Nos quedará Moscú

Jamaica no era pan comido. Más bien fue una sopa de alacranes.

Su “chef”, el técnico alemán Winfried Schaefer, asumió la dirección técnica de Jamaica hace pocas semanas y entendió que tenía poco tiempo para lograr el milagro de la clasificación. Renovó parte de la nómina de jugadores, y estamos seguros de que les trabajó el ego a sus muchachos sin hablarles de su inferioridad futbolística.

Consciente de la imposibilidad de ordenar tácticamente a su equipo, de darle sentido colectivo, Schaefer decidió echar mano de una de sus recetas preferidas, que no es otra que el juego fuerte, a veces atemorizante.

La violencia de Jamaica bajo la mano de Schaefer se apreció en el partido de visita contra Panamá, sobre todo en el primer tiempo. Entradas dignas de expulsión fueron obviadas por el árbitro guatemalteco Walter López. Algunos jugadores panameños, por razones comprensibles, prefirieron salvar su integridad física ante el matoneo doloso de hombres como Rodolph Austin, el mediocampista jamaiquino.

A favor de Jamaica estuvo la suerte. La lluvia torrencial dejó la cancha del Rommel Fernández en pésimas condiciones y en detrimento del juego virtuoso del local. Y sin embargo Panamá buscó su gol, con un palo incluido, pero al final terminó jugando un partido ajeno.

Y nunca fueron más premonitorias las palabras de Julio Dely Valdés sobre Schaefer antes del encuentro: “Me pondré en la piel del entrenador de Jamaica”.

Sigue Honduras esta noche. Es un seleccionado poderoso, con jugadores que estuvieron en el pasado Mundial de Sudáfrica, fortalecido tras haber eliminado a España de los Juegos Olímpicos de Londres y afianzado por la derrota propinada a México en su casa. Sí, es un gran equipo. Y por eso mismo Panamá tiene ante sí una cita a la altura de su seleccionado actual, integrado por un puñado de panameños tocados por el espíritu de la gloria.

Porque a la larga la apuesta de Dely Valdés ha sido la de empalmar en un mismo equipo la madurez de Jaime Penedo y de Blas Pérez con la picaresca de Alberto Quintero y de Gabriel Torres. También supo neutralizar el fogaje de Román Torres para convertirlo en un volante todo pulmón, todo coraje. Pero el mayor ejemplo de la sapiencia táctica de Dely Valdés fue precisamente el partido contra Honduras del pasado 26 de marzo en el Rommel Fernández. En el primer tiempo los hondureños adormilaron a Panamá. En el segundo aparecieron la jerarquía local, los goles, la suficiencia con la que de seguro ganaremos esta noche.

De lo contrario habrá que pensar en 2018, en el Mundial de Rusia. Siempre nos quedará Moscú...

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