PLANO URBANO

PLANO URBANO: Diablos rojos ´versus´ Metro Bus

OPINIÓN

Vi en la televisión a varias damas quejarse del próximo cambio de sus amados diablos rojos, por los metrobuses que los reemplazarán más rápido que lo que le toma persignarse a un cura ñato. Ellas dicen que “esos” buses ya no las recogerán donde ellas quieren, sino en una parada lejos, hacia donde tendrán que desplazarse. Tampoco las dejarán frente a su casa o en la tienda del chinito, sino lejos. No están de acuerdo con el cambio, prefieren lo de siempre. No importa que con tantas paradas, una en cada esquina, el autobús demore media hora más. Los transportistas tampoco están de acuerdo con eso de salir. Ese grupo de propietarios, dueños de la grandiosa multitud de destartalados, pero salsosos, y guapachosos vehículos, que ponían en manos de acuciosos palancas que, aunque cargara con uno que otro muerto, les entregaban cumplidamente la “cuota” del día.

Los transportistas, alegaban que su servicio no era malo, sino al contrario, un servicio “personalizado” puesto que te recogían donde tú querías y te dejaban donde “ellos” quisieran. Entiendo la nostalgia que ellas, las señoras usuarias, sentirán al ver pasar los últimos diablos rojos, tan pintorescos, tan panameños, con tanta salsa a todo volumen, con los inolvidables rostros y nombres de las lindas chicas del barrio pintados alrededor de toda la carrocería. Deberíamos hacerles un monumento en alguna rotonda, donde sobre una base alta simplemente colocáramos un colorido autobús, que nos recordaría para siempre ese inolvidable transporte, que luego le mostraríamos a hijos, nietos, amigos y turistas, quienes posarían encantados al lado de tan novedoso vehículo, ahora monumento. También nuestros taxis merecen un reconocimiento especial, algo así como un monumento a la desfachatez. Intentemos hacer una comparación entre un taxi panameño y un diablo rojo. El “uno”, un vehículo supuestamente individual, pero en realidad colectivo. Al contrario del diablo rojo, este conductor dice que “no va”, porque él tiene su propia ruta, que en algunos casos coincide con la del aspirante a pasajero. Sabe que si decide ir para Mañanitas, por ejemplo, en el camino podrá ir recogiendo a muchos otros pasajeros que lleven esa dirección. Es la ley del menor esfuerzo. Su manejo es desordenado y parará en mitad de la calle para recoger a otro “necesitado” o comprarse un raspado y comenzar a disfrutarlo. El diablo rojo tampoco se siente obligado a servir en señalada ruta. Si su “nave” está muy vacía, de repente dice “lo siento” aquí me quedo y entonces da la vuelta, toma una calle cualquiera, y regresa a buscar al grupo de personas que alcanzó a ver en la acera del frente, agrupadas en espera de un autobús.

El secretario gritará el nombre de la ruta en demanda y pronto se llenará la nave, dispuesta a servir de transportista excepcional. Así, de repente vemos un autobús parado en una esquina privilegiada, esperando a un grupo de estudiantes, que ese día han decidido escaparse de clases, para tomar un rumbo más “interesante”.

Panamá es el único país que se cree adelantado y que llama taxis a unas chatarras ambulantes, chocadas, sucias, con el maletero amarrado con un cordel porque ya no cierra, sin placas, con un guardafangos color negro, porque el del auto lo perdió en el choque, que no tiene aire acondicionado, que su chofer no tiene uniforme, que la puerta no cierra del todo y que quien lo maneja, mantiene una radio donde a gran volumen suena una fea salsa, sin preguntarle a nadie si la música les molesta. Ese vehículo por supuesto carece de un adminículo muy moderno y muy justo, llamado taxímetro, que va marcando el costo del viaje, según avance el vehículo o cuanto tiempo esté parado. Esa es otra tarea pendiente que bien pudiera impulsar nuestro activo Presidente que una vez paró en firme al grupo de taxistas, les dio 30 días para pintar los taxis de color amarillo o no saldrían más a la calle. Al mes todo estaban pintados. Así, sí funcionaría.

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