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LEYENDA PANAMEÑA

Sandokan, el guerrero

LA PRENSA/David Mesa LA PRENSA/David Mesa
LA PRENSA/David Mesa

El silencio era absoluto. Las más de 15 mil personas que se habían dado cita en el entonces gimnasio Nuevo Panamá observaban absortas hacia el centro del cuadrilátero, en el que Sandokan sostenía su máscara, la que tuvo que quitarse por primera vez en su carrera tras haber sido vencido por el mexicano Aníbal.

Aquel 30 julio de 1976, por primera vez en sus 10 años de carrera, el legendario luchador panameño se mostraba ante sus seguidores como realmente era: Osvaldo Espinosa, nacido el 1 de marzo de 1946 en calle 3ra, Vista Hermosa.

Considerada por muchos fanáticos de la lucha como la pelea más importante en la historia del atleta panameño, el combate contra Aníbal era solo el reflejo de la relevancia de este deporte en aquella época en el país.

“Yo creo que estaba ganando, pero los dos nos habíamos dado hasta con manopla”, cuenta ahora Sandokan, sentado en un taburete con su nombre en el respaldar desde su casa color salmón en San José, San Miguelito. “Ya yo lo tenía listo. Él estaba abajo, luego de que yo lo había tirado por encima de la tercera cuerda. Yo agarré impulso y me tiré en tope suicida, pero él se quitó y me golpeé el hombro. Me dolía mucho. Me quedé allí un rato y cuando pude subir al ring, el árbitro dijo que ya había hecho la cuenta de los 20 y que había perdido”.

Con más de mil peleas en su palmarés, según su propia cuenta, Sandokan conserva intactos los recuerdos de cómo se desarrolló el ambiente para este enfrentamiento. “Un día estábamos luchando en parejas Aníbal y yo contra Sergio Gálvez y Rey Mendoza. De repente, Aníbal se me vira y me comienza a pegar. Entonces, Sergio Gálvez vio la cosa y se puso de mi lado y entre los dos nos fuimos contra los mexicanos”, cuenta Sandokan. “A partir de allí peleamos varias veces, hasta que decidimos hacer una con apuesta incluida: máscara contra máscara”.

Mientras los médicos continuaban revisándole el hombro, tras el fuerte golpe, el luchador panameño contemplaba cómo los fanáticos salían, en silencio, del coliseo. “Vi hasta contrarios míos llorando porque yo había perdido mi máscara”.

Tras regresar a los camerinos, donde se agudizó el dolor en su hombro, que resultó ser una fuerte lesión en la clavícula que lo mantuvo alejado del cuadrilátero por varios meses, Sandokan fue escoltado hacia el hospital. “Yo pensé que ya todos se habían ido, pero estaban afuera. Había una familia achinada que yo siempre veía en mis luchas, y la vi esperándome afuera del gimnasio. Se me quedaron viendo a los ojos. Nunca más los volví a ver”.

“Cuando un luchador pierde su máscara no la vuelve a usar, y eso fue lo que yo hice”, destacó.

IDILIO COMBATIVO

A sus 65 años, Sandokan todavía no se ha desenamorado de la lucha. “Yo me levanto, hago las cosas que haya que hacer en la casa y me voy al gimnasio a entrenar”, cuenta su rutina, la que es apoyada por el físico que aún posee.

Su romance con este deporte empezó cuando Osvaldo Espinosa, conocido entonces solo por ese nombre, tenía 18 años. “Yo iba mucho a alzar pesas allá en calle 14, El Chorrillo. Un día fui al gimnasio Neco De La Guardia a ver la lucha por curiosidad. Vi las cosas que los tipos hacían y me fui entusiasmando, pero pensé que la sangre era mentira. Yo estaba cerca del ring y toqué la sangre y vi que era real. Ese momento me animó a comenzar a practicar”.

