrega Murillo con tono de autoridad.

Luis El Nica Concepción, 28 años de edad, campeón plata mosca del Consejo Mundial de Boxeo (CMB), es uno de sus pupilos.

Y así lo han sido –en una carrera de más de 30 años como entrenadora – muchos de los boxeadores panameños que han disfrutado de la gloria en este deporte.

Incluso entrenó a Roberto Manos de Piedra Durán, aún para los panameños el campeón mundial con cuatro títulos; a Víctor Córdoba, excampeón mundial supermediano; a Hilario Zapata, excampeón mundial de boxeo minimosca del Consejo Mundial de Boxeo, y a Carlos El Púas Murillo, excampeón mundial minimosca de la Asociación Mundial de Boxeo.

Y los más recientes: Guillermo El Felino Jones, actual campeón crucero; Celestino Pelenchín Caballero, excampeón mundial supergallo; Anselmo Chemito Moreno, actual súper campeón peso gallo.

María Toto, como la llaman en este mundillo boxístico, vuelve a frotarse las manos y se las acerca a su boca para darse calor. Esta noche, en el gimnasio, los acondicionadores de aire están al máximo.

“El Nica tiene la pelea estelar (...). Chuzo, qué frío”, comenta después.

Está sentada a 10 metros del ring, junto a una de las mesas con siete sillas que fueron colocadas para el público con entrada preferencial.

Lleva el cabello a ras, de color amarillento; tiene puesto un jacket negro, blue jeans a la rodilla y tenis oscuros. Bosteza. Cierra brevemente los ojos, como si estuviera meditando. Pero de pronto vuelve a referirse a la pelea.

A sus 68 años, María Toto tiene bajo su tutela a nuevos campeones boxísticos, así como a jóvenes que intentan salir de la pobreza a punta de golpes. Pero esta noche, en este coliseo que sigue llenándose de público, solo tendrá el rol de asistir al entrenador titular.

“Me duelen las rodillas para estar subiendo y bajándome del ring, papa”, dice.

Sobre el cuadrilátero, José El puño Mena y Antonio El gordo Hernández –categoría peso pluma, 126 libras– intercambian duros golpes en los segundos finales del sexto y último asalto.

Suena la campana y el barullo, que hace unos instantes invadía esta noche todo el coliseo, se esfuma. Es entonces cuando empieza un breve espectáculo: de fondo se escucha Valió la pena de Marc Anthony, mientras que las luces de colores se difunden, bailan por toda la arena. Hay tragos y comida.

Todos saludan a María Toto. Se hacen fotos con ella, le dan abrazos, la invitan a futuros eventos, y los políticos –que también asisten a estas cartillas– le vuelven a hacer alguna promesa.

Ella ríe, luego baila, inicia su ritual de caminar –algo lento– entre las mesas donde están los invitados especiales, los periodistas y algunas caras de la farándula criolla. Es su noche.

Luego abandona esa breve diversión y empieza su faena en tono serio: uno de los tantos entrenadores en el lugar le había pedido su asistencia.

El GOLPE

Una semana antes, María Toto fue a su odontólogo para que le repusiera uno de sus dientes que había perdido de la manera más inesperada.

En mayo pasado, relata ahora en el gimnasio José Maco Arboleda, de la escuadra Los Roqueros, ubicado en una antiguo edificio de tres plantas en Santa Ana, cuando Irving Berry entrenaba –para una pelea estelar por el título nacional y latino pluma del Consejo Mundial de Boxeo– se le escapó un golpe que fue directo a su rostro: le tumbó de un solo tortazo el diente de oro que le había regalado para su cumpleaños el boxeador Julio Gudiño, en 1987.

Enseña su dentadura, con la nueva pieza. Luego ríe tras acordarse de ese episodio.

“Me lo tumbó, loco. Ufff! no quise volver a ponerme el diente de oro porque ya tenía muchos años con él”.

Es puntual: la hora para la entrevista acordada se pactó a las 9:00 a.m. y a esa hora llegó. María Toto sube con dificultad los 60 escalones que la llevan al último piso donde está el gimnasio. Con ambas manos se apoya de las paredes, cojea.

“Cuando yo no vengo aquí estoy enferma, mi amor. Ahora la columna me está molestando, la pastillita que tomo vale cinco dólares, y es de la cintura para abajo. Nadie sabe, yo solo sé mi problema”, dice.

Para ingresar a este lugar donde entrenan algunos campeones hay que hacerlo por la puerta principal de la mueblería Créditos Latinos, como un cliente más. Luego anunciarse ante una joven que está detrás de un pequeño escritorio.

María Toto –suéter ancho, blue jean a la rodilla, tenis blancos– lleva siempre su ropa de faena en un maletín negro. “Ayúdame con esa maleta, papa, ya yo toy vieja, y me duele todo”.

A finales de los años 1970, María Toto regresaba de un partido de fútbol que se jugó en la antigua Zona del Canal. De pronto, tras una embestida, perdió por unos momentos la conciencia. “Un gringo me atropelló. Venía borracho, esos gringos se arrancaban. Él no venía con la mujer, por eso tuvo que pagarme un poco de plata”, cuenta.

Los médicos tuvieron que operarle la pierna izquierda: le colocaron una platina y la dejaron unos seis meses hospitalizada. El accidente le dejó una huella feroz: 56 puntos. “Quedé con la pierna guindando”.

Ahora ríe, acaba de darse cuenta que en su maletín se había traído su pijama.

Antes del boxeo, formaba parte del grupo técnico de un equipo de softbol integrado por mujeres del barrio de San Pedro, con el cual logró viajar a algunos países. Uno de esos viajes fue a Costa Rica, en los años 1970, y así lo recuerda bien porque fue allá donde la bautizaron con el sobrenombre que hoy todos repiten. “Allá le llaman Toto a las mujeres nalgonas”, comenta con picardía.

