PLANO URBANO

Más recuerdos de la universidad

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Rodrigo Mejía-Andrión

OPINIÓN.

Sufro sueños enredados, como si no quisiera dejar atrás mi época estudiantil; combino sueños donde aún soy estudiante, pero estoy entre un grupo de colegas que discute problemas del país, lo que me hace sentir incómodo por la molesta sensación de no creerme graduado. Tengo otros sueños, en que aún soy estudiante y estoy con mis compañeros y mis profesores, donde todos charlamos como amigos.

No distingo los rostros de los profesores, pero sé que uno de ellos es mi profesor Ricardo J. Bermúdez. En cambio, nunca sueño sobre los 20 años en que fui profesor de mi querida facultad.

Al profesor Ricardo J. Bermúdez yo le tenía gran respeto y nunca le hubiera hablado de cosas familiares, si no hubiera sido por mi vieja amistad con el entonces estudiante de derecho Rubén Darío Moncada Luna, un excelente poeta, quien me contó que mi profesor de primer año también era poeta, pero de otro estilo. Así me sentí confiado a comentarle al profesor que mi padre también era poeta y colombiano, quien al llegar a Panamá a esperar un barco que lo llevara a París para terminar sus estudios, ya había publicado un libro de versos y ganado a los 14 años un concurso nacional de poesía, organizado por estudiantes del Colegio Mayor del Rosario de Bogotá.

Estos estudiantes decidieron celebrar un concurso de poesía sobre “el sapo”, difícil tema derivado de la explicación del profesor de zoología, quien en su clase afirmó que: “Todos los animales son hermosos”, y alguien preguntó: ¿También el sapo? Y el profesor pronto añadió: “Sí, para la sapa”.

El maestro Bermúdez se interesó en conocer esos versos y le llevé, además, otra poesía que siempre me había parecido hermosa y destacada sobre el viento.

A continuación me complace reproducir ambas poesías, que espero gusten a los lectores:

EL ALMA DEL PANTANO

Música del cortijo, flor viva de la charca,

su croa monorrítmica da en la noche el batracio,

que se aumenta y difunde por el húmedo espacio

y la huerta y el hondo valle tétrico abarca.

Su croar rompe el sueño de la quieta comarca

la oscuridad perfora sus ojos de topacio

y para hacerle móvil y acústico el palacio,

sobre el pantano en éxtasis el saucedal se enarca.

Se estremece en el llano la dormida laguna

con las notas dolientes. Un rayito de luna

que visita las charcas el cantar ronco loa.

El arroyo y el monte se repliegan callados;

la hondonada medita; se silencian los prados

y el batracio su rezo monosílabo croa…

La otra poesía favorita mía, llevada al maestro, fue:

EL VIENTO

¿De dónde viene el viento que mi jardín azota,

y en silbadoras ráfagas adonde sigue el viento

que tornase unas veces en huracán violento

o es aura leve apenas que en el espacio flota?

En hilos impalpables de la montaña brota,

en la floresta virgen es amoroso aliento,

murmullo entre los árboles y es como el pensamiento,

que sin pararse nunca va hasta la cima ignota.

Es dulce si susurra, si juguetea es blando

y es hosco cuando ruge, pero muy triste cuando

conmueve el hondo valle con quejumbroso acento.

Viajero sin reposo, sin cuna y sin destino, ¿Qué ruta vio sus pasos, cuándo hallará el camino,

de dónde el viento viene y adónde sigue el viento?

En ese mi primer año de arquitectura, como aún no se habían inaugurado los edificios de la Universidad de Panamá, dábamos las clases por la noche en las aulas del Instituto Nacional. Allí, en vez de un timbre para anunciar inicio y fin de clases, sonaba una fuerte campana.

En los primeros meses me gustó una bonita chiquilla llamada Enelda, quien un día me pidió que le escribiera algo en un álbum que ella llevaba y yo decidí escribirle un acróstico y empecé a hacerlo creyendo que yo también podría escribir versos, pero no me salía muy bien, así que le pedí ayuda a Moncada Luna, con quien pude terminarlo y así salió Enelda:

Ensueños dulces de amores

Nacieron en dulce calma

En tus ojos soñadores

Luz encontré para mi alma

Dame tu amor vida mía

Antes de que toquen la campana.

Por supuesto, ella me pidió con insistencia que cambiara el final, pero me mantuve firme, pues así lo había sentido. Tras esa experiencia concluí que tendría mayor éxito como arquitecto que como poeta. En mi quinto año ella reapareció, pero mi corazón ya era ajeno.

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