PLANO URBANO

PLANO URBANO: Tres visitas a Cuba en diferentes escenarios

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PLANO URBANO: Tres visitas a Cuba en diferentes escenarios

Rodrigo Mejía-Andrión

OPINIÓN

Visité Cuba en tres épocas determinantes tras su independencia en 1912. La primera en 1955, cuando era nación de vida cortesana en donde el placer personal prevalecía sobre los demás criterios. Gobernaba el dictador Fulgencio Batista.

La segunda vez, en 1986, con presencia multitudinaria de rusos y nacionales de países satélites que cogobernaban con los hermanos Castro. Época de envíos de “misiones de ayuda y enseñanzas” a los países de América para expandir sus políticas.

Esta tercera ocasión en nuestros días patrios y momentos en que Cuba vive una transición iniciada el año pasado, en donde se refleja la esperanza de que comience la época dorada que les permita olvidar las privaciones pasadas.

En aquel año de 1955, unos 50 ingenieros y arquitectos visitamos Cuba por invitación de ingenieros cubanos. Conocimos el lujoso esplendor de los cabarets, bares, casinos, salones de baile y centros de diversión para todos los gustos y vicios. Recorrimos construcciones como un edificio de 40 pisos, el edificio más alto construido con hormigón armado. Visitamos una fábrica de acero y una de ron. Admiramos ostentosas mansiones de millonarios y disfrutamos lujosos hoteles en playa Varadero.

Volví en 1986 para la preparación del Congreso Panamericano de Arquitectos que despertaba grandes expectativas. El delegado cubano manejó todo como acciones oficiales “mostrándonos las ventajas del sistema”. Esta vez fui con mi esposa y mientras participaba de reuniones y visitas técnicas, ella entraba en toda fila que viera para averiguar de qué se trataba. Siempre eran para comprar un producto o aparato, para lo cual debía mostrar su carnet de servicio comunitario o corte de caña, incluso para comprar helados. Estábamos alojados en el Hotel Nacional, sede de las arrogantes delegaciones rusas y de países satélites que jamás cedían el paso. Era el tiempo de holgura para los cubanos que no pasaban trabajos. En cambio, cuando cayó la Unión Soviética, la hambruna azotó la isla brutalmente, teniendo que comer mezclas horrorosas que los niños no aceptaban tragar.

Este mes de la patria he regresado a la isla con las esperanzas de que el entendimiento del Gobierno cubano con el de Estados Unidos signifique nuevas oportunidades para el sufrido pueblo isleño. Por recomendaciones de unos buenos amigos cubanos fuimos atendidos por un destacado director de teatro y actor, su esposa y por otra generosa pareja que también nos ofrecieron cariño y esmero. Todos ellos contribuyeron a que nuestra estadía fuera altamente placentera.

El amigo actor nos sorprendió esa primera noche con el maravilloso regalo de las entradas para el famoso ballet del principado de Mónaco en la obra La Cenicienta, el cual fue presidido por la princesa Carolina. La presentación tuvo lugar en el salón Avellaneda del Teatro Nacional, con mil 200 puestos, totalmente ocupados por un culto público que aplaudió por largos minutos con entusiasmo y vigor.

Otra noche escuchamos la ópera Dido y Eneas; voces impecables de barítonos y sopranos acompañados de un majestuoso coro. Esta ópera tuvo como escenario la Basílica Menor del Convento San Francisco de Asís, bien conservada iglesia y amplios jardines. Igualmente disfrutamos de una noche de jazz y de música bailable de un organista que ejecutaba con habilidad la alegre música latinoamericana, incluyendo la panameña.

Visitamos excelentes restaurantes, uno en particular, Ziácara, bar restaurante especialmente acogedor por su carácter familiar e informal. Con el amigo actor y su esposa disfrutamos una noche de luna llena que alegraba un pianista recreándonos con linda música caribeña. Salimos para playa Varadero alojándonos en un hotel hermoso, con facilidades para personas de toda edad y condición, bien atendidos por todo el personal de servicio. Nos sorprendió un salón de lujosos espectáculos con destacadas presentaciones en donde participaban numerosos jóvenes empleados del hotel.

Nuestro viaje a la isla llenó todas nuestras mayores expectativas. La isla es bella, rodeada del rumoroso mar que acaricia preciosos rincones, cientos de kilómetros de blancas playas, hermosos cayos y bahías que los habitantes protegen con amor y orgullo. Cuba tiene 3 veces la población de Panamá y 10 veces nuestra cultura. El pueblo es cordial, amistoso, acogedor, alegre y solidario. La mayoría de su población acepta su situación agradeciendo al Gobierno la educación recibida desde niños hasta la universidad y todo el cuidado de salud brindado, además de la variedad de eventos de cultura avanzada que los llena de orgullo.

Lamentablemente los cubanos solo pueden ver como canal exterior a Telesur, que emiten los cubanos desde Venezuela. Cuba se merece una democracia liberadora.

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