El fútbol por los libros

Basta asistir a una de esas convocatorias frecuentadas por pensadores y universitarios que se celebran en algún salón medio-clandestino del Casco Antiguo, para entonces sentir la rabia en el ambiente cuando se habla de fútbol. Consideran este deporte el único filtro capaz de licuar el furor de las luchas de clase porque desorienta al pueblo y su revolución, “compañero, compañero”.

Salvo algunos valientes, reticentes pero silenciosos, los demás llegan a tomar como propias las palabras de Jorge Luis Borges sobre el deporte rey. “El fútbol es popular porque la estupidez es popular. Once jugadores contra once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos”, sentenciaba el argentino.

Es suficiente ir a un campo de entrenamiento, en cualquier cancha panameña o del mundo, para advertir la ausencia total de un libro, de una historieta. Algo con letras. Igual sucede en los estadios. Y pese a ello Albert Camus se comprometió con la causa futbolera: “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y la obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.

Porque la literatura y el fútbol tienen más cosas en común de las que cree la gente. No están tan lejos. Entre ellos media un punto de encuentro de dos civilizaciones, al ser dos formas de una misma obsesión. La una ocurre en la mente y la otra en los pies. Al fútbol en su condición creadora y fanática, tan parecida a la disposición para el arte, Mario Vargas Llosa lo comparó con “una religión laica; antes las religiones solo convocaban esa especie de manifestación irracional, colectiva”.

En sus inicios periodísticos, Gabriel García Márquez fue al estadio a ver un partido de Junior contra Millonarios, del campeonato colombiano. García Márquez logró cohesionar el fútbol con la literatura por una vez y para siempre en su comentario titulado “El juramento”, publicado con ocasión del encuentro. En el texto supuso que “si los jugadores del Junior no hubieran sido ciertamente jugadores sino escritores, me parece que el maestro Heleno [Dafreitas, del Junior] habría sido un extraordinario autor de novelas policiacas. Berascochea habría sido, ni más ni menos, un autor fecundo, pero así hubiera escrito setecientos tomos, todos ellos habrían sido sobre la importancia de las cabezas de alfiler. Y qué gran crítico de arte habría sido Dos Santos cortándoles el paso a todos los escribidorcillos que pretendieran llegar a la portería de la inmortalidad”.

Solo un escritor pudo quitarle al fútbol su necesaria facultad de hacerle daño al rival. De un plumazo despojó a este deporte de su parte hermosa y definitiva, casi como si se hubiera propuesto esterilizar el sexo. Roberto Bolaño dijo: “A mí me pareció siempre más emocionante marcar un autogol que un gol. Un gol, salvo si uno se llama Pelé, es algo eminentemente vulgar y muy descortés con el arquero contrario, a quien no conoces y no te ha hecho nada. Mientras que un autogol es un gesto de independencia”.

Así que amigo lector, apreciada lectora: no sienta vergüenza si en este fin de semana en el que se celebra la Feria del Libro, usted prefiere quedarse en casa viendo fútbol. En últimas usted padece la misma manía de los escritores, que en su rutina cotidiana dejan el corazón.

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