De pequeña, María Toto había abandonado su natal Colón para instalarse en el barrio de El Chorrillo con un familiar. “Con mi tío. No me acuerdo [de su nombre], ese murió. Le decían Capulina. Casi nunca la veía”.

Lo había hecho como otro acto de rebeldía ante la autoridad de su padre Luis Murillo, un barranquillero que laboraba como pasabarcos.

Cuando vivía con él era desobediente, ladrona, violenta: una tormenta dispuesta a acabar con el mundo. “Me le fugué a mi papá. Yo me vine a Panamá huyéndole a la gente. Me daban palo. Yo era el diablo. Yo le pegaba a todo el mundo y peleaba en esa playita [en Colón] porque así era pues. Me crié sola contra el mundo. Era maleante”, relata.

Aquí en Panamá vivió en varios lugares mientras crecía. Vivió en el área de El Marañón, en Santa Ana; en El Chorrillo; en San Pedro, y finalmente llegó a San Miguelito, un distrito que se fundó en julio de 1970 y donde la mayoría de las casas fueron construidas en sus empinados cerros.

DE LA CANCHA AL ´RING´

Siempre amó el deporte. Por eso trabajó en la plantilla técnica del equipo de softbol de San Pedro. Obtuvo triunfos y derrotas.

Tras el accidente con el gringo, y luego de algunos tropiezos en su vida, se encontró con el boxeo y entró en ese mundo en el que dominan los hombres.

–¿Quién le abrió las puertas?

-“Fue Mendizábal. Yo le dije: ´quiero trabajar contigo´. Ya él me conocía y me dijo que sí”.

Gaspar Mendizábal es entrenador de boxeo y periodista radial. Hoy recuerda ese momento: “Llegó un día, en 1980, al gimnasio con un grupo de chiquillos para que se los entrenara”.

El lugar que se refiere es el entonces gimnasio Yuyín Luzcando de Ciudad Radial. “Ella llegó también con su sobrino Manuel Zapata. Luego lo entrené, y como ella asistía todos lo días le dije que me ayudara también a entrenar, y así fue”, dice.

Fue la primera mujer en el país en asumir semejante reto, reconoce. En la actualidad esa labor también la desempeñan Ana Pascal, campeona mundial de boxeo; Lourdes Peralta y Mayka Mendizábal, su hija.

SU OTRO ROL

Ahora María Toto empieza a ordenar el gimnasio. Recoge del piso hojas de periódicos, retira del ring algunas cubetas, barre.

En las paredes hay recortes de diarios con las noticias de las últimas peleas de sus púgiles. En el centro, el cuadrilátero de prácticas; muy cerca un pequeño escritorio, y a la derecha dos sillones desgastados rojo vino. Al fondo un gran espejo. Del techo cuelgan uniformes de faena con el nombre de cada boxeador, a falta de un guardarropa. Y desde una pequeña ventana se puede ver parte del Casco Antiguo y más allá, el mar.

Trabaja desde hace 13 años para Rogelio Espiño, promotor de boxeo del momento. Muchos años antes lo hacía para el argentino Luis Espada, quien tenía un gimnasio en San Miguelito con su nombre y donde la mayoría de sus peleadores eran campeones.

Antes del declive de este gimnasio, referente del boxeo en Panamá, llegaron algunos jóvenes con ganas de comerse el mundo. Uno de ellos, Vicente El Loco Mosquera, que ahora acaba de llegar para entrenar con María Toto.

“María es una persona con carácter (...) La queremos como a una madre, es la que nos atiende, está pendiente del lugar, que todo esté al día, que haya agua fría. Es como una madre, el día que se vaya de aquí este gimnasio se volverá una pocilga”, dice Mosquera mientras María Toto le ajusta los guantes.

gladiadores

A la escuadra de Espiño, un hombre con barba finamente dibujada, cabello corto oscuro y que siempre usa trajes de marca, llegó en el año 2000. “Ese señor cómo me ha ayudado”, agrega.

Su faena boxística la ha combinado con otros trabajos en los últimos años: fue ascensorista, mensajera y activista política. También trabajó en el hipódromo donde conoció al jinete Valerio Tejada, padre de su único hijo.

Casi todos sus trabajos formales, con los cuales pudo pagar la cuota obligatoria para su jubilación en el seguro, fueron en el Gobierno.

“Yo no gano mucha vaina. Voy a ser franca: lo que me dan es para pagar unos préstamos (...) estoy jubilada, del Gobierno”, resume, desde la sala de su pequeño apartamento en un multifamiliar, el único en esa zona del barrio, sobre la calle ´L´ de San Miguelito. Es domingo, y la gente está en el barrio.

“No tienes idea de dónde he trabajado, papa (...). Yo te digo una cosa, y soy sincera, ponlo así: yo hago de todo menos vender droga”, sostiene, mientras cambia el canal en uno de los dos televisores de pantalla plana que tiene en su casa.

Valerio Tejada, su hijo, la observa desde el sillón. “Valerio está parado [sin trabajo] y yo, póngalo también, quisiera que el Gobierno me ayude con un trabajito pa mí”, dice.

Las paredes verdes del apartamento están tapizadas con fotos de boxeadores y de recortes de periódicos. El baño, la cocina, la sala y su habitación. Toda su casa es un monumento al boxeo panameño.

Hay fotos de El Nica, hay fotos de El Púas, de Pelenchín. También hay fotos de ella con cada uno de sus pupilos, y hasta con el rapero estadounidense 50 Cent. Y por supuesto, de Durán, su ídolo, su todo. “Yo soy lo que soy por él”.

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