´NINIS´, UN FENÓMENO EN EXPANSIÓN

La cara oculta de la bonanza

Los jóvenes que ni estudian ni trabajan encuentran en las pandillas su manera de sustento.
Especialistas en empleo juvenil y los ‘ninis’ coinciden en que los entornos familiares problemáticos suelen ser el primer factor que lleva a los niños o niñas a delinquir o prostituirse. LA PRENSA/Jorge Fernández. Especialistas en empleo juvenil y los ‘ninis’ coinciden en que los entornos familiares problemáticos suelen ser el primer factor que lleva a los niños o niñas a delinquir o prostituirse. LA PRENSA/Jorge Fernández.
Especialistas en empleo juvenil y los ‘ninis’ coinciden en que los entornos familiares problemáticos suelen ser el primer factor que lleva a los niños o niñas a delinquir o prostituirse. LA PRENSA/Jorge Fernández.

A la sombra de los modernos e imponentes rascacielos de la capital panameña se esconde una realidad de la que mucho se habla y poco se sabe. O al menos el trasfondo de este fenómeno que sigue en expansión y que afecta a un creciente sector de la población.

Como si de un producto se tratase –aunque de hecho sí son producto de años de desatención familiar y estatal–, los jóvenes en edades entre 15 y 29 años que ni estudian ni trabajan llevan en la frente la etiqueta de “ninis”. Sobrenombre que para el empleador formal podría ser una señal de complicación, y para la sociedad, de peligro o inadaptación.

En Panamá, 210 mil jóvenes son ´ninis´. Pero, ¿qué hay detrás de las cifras, qué sucede en las vidas de estos jóvenes que en ocasiones encuentran en las pandillas o en la prostitución su forma de vida y el sustento para sus hijos?

Este fenómeno se da, sobre todo, en barrios de estrato social bajo, donde el crecimiento económico no llega; también existe otra clase de “ninis” en las clases media y alta, pero esos jóvenes no necesitan de la “autoridad” que les pueda dar un arma, gracias al sustento de sus padres.

hablan ellos

A muy pocos kilómetros del corazón de la capital se encuentra el corregimiento Las Mañanitas, donde viven casi 40 mil personas. Allí, Gisselle, de 31 años, ha vivido casi toda su vida con su esposo y sus tres hijas. A los 15 años nació su primogénita; fue entonces cuando dejó la escuela mientras cursaba el primer ciclo.

Consciente de que no cuenta con el respaldo académico para conseguir un buen empleo, trabajaba “por temporada” limpiando oficinas o casas de familia. Un día valoró que el costo-beneficio no la favorecía, y decidió concentrar sus esfuerzos en la crianza de su primera hija.

En ese momento, formaba parte de la realidad que revela el Instituto Nacional de Estadística y Censo (INEC) de la Contraloría, que indica que las madres de uno de cada cinco niños que nacen en Panamá tienen 19 años o menos.

Por su barrio, controlado por la pandilla “Calor Calor”, según lo establece un letrero pintado con aerosol en un transformador de electricidad, frente a la casa de Gisselle, abundan los jóvenes que deciden dejar la escuela para delinquir.

De esta forma, los niños pierden el sentido de esfuerzo-recompensa que se aprende en el ámbito escolar. Ellos son producto de entornos familiares problemáticos, donde la enseñanza y el comportamiento de los padres son factores clave en sus desarrollos.

“El que se quiere meter se mete porque de veras viene con eso, no quiere saber ni de escuela ni de trabajar ni de nada. Eso es según cómo uno eduque a sus hijos”, entiende Gisselle desde el templo Shekinah, del pastor Omar Tuñón.

Él llegó a Las Mañanitas desde Pan de Azúcar, distrito de San Miguelito, cuando tenía 11 años. Para entonces, ya sabía armar y desarmar una pistola 9 milímetros o vender una bolsa de cocaína o marihuana con la pericia de un adulto.

“Las pandillas no van a bajar porque se reprima a los jóvenes; hay que darles oportunidades, y hacerles entender que ellos valen, que sirven para más que ser un delincuente”, analiza Tuñón, ahora con 39 años y quien desde los 18 tiene una bala en su abdomen, fruto de un enfrentamiento entre pandillas.

