Cómicos para tomar en serio

Hollywood es la industria especializada en pulsar los resortes de la risa en los espectadores del mundo

—Cobramos diez dólares la hora.

—Entiendo. ¿Y cuánto por no tocar?

—Doce dólares la hora.

—Pues yo me apunto a eso.

Groucho y Chico en “El conflicto de los Marx”

El comediante tiene una función social: hacer reír al público. Las masas que antes atiborraban los circos ambulantes, los teatros de variedades y que ahora llenan las salas de cine reciben de ellos una necesaria dosis de alegría.

Ben Stiller cobró 12 millones de dólares por actuar en Dodgeball, que se estrena en Panamá este mes. Sus colegas Jim Carrey y Ben Stiller cobran cifras similares o superiores por estar en una comedia. Los productores pagan estas cifras astronómicas porque sus nombres significan, generalmente, un éxito de boletería.

Pero por siglos, el oficio de comediante fue considerado ignominioso por las autoridades religiosas, eran más unos payasos en escena que actores para los intérpretes dramáticos y su arte condenado como algo bajo y vergonzoso por los intelectuales.

Podemos pensar que hay dignidad y calidad en el vagabundo inmortalizado por Charlie Chaplin, pero por mucho tiempo el comediante era disminuido en su misión y alcance, al ser calificado como un modesto mediador entre los parlamentos de un texto y una audiencia decadente que pagaba por el placer de una carcajada.

Risa dolorosa

Los comediantes nos hacen reír hasta las lágrimas, pero sus orígenes no fueron color de rosa. Más de uno nació en medio de la pobreza y hasta murieron en la indigencia. Unos tuvieron problemas con la ley, el alcohol o las drogas.

Por otra parte, en las películas no es que la pasen muy bien que digamos, por mucho que a nosotros nos diviertan las situaciones en las que se involucran. Se trata de una lección que todos aprendieron del cineasta Mack Sennett: el humor tiene algo de sadismo, en especial, si la víctima es desvalida.

Algunas pruebas. Harold Lloyd representa al hombre tímido e inocente que se enfrenta a un mundo desalmado. Harry Langdon crea un personaje nostálgico y soñador. Tenga en mente las humillaciones que reciben los hombres que encarna Steve Martin, Eddie Murphy o Adam Sandler. Recuerde la torpeza de Stan Laurel o las dificultades para hablar de Cantinflas, o que Trespatines siempre iba preso hasta cuando era honesto. ¿Dónde está el humor?

En más de una ocasión, en nombre de la hilaridad, estos artistas han arriesgado sus vidas. Solo dos muestras: Roscoe Arbuckle se quejaba de que las comedias le costaron varias cicatrices en su cabeza y Buster Keaton se rompió el cuello durante el rodaje de El moderno Sherlock Holmes.

Humor anarquista

¿Por qué nos encantan estos filmes? Es que nos salvan de la amargura existencial gracias a su intencionalidad en sus actos y decires. Ellos se valen de matices y contrastes estudiados que para el desconocedor parecen elementales y fáciles de poner en práctica.

El buen comediante agarra enseguida a su espectador porque tiene encanto y presencia, que son atributos distintos a tener belleza física. O ¿es que piensan que son atractivos Capulina o Woody Allen?

Estos intérpretes no encuentran aliados en el departamento de efectos especiales como sí lo tienen los héroes de las cintas de acción. A lo sumo tienen a su favor un disfraz o un maquillaje, pero usualmente solo dependen de su inteligencia.

En épocas pasadas era normal el concepto de parejas, en el que ambos eran graciosos o uno era divertido y el otro muy serio.

Así ocurrió con Lou Abbott y Lou Costello, Oliver Hardy y Stan Laurel, Bing Crosby y Bob Hope, Mickey Rooney y Judy Garland, Dean Martin y Jerry Lewis, Gene Wilder y Richard Pryor, los hermanos Marx, los Tres Chiflados, Jack Lemmon y Walter Matthau, John Belushi y Dan Aykroyd, Tommy Chong y Cheech Marin y más recientemente Jackie Chan con Owen Wilson o este último con Ben Stiller.

