En la intimidad de un recinto comercial

La Zona Libre es un desierto

Se sinceran los empresarios. Hablan de contrabando, créditos de alto riesgo y enormes deudas bancarias. Sí, hay zozobra.

Hace tres años, en un día como el pasado martes a las 3:30 de la tarde, era imposible encontrar un parking en la Zona Libre de Colón (ZLC), pero esta vez no fue necesario dar tantas vueltas para hallar un espacio disponible.

La ZLC, supuestamente la plataforma de reexportación más importante del hemisferio, está desolada. Queda poco o casi nada de los días de abundantes compradores, con maletines al hombro cargados de dinero en efectivo.

Sale al paso un intenso olor a humo que la vista confirma. Allí, en medio de las decenas de cuadras del emporio comercial, está el edificio que ocupa una manzana y que el pasado miércoles 2 de octubre quedó calcinado por las llamas. Todavía se siente el olor a plástico y metal quemado.

Se suponía que octubre sería el momento cumbre. Otrora, los compradores de Colombia, Venezuela y Centroamérica atestaban las calles y zaguanes para finiquitar negocios de última hora, que les permitían llenar sus tiendas de mercancía nueva durante las fiestas de fin de año.

Así era el ritual. Llegar, negociar con los viejos suplidores apostados en la ZLC y esperar a que el contenedor lleno de productos fuera enviado a sus países de origen. La operación es cada vez menos frecuente.

¿Por qué tantas desgracias?, fue la pregunta de rigor para tres hombres que tienen entre 25 y 30 años de estar en las entrañas de la zona franca. Ellos fueron mucho más lejos que las cifras oficiales y los discursos prefabricados. Sus palabras lo dicen todo.

*Abdul empieza tajante. “He perdido varios millones de dólares. De 32 empleados, ahora tengo 18... Y esto ha pasado solo este año y no parará”, aunque advierte de que desde hace dos enfrenta en la primera línea de fuego la fuerte devaluación del bolívar y el poco acceso a dólares que tienen sus compradores venezolanos.

En Venezuela hay un sistema de control de cambios que impide el libre acceso a las divisas y obliga a canalizar esas peticiones a través de varios mecanismos.

Al ser Venezuela uno de los principales clientes de la ZLC, todos los empresarios apostados en Colón resienten lo que pasa a kilómetros de distancia.

El asunto se agrava porque los comerciantes venezolanos no solo tienen menos dinero cash para comprar, sino que la poca mercancía que adquieren es a través de créditos que se han ido abultando, hasta caer en el hoyo negro de las cuentas incobrables.

Abdul vende mayormente zapatos de bajo costo y habla del crédito como el “cáncer” de la zona franca. “Desde hace 27 años estoy aquí y todos damos mercancía fiada. Y el que no lo hace, entonces no vende. Los compradores se van a la tienda de al lado, y listo... pierdes al cliente”.

Cuando profundiza en los detalles del negocio, todo queda más claro. El problema no es el crédito per se, es la forma en la que se pacta, si a ese trato se le puede llamar así, pacto.

Nadie firma una promesa de pago o un contrato. Por tradición, los comerciantes que lideran medianas y pequeñas empresas cierran sus transacciones con un apretón de manos y la palabra empeñada. Así lo hicieron sus abuelos, sus padres y ahora la tercera generación.

El problema es que cuando la situación económica de sus clientes de “confianza” se tensa, no les queda más remedio que aplazar el pago de los productos fiados, y en estos casos no hay forma de cobrar. Solo de seguir confiando.

Cerrar la empresa no es una opción. “Si los clientes llegan y no ven a nadie se irán con el poco dinero que tienen para otro lado y nunca te pagarán”, precisó.

La estrategia de muchos es seguir llenando sus salas de exhibición con mercancía atractiva para los compradores. Van abonando pagos parciales a sus deudas y comprando más mercancía. El círculo vicioso nuevamente completa el ciclo.

El sistema es perverso. “No tenemos de otra. El crédito para nosotros es como la droga para los adictos”, dijo el empresario.

La situación no es ajena para los reexportadores de la ZLC. En 2008 pasaron por una fuerte crisis económica. La gran diferencia, advierten, es la unión simultánea de variables para hacer una tormenta perfecta.

La zona comercial colonense se ha puesto en jaque con las decisiones del Gobierno venezolano de devaluar su moneda para favorecer a sus exportaciones; y del colombiano, que aplica un sobrearancel destinado a cuidar un sector específico de la industria textil y del calzado.

Y como dicen, “al caído caerle”. Las reformas fiscales panameñas de 2010 cargaron más impuestos a la actividad de la ZLC, y las navieras, por su parte, han ido aumentando sus costos de operación.

*Jaser habla cansado. Saca un libro de contabilidad, de esos que no se ven desde que se masificaron las computadoras, para refrescar su memoria respecto a lo mal que anda el negocio.

También saca un listado de transacciones bancarias, y en todos los días aparece sobregirado.

El crédito es la mejor ventaja de la zona franca y su peor desgracia, dice Jaser.

“Si no le damos la mercancía para pagar poco a poco, qué sentido tendría venir a Panamá. Los compradores se irían directo a China”.

A juicio suyo, poco tiempo le queda al negocio, tal cual se ha trabajado desde siempre.

Él sabe de decenas de empresarios que tienen un showroom, pero en la práctica los artículos no están pasando por Colón. “ Los piden directamente a China y desde allá son enviados a Centroamérica o Venezuela. Se ahorran los gastos de personal y los pagos a los puertos”.

Y también conoce por lo menos a 12 empresarios a quienes ya no considera comerciantes, sino inversionistas. Financian directamente a sus clientes con la compra de productos que llegan sin escala a sus países de origen.

Otros mantienen sus operaciones en la ZLC, con la variante de abrir tiendas distribuidoras en países que originalmente se atendían desde Panamá.

“Ellos probablemente ganen dinero, pero el Gobierno no se da cuenta de que con tanto aumento en los gastos, lo que hace es cerrar las operaciones de empresas que generan miles de empleos”.

*Jair es menos nostálgico y más directo. “Peleamos con los sobrearanceles que nos ponen otros países y también con la carga de más impuestos que nos ha fijado este Gobierno. Es como tener a un enemigo interno”.

Parte del problema, reconoce Jair, es que pese a que ellos sí declaran sus transacciones a las autoridades y entregan reportes a la Unidad de Análisis Financiero, muchos clientes son contrabandistas sofisticados que introducen mercancía a sus países sin pagar impuestos.

Cree que históricamente todo se ha manejado con informalidad en la ZLC: créditos sin contrato y pagos en efectivo. Y sin embargo, los actuales controles del entorno económico mundial impiden que se sigan haciendo negocios como hasta ahora.

Admite que a los bancos les deben millones de dólares en préstamos, muchos hipotecan sus casas o bodegas, pero se lamenta: “¿Qué banco querrá quedarse con una empresa sin saber qué hacer con esos activos y mucho menos a quién cobrarle? A ellos también les conviene que sigamos de pie”, dijo.

*(Tres empresarios accedieron a dar entrevistas con el compromiso de que sus nombres no fueran revelados).

Cifras reveladoras

1%

Porcentaje de pérdidas por estafa, según los cálculos de los empresarios panameños.

7%

Baja en el movimiento comercial de enero a septiembre.

10%

Decrecimiento de las importaciones.

$800

Millones adeudan los empresarios venezolanos a sus pares en la zona franca.

30 mil

Cantidad de empleos que generan las 3 mil empresas en las mil 65 hectáreas del centro multimodal.

$1,500

Millones podría perder el recinto comercial al cierre de 2013.

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