Dos grandes necesidades

La primera universidad de Panamá fue fundada por los jesuitas en 1749, pero finalizó sus labores en 1787 cuando el rey Carlos III de España, expulsó a todos los religiosos de sus territorios

Se trata de una muy exclusiva fotografía tomada en 1895, cuando las calles de esta capital, como bien se puede observar, aún ni sospechaban que algún día llegara el avance que se conoce como pavimentación, y que aún cuando no ha podido solucionar todos los problemas aún existentes, mejoró notablemente la situación. Pero la calle cubierta de tierra no es el principal atractivo que hoy les presento aquí. Las ruinas que también se pueden apreciar tienen mucho, pero muchísimo interés, pues pertenecen a lo que fue la primera universidad que funcionó en el Istmo de Panamá y que no son otras que las del edificio que alojó no solo a la comunidad de los jesuitas, sino a la Pontificia Universidad de San Javier, cuya fundación fue ordenada mediante una Real Cédula por el rey Fernando VI y expedida el 3 de junio de 1749. Hernando de Cavera fue su primer rector. La mencionada universidad fue reconocida el 24 de enero de 1750. Un obispo de Panamá nacido aquí y cuyo nombre es el de Francisco Javier de Luna y Castro (1695 - 1777) logró construir, patrocinar y mantener a lo que fue nuestra primera universidad, y quien no contento con ese ya formidable esfuerzo, la levantó a base de argamasa (mezcla de cal, arena y agua) con la cual se levantaron tantas edificaciones años atrás. En 1787 la universidad finalizó sus labores, ya que el rey Carlos III de España expulsó a todos los religiosos de sus territorios y dependencias en otras colonias, como lo era Panamá. Qué hermoso e interesante sería buscar —si es que aún se encuentran— los planos de tan ilustre edificio, para ver si se puede restaurar. Ese sí que es también un monumento digno de poderlo exhibir. Y que no vaya un día de estos a pasar como ya pasó con el Arco Chato del Convento de Santo Domingo, que se vaya a desplomar. Se trata de una muy exclusiva fotografía tomada en 1895, cuando las calles de esta capital, como bien se puede observar, aún ni sospechaban que algún día llegara el avance que se conoce como pavimentación, y que aún cuando no ha podido solucionar todos los problemas aún existentes, mejoró notablemente la situación. Pero la calle cubierta de tierra no es el principal atractivo que hoy les presento aquí. Las ruinas que también se pueden apreciar tienen mucho, pero muchísimo interés, pues pertenecen a lo que fue la primera universidad que funcionó en el Istmo de Panamá y que no son otras que las del edificio que alojó no solo a la comunidad de los jesuitas, sino a la Pontificia Universidad de San Javier, cuya fundación fue ordenada mediante una Real Cédula por el rey Fernando VI y expedida el 3 de junio de 1749. Hernando de Cavera fue su primer rector. La mencionada universidad fue reconocida el 24 de enero de 1750. Un obispo de Panamá nacido aquí y cuyo nombre es el de Francisco Javier de Luna y Castro (1695 - 1777) logró construir, patrocinar y mantener a lo que fue nuestra primera universidad, y quien no contento con ese ya formidable esfuerzo, la levantó a base de argamasa (mezcla de cal, arena y agua) con la cual se levantaron tantas edificaciones años atrás. En 1787 la universidad finalizó sus labores, ya que el rey Carlos III de España expulsó a todos los religiosos de sus territorios y dependencias en otras colonias, como lo era Panamá. Qué hermoso e interesante sería buscar —si es que aún se encuentran— los planos de tan ilustre edificio, para ver si se puede restaurar. Ese sí que es también un monumento digno de poderlo exhibir. Y que no vaya un día de estos a pasar como ya pasó con el Arco Chato del Convento de Santo Domingo, que se vaya a desplomar.
Se trata de una muy exclusiva fotografía tomada en 1895, cuando las calles de esta capital, como bien se puede observar, aún ni sospechaban que algún día llegara el avance que se conoce como pavimentación, y que aún cuando no ha podido solucionar todos los problemas aún existentes, mejoró notablemente la situación. Pero la calle cubierta de tierra no es el principal atractivo que hoy les presento aquí. Las ruinas que también se pueden apreciar tienen mucho, pero muchísimo interés, pues pertenecen a lo que fue la primera universidad que funcionó en el Istmo de Panamá y que no son otras que las del edificio que alojó no solo a la comunidad de los jesuitas, sino a la Pontificia Universidad de San Javier, cuya fundación fue ordenada mediante una Real Cédula por el rey Fernando VI y expedida el 3 de junio de 1749. Hernando de Cavera fue su primer rector. La mencionada universidad fue reconocida el 24 de enero de 1750. Un obispo de Panamá nacido aquí y cuyo nombre es el de Francisco Javier de Luna y Castro (1695 - 1777) logró construir, patrocinar y mantener a lo que fue nuestra primera universidad, y quien no contento con ese ya formidable esfuerzo, la levantó a base de argamasa (mezcla de cal, arena y agua) con la cual se levantaron tantas edificaciones años atrás. En 1787 la universidad finalizó sus labores, ya que el rey Carlos III de España expulsó a todos los religiosos de sus territorios y dependencias en otras colonias, como lo era Panamá. Qué hermoso e interesante sería buscar —si es que aún se encuentran— los planos de tan ilustre edificio, para ver si se puede restaurar. Ese sí que es también un monumento digno de poderlo exhibir. Y que no vaya un día de estos a pasar como ya pasó con el Arco Chato del Convento de Santo Domingo, que se vaya a desplomar.