Desde ese momento, Espinosa comenzó a entrenar todos los días en ese mismo gimnasio, preparándose para el día que fuera a hacer la prueba. Según él mismo cuenta, no tuvo problemas para “agarrarle el ritmo” a la lucha, ya que poseía una extraordinaria agilidad. “Me gustaba mucho la gimnasia. Yo hacía cosas de agilidad por naturaleza”, dijo Espinosa, quien cuando adoptara el nombre de Sandokan vislumbraría a los fanáticos con la facilidad con la que caminaba sobre la tercera cuerda. “Yo ponía seis sillas en fila y me las saltaba, sin siquiera haber practicado”.

Cuando fue a hacer la prueba, el empresario a cargo del espectáculo, el cubano Alfredo Martínez, lo puso a entrenar con el luchador mexicano Carnicero Butcher. “Me dijo que me pusiera a romper caída, y quedaron sorprendidos por mi agilidad. A partir de allí fui todos los días a entrenar. Me gustaba mucho”.

“Un día, Alfredo [Martínez] me dijo que lucharía el próximo fin de semana y me puse muy contento”, recuerda Sandokan, quien ya había sido bautizado así por una recomendación del árbitro Carlos Barría. La idea del colegiado provenía de los libros del escritor italiano Emilio Salgari, quien había creado un personaje con este nombre, que era un príncipe de Borneo convertido en pirata tras haber sido despojado de su trono por los británicos.

El 21 de mayo de 1966, Sandokan subió por primera vez de forma oficial al cuadrilátero en un gimnasio Neco De La Guardia a su capacidad. Desde aquel momento, ya llevaba la máscara que luego perdería con Aníbal, de color rojo y dorado, la que había mandado a pedir a México por 2.50 dólares. “Me puse nervioso. El Tártaro me agarró y me revolcó. No hice nada y la gente me abucheó”, cuenta el luchador.

“Alfredo me dijo que eso le pasaba a todo el mundo y me volvió a poner en la cartelera contra Black Tommy, a quien le gané con dificultad. En la tercera semana peleé con Cronox I y fue la mejor de todas las luchas”, recuerda. “Repartí llaves y acrobacias y la gente me aplaudió. De ahí para adelante, Sandokan”.

UN ESTILO DE VIDA

El entusiasmo que le provocaba la lucha a Sandokan se reflejaba en el cuadrilátero. Sus saltos mortales, su fluidez con las llaves y su valentía engalanaban las carteleras de las diferentes veladas, las que eran apoyadas por el público que asistía rigurosamente a estos eventos.

“Los gimnasios siempre estaban llenos. Hubo un momento en el que a la lucha asistía más gente que al boxeo”, afirma Sandokan, quien explica que durante el período de auge de esta disciplina el precio era de un peso para los niños, un dólar butaca general y dos dólares el ringside.

“La mayoría de los luchadores tenía el mismo entusiasmo que yo: Chamaco Castro, Ventarrón, El Ídolo y otros. Había que hacer varios grupos para entrenar porque no cabíamos todos en el gimnasio”, cuenta.

Además, el luchador panameño cuenta que siempre hubo un gran ambiente entre los mismos deportistas. “Todos nos llevábamos bien. Eso sí, los técnicos no tenían relación amistosa con los rudos y viceversa. Solo nos saludábamos”.

Uno de los técnicos con los que mejor se llevó Sandokan fue con El Ídolo, a quien más que un amigo consideró un mentor, ya que fue uno de los que lo ayudó en sus primeros pasos en el mundo de la lucha. “El Ídolo fue compadre mío, padrino de uno de mis hijos”, cuenta el retirado luchador, padre de 12. “Fue un gran compañero y una gran persona”.

El Ídolo falleció en 2009 luego de una larga enfermedad. “Él y yo luchamos mucho como pareja. Solamente una vez luchamos en contra, y él me ganó”.

Sandokan también recuerda la importancia económica que le dio la lucha. Luego de trabajar por varios años en el restaurante Don Samy, Sandokan pasó a la Tabacalera Istmeña, donde se jubiló hace tres años. Sin embargo, la lucha siempre fue un ingreso adicional que lo pudo mantener estable. “Yo compré mi casa a costilla de la lucha”.