Cuenta que a los 10 años transportaba bolsas de marihuana en sus partes íntimas, que luego entregaba a su tía. Su madre, en tanto, era mulera –persona que transporta la mercancía–.

“Lo que aprendes en casa lo pones en práctica en la calle. Al final, uno es lo que te enseñaron, lo que viste. El entorno familiar es la clave para que nuestros jóvenes no se pierdan y se metan en una vida delictiva”, señala con experiencia.

Ya con mayoría de edad, y años después de haber formado la pandilla “Vaticano”, Tuñón encontró en la religión una salida de la vida delictiva. Desde entonces, y mediante la predicación, busca ayudar a los jóvenes a que cambien su mentalidad y logren reinsertarse en la sociedad.

Uno de los casos a los que se refiere Tuñón, además del suyo propio, es el de Daniel. A sus 17 años vive con su madre en el corregimiento de Santa Ana, distrito de Panamá, y desde los 13 años, cuando dejó la escuela, forma parte de una pandilla “para conseguir lo mío”.

“Ya no quiero estar agarrando pistola, quiero salirme de eso, quiero trabajar”, dice, y confiesa que ha pensado en retomar los estudios, pero prefiere conseguir un trabajo para dejar de pasar hambre.

HABLAN LOS PROFESIONALES

Algunas de las respuestas más comunes que reciben estos jóvenes cuando buscan trabajo son: “Por ahí te llamo” o “ya casi, pero falta otra entrevista”. La llamada pocas veces llega.

Su falta de preparación académica reduce sus posibilidades de encontrar empleos, como el caso de Gisselle, por lo que muchas veces las empresas prefieren contratar mano de obra calificada que llega del extranjero o panameños con más estudios y experiencia.

Los jóvenes (15-29 años) son el 65% de quienes buscan trabajo en Panamá, pero solo obtienen 1 de cada 28 nuevos empleos sostenibles. En contraste, 1 de cada 4 de ellos no trabaja ni estudia, y representan el 54% de la población penitenciaria del país.

Estos números explican por qué a pesar del crecimiento económico que ha experimentado el país en los últimos años, el fenómeno de los “ninis” aumenta.

René Quevedo, consultor en reinserción y autogestión sostenible, explicó que “en el período 2007-2012, cuando se agregaron 264 mil 166 nuevos empleos a la economía (19% de aumento), el número de pandilleros activos aumentó de mil 385 a 7 mil 500, un incremento del 441%”.

Por su parte, Zuleika de Plazaola, directora del Consejo del Sector Privado para la Asistencia Educacional (Cospae), dice que la tarea de motivar a estos jóvenes para que dejen de delinquir y confíen en que formándose y trabajando pueden lograr lo que pretenden no es sencilla. “Hay una labor de sensibilización muy fuerte que hacer. Hay que venderle a los jóvenes una visión de futuro más estable, más sana y segura, y articular servicios que les permita acceder a ello”, apunta.

Igual que quienes viven en estas condiciones día a día, los especialistas entienden que no hay que abordar solo al niño, sino a toda su familia. “Muchas veces este puede ser el principal aliciente para cambiar el rumbo”, aduce.

La formación dual o alternada es una opción que están aplicando varios países para enfrentar los altos índices de desempleo juvenil, como los que registra Panamá. “Este modelo de formación vincula al joven desde el inicio de la formación con práctica en una empresa; ello hace el proceso más atrayente para el joven y le permite generar recursos durante su formación, aportados por la empresa, lo cual incrementa sus posibilidades de concluir su formación”, indica la directiva.

Otro residente de Las Mañanitas, que busca trabajo desde hace tres meses, es Juan (18 años), cuya diferencia es que sí está estudiando y está próximo a ingresar a la universidad.

Sin embargo, sus aspiraciones de convertirse en ingeniero de sistemas podrían truncarse si no consigue un empleo que le permita continuar estudiando, ante la imposibilidad de su padre de correr con el gasto. Aunque en su frente no lleva la etiqueta de “nini”, si en el futuro cercano no consigue un empleo podría terminar siendo parte de este fenómeno que los rascacielos no dejan ver.

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