El agua era recogida en una no muy voluminosa caída que se desprendía desde los altos del Cerro Ancón y desde allí se distribuía para suplir todas las necesidades de esta capital. Aquel pequeño chorro o chorrillo sirvió además para bautizar a una popular barriada cercana, con el mismo nombre que acabamos de mencionar, “El Chorrillo”.

Y ¡qué casualidad!, aquel primitivo vehículo de propulsión animal, o sea el pipote, pasaba por el frente de lo que se llamó la Pontificia Universidad de San Javier, —centro de estudios superiores fundado por la comunidad religiosa de los jesuitas— que se estableció para tratar de, al menos, aliviar otra gran necesidad, la de ilustrarse estudiando y satisfacer otro gran deseo, el de poder aprender.

Sed de agua y sed de conocimiento y sus rudimentarias y efímeras soluciones se mezclan coincidencialmente en esta foto que nos servirá como tema de hoy.

Ya desde el siglo XVI y más precisamente en 1578, el jesuita español Miguel Fuentes quiso organizar en lo que hoy es Panamá La Vieja, un colegio de estudios superiores, idea que a causa del mal clima, la falta de fondos y hasta de estudiantes adecuados, no pudo prosperar.

En 1608 otro sacerdote, Ignacio Xavier, funda ahora sí lo que bien pudo ser nuestro primer centro de estudios algo más elevados en Panamá.

Vino después lo que hemos relatado: la corta vida, (38 años nada más) de la Universidad de San Javier, en donde tal como era lo usual en esos tiempos, los estudios no capacitaban para tantas carreras como las que se ofrecen hoy en día. Para entonces en ella tan solo se podían recibir clases sobre moral y filosofía, metafísica y teología escolástica, que tal como se puede notar eran materias más que todo relacionadas con estudios dirigidos a filósofos, teólogos o religiosos. Sin embargo, esto no era obstáculo para que se expidieran títulos o grados de bachiller, licenciado, maestro y doctor.

En el pie de la fotografía veremos por qué se clausuró esa, nuestra primera universidad.

Clausurada la Universidad de San Javier fue necesario esperar hasta el siglo XIX cuando el gobernante colombiano Francisco de Paula Santander fundó el llamado Colegio del Istmo.

Mas la mala suerte no abandonaba a nuestras primeras instituciones de enseñanza. Con motivo de la Guerra de los Mil Días 1899-1902, todos lo planteles de educación, a causa de ese estúpido enfrentamiento entre liberales y conservadores colombianos, fueron clausurados.

Fue necesario que llegase la separación de Colombia para que nuestros primeros hombres públicos proporcionaran un fuerte empuje a favor de la educación del pueblo panameño.

Se funda años más tarde el Instituto Nacional, en donde además de los estudios secundarios, allí se acoge a la primera Escuela de Derecho y algo más tarde a las de Farmacia y Agrimensura.

En 1935, y más precisamente el 7 de octubre, la Universidad Nacional, bajo la presidencia de Harmodio Arias Madrid, abre sus puertas y directores como Octavio Méndez Pereira y José Dolores Moscote, seguidos más tarde por un selectísimo grupo de educadores cuya lista no intentaremos presentar para no dejar involuntariamente a ninguno de ellos por fuera.

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