Según cuenta Sandokan, al principio le tocaban 20 dólares por combate, sin importar el resultado. Mientras fue subiendo de categoría y viajando al extranjero, su bolsa se fue incrementando. “Cuando uno luchaba por campeonato, también le tocaba un porcentaje de la entrada, y si uno llegaba a ser campeón cobraba más todavía. Hubo un momento cuando estaba cobrando entre 2 mil y 2 mil 500 dólares por pelea”.

LA ESPERADA REVANCHA

Si bien la carrera de Sandokan estuvo siempre marcada más por éxitos que por fracasos, la derrota ante Aníbal, en la que había perdido su querida máscara, todavía le molestaba.

“Yo siempre le pedía a Alfredo mi revancha, hasta que por fin me la dio en 1980. Máscara contra cabellera. Otra vez el Gimnasio Nuevo Panamá lleno”, dice Sandokan. “Yo me había preparado mucho, estaba como grasa de pato, un refrán popular en esa época”.

Con la expectativa del choque, los ánimos estaban exaltados. Nuevamente los dos luchadores dejaron todo en el cuadrilátero, hasta que llegó un momento en el que se desató la ira del público. “Yo estaba sangrando mucho. Los médicos me querían revisar, pero yo no me dejé y fui hacia donde Aníbal, a quien volví a sacar del ring por encima de la tercera cuerda. En la caída, él se lastimó la rodilla y el árbitro, en vez de declararme el ganador, prefirió parar la pelea”.

En ese instante, el público, que había esperado cuatro años por este enfrentamiento, volcó su enojo hacia las instalaciones, destruyendo sillas, baños y ventanas. “Destrozos en el gimnasio Nuevo Panamá”, señalaba un periódico publicado al día siguiente, el que conserva Sandokan en un maletín.

Sandokan explicó que tras ese resultado él continuó peleando, pero Aníbal, su acérrimo rival, pasó mucho tiempo recuperándose. En 1993, luego de la insistencia de Sandokan, Aníbal le volvió a conceder otra revancha.

Si bien la lucha ya no contaba en aquel momento con el auge que gozó en otros tiempos, el Gimnasio Nuevo Panamá se volvió a llenar.

Ambos atletas volvieron a dejar todo en esta arena, hasta que en un momento Sandokan aprovechó un movimiento de Aníbal para finalizar el pleito. “Él tenía una llave que usaba mucho y yo practiqué cómo revertirla. Cuando me la quiso hacer, lo volteé, le hice la cuenta y gané”, indica Sandokan, mientras muestra en su mano izquierda la máscara, de color azul, del mexicano.

EN CAÍDA

Tras el retiro del guerrero panameño, la lucha poco a poco comenzó a perder efervescencia, hasta el punto que se dejó de organizar este tipo de espectáculos.

“La decadencia de la lucha se dio por los malos empresarios. Ellos comenzaron a agarrar al que fuera para luchar. La gente dejó de ir a ver este mal nivel de lucha y los empresarios dejaron de organizar estos eventos”, explica Sandokan.

No obstante, hace unos años se creó la Lucha Xtrema Nacional (LXN), que se desarrolla una vez al mes en el gimnasio Yuyín Luzcando, casualmente donde entrena Sandokan, y que ha contado con un aceptable apoyo de los fanáticos. Incluso, uno de los 12 hijos del retirado luchador participa en este evento con el nombre de Sandokan Jr., y con una vestimenta parecida a la que usara su padre durante el período dorado de este deporte en Panamá.

A pesar de ello, Sandokan considera que el nivel de la LXN deja mucho que desear. “Hay un mal nivel de lucha en Panamá ahora mismo. No me gusta hablar de los luchadores de ahora, porque cada uno hace las cosas como le da la gana, pero la mayoría de los de la LXN no sabe ni meter una llave”, manifestó. “A mí me dan dos semanas para prepararme y yo me subo al cuadrilátero contra ellos. Y te apuesto que les gano”.

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