Ruido, mucho ruido

“Hubo una epidemia de tristeza en la ciudad. Se borraron las pisadas. Se apagaron los latidos. Y con tanto ruido... no se oyó el ruido del mar”, dice la letra de una hermosa canción de Joaquín Sabina, que me atrevo a citar, aunque hubiese preferido unas letras con el ritmo de una samba para festejar.

Lo digo porque estoy escuchando ruido, mucho ruido, como si estuviéramos en el final. Había una enorme ilusión que después del partido con México entró en estado de reposo. Luego, Estados Unidos la golpeó y después el traspié en Costa Rica abrió balances anticipados. Me parece válido que un proceso que involucra a la nación en la mayor ilusión futbolística, que es asistir a un Mundial, provoque reacciones dialécticas, unas acertadas, otras apasionadas, pero no creo conveniente participar en fomentar un ambiente de desánimo, porque su aroma se esparce y termina por impactar negativamente en el espíritu de la selección. No puede estar prohibido cuestionar, sin embargo, no he dejado de creer que esta selección no pueda clasificar y mientras lo sienta va mi apoyo desde esta tribuna, desde las gradas del estadio, desde el asiento de mi casa, donde sufro o gozo los partidos y desde la energía con la que les hablo a quienes converso de fútbol. Los momentos críticos deben servir para buscar soluciones y superarlos. No se trata de vender falsas ilusiones. En ello hay que ser claro, como canta el mismo Sabina “que no te vendan amor sin espinas, que no te duerman con cuentos de hadas”. El camino es cada día más rocoso y minado, pero tampoco está cerrada la vía por derrumbe. Igual me parece que si me pongo a mirar a mi alrededor, o arriba o abajo para ver la trayectoria y el nivel de otros competidores superiores para justificar nuestra posición, entonces hay que apagar la luz e irnos. Hay muy pocos logros de la humanidad que no se consiguieran con una pócima de ilusión: ¿no fue ello lo que permitió que Julio Verne imaginara un imposible mundo que hoy ha sobrepasado su quimera? ¿No fue también la ilusión la que impulsó a Bill Gates o Steve Jobs a dar marcha desde el garaje de sus casas a unos proyectos que al materializarse influyeron e impactaron nuestro mundo?

Con tanto ruido vamos a sentir que nos detuvimos y dejamos de navegar por no “escuchar el ruido del mar”, que nos sigue diciendo que aún nos movemos y es posible avanzar.

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