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Tramitología

La vida se va en la Autoridad del Tránsito y Transporte Terrestre

Para poder ser el propietario del vehículo primero hay que hacer un trámite fácil, en teoría, pero cuya ruta es pedregosa y enlodada. Aquí, la crónica de un día en la Autoridad del Tránsito y Transporte Terrestre.

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La larga espera suele generar frustración entre los usuarios de la entidad pública. La larga espera suele generar frustración entre los usuarios de la entidad pública.
La larga espera suele generar frustración entre los usuarios de la entidad pública. Archivo - LP

El infierno está repleto de funcionarios de la Autoridad del Tránsito y Transporte Terrestre (ATTT). El peor castigo, sin dudas, sería una eternidad en llamas en espera de realizar algún trámite, el que sea, relativo a un automóvil.

No solo se trata de la espera, sino del trato, de la frustración, de la falta de sillas, de la poca explicación. En fin, de la experiencia completa.

Terminé de pagar el préstamo de mi auto. Alegría por doquier por tener algo propio.

El asunto es que para poder ser el propietario del vehículo primero hay que hacer un trámite fácil, en teoría, pero cuya ruta es pedregosa y enlodada.

Primero fui al Hatillo a hacer los trámites municipales. Nada del otro mundo. Pagué $15 por la tarjeta de traspaso y otros $20 por la liberación de hipoteca. En 30 minutos estaba listo allí.

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Ante de salir, me advirtieron que debía llevar tal y tal papel a la ATTT para cambiar el Registro Único Vehicular a mi nombre. Decidí hacerlo al día siguiente, pues ya debía volver a la oficina.

Llegué a las 11:00 a.m. La fila llegaba hasta la avenida Justo Arosemena. Afuera había un hombre que no revisaba ningún tipo de documento, sino que gritaba ocasionalmente: “por favor entren y revisen los requisitos para el trámite que vengan a hacer”. Entré, leí y tenía todo. Pan comido.

Dos horas después de hacer fila afuera, por fin entré a la oficina. Había unas 15 sillas. Cada 10 minutos una de las cuatro personas que atendía gritaba que revisaran los requisitos en la pared. Cada cinco minutos le gritaban a alguien que no se podía utilizar el celular. Es decir, no puedo saber de lo que pasa en el mundo exterior durante las dos horas que estoy en esa oficina del demonio.

Todos tenían rostro de frustración. En parte de esperar horas y horas por ser atendido, de saber que ya se les había acabado el permiso del trabajo, pero más que nada de ver la forma como atendían allí adentro. Dos de los puestos estaban prácticamente dedicados a atender a unos hombres que mostraban trámite tras trámite sin parar. Los famosos tramitadores. Los conocían, los saludaban, les sonreían. Los otros dos puestos tampoco es que atendían con diligencia. Llamaban a un número, pero si de repente les aparecía un amigo, o un tramitador conocido, “venga que a usted lo atiendo primero”.

Hubo un momento en el que los números eran llamados con rapidez. No porque resolvieran, sino porque les faltaba un documento o un sello y debían buscarlo y hacer todo -todo- de nuevo. Le pasó eso a un hombre de unos 40 años. Fue a buscar la copia que le faltaba y regresó directo al que lo había atendido unos minutos antes. “Tiene que sacar su número”, le dijo el hombre detrás del vidrio.

“Pero si he visto que han venido otros, que tú saludas y les resuelves este mismo problema”, le ripostó. “Saque su número”, le insistió el funcionario, empoderado por el ínfimo poder que el cargo le otorga. “Tú eres un payaso”, le gritó el cuarentón frustrado. “Salgo a las 4:00 p.m”, le dijo el funcionario, y siguió atendiendo, impávido.

Cuando por fin llegó mi turno, tres horas después, me faltaba una copia de mi cédula y un sello municipal. Tuve que volver al día siguiente a ver el mismo cuadro, con los mismos protagonistas y las mismas escenas.

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