Hay dos categorías de intérpretes cómicos: los formados en los escenarios y los otros. Los primeros ganan sus galones en un teatro de vodevil o en bares y cantinas.

El resto son aficionados que llegan al cine vía el modelaje, la publicidad o la televisión.

¿El cine en general y la comedia en particular pueden prescindir de verdaderos actores? La respuesta es un lamentable sí. De lo contrario, ¿cómo explicar que tanto intérprete mediocre atraiga a un público tan vasto?

Cuando el comediante tiene la autoridad que te ofrece ser popular entre la audiencia, puede ser un déspota que determina quién lo dirige, puede darle giros distintos a la trama de la película para su propio beneficio y hasta recomendar a sus compañeros de reparto.

Quiero un Oscar

Sean cuales fueren los dones que use para perfeccionar su profesión, no importa si hace comedia burlesca, sofisticada o extravagante, si quiere un Oscar debe dejar de sonreír.

Clark Gable y Katherine Hepburn ganaron un Oscar por participar en las comedias It Happened One Night y Guess Who’s Coming to Dinner , respectivamente. También lo hicieron Walter Matthau en The Fortune Cookie, Diane Keaton con Annie Hall y Kevin Kline por A Fish Called Wanda. Pero son las pocas excepciones.

Pues los intérpretes han podido ser dirigidos por maestros de la comedia como Howard Hawks, Frank Capra, George Cukor, Ernst Lubitsch, Bill Wilder, Harold Ramis, Blake Edwards o Stanley Donen, pero usualmente la estatuilla dorada no la ganan. Y ese estigma han tenido que soportarlo desde Gary Cooper, Cary Grant a Spencer Tracy, pasando por Bette Midler, Dan Aykroyd, Eddie Murphy y Jim Carrey.

¿Por qué? A la mayoría de las comedias les interesa más el espectáculo llano que hacer una obra de arte, y por ende, la capacidad del cómico es desperdiciada. Piense en Mike Myers con Austin Powers o Jim Carrey en Dumb & Dumber. Después se quejan si la gente piensa que son meras marionetas.

Si el comediante tiene deseos de ser tomado en serio por Hollywood, entonces se pone al servicio de un director exigente, baja su salario regular al mínimo (a veces menos de medio millón de dólares) y a rogar que las nominaciones no se hagan esperar.

En las últimas décadas, es normal que los cómicos solo ganen el Oscar si participan en papeles dramáticos, donde tienen uno o dos diálogos graciosos. Así fue que le pasó a Robin Williams y a Whoopie Goldberg por Good Will Hunting y Ghost, respectivamente. Tom Hanks se pasó al grupo de los serios y fue cuando recibió premios por Philadelphia y Forrest Gump.

Encima estos artistas van con suerte, pues Charlie Chaplin nunca ganó un Oscar por actor o director sino por componer la música de Limelight y Mel Brooks lo ganó solo como escritor por The Producers.

A pesar de participar en decenas de comedias famosas, a Buster Keaton, Harold Lloyd, Stan Laurel, Groucho Marx y Mickey Rooney les dieron solo un Oscar honorario, y a casi todos cuando estaban cercanos a la tumba, pero Oliver Hardy, Dean Martin, Peter Sellers, Jerry Lewis, Dom DeLuise, Christopher Lloyd, Danny De Vito, Bill Murray y Billy Crystal ni esa distinción han recibido.

Visto a partir de los reconocimientos, el rey absoluto de la comedia contemporánea es Woody Allen, quien ha logrado 15 nominaciones al Oscar, galardón que obtuvo en tres ocasiones.

Sean nobles o dictatoriales, ya sea que usen el ingenio, la ironía o lo sutil, los comediantes han probado algo: el humor es anárquico y cuestionador.

Recuadro 1:

La primera sonrisa

La comedia es uno de los géneros más antiguos del séptimo arte. Entre los trabajos que presentaron los hermanos Lumiere, en 1895, está El regador regado.

En este corto de un minuto de duración presentaron las desventuras de un jardinero que estaba regando de lo más tranquilo y sin saberlo, un muchacho falto de ocio le pisa la manguera. El trabajador, intrigado, ve por la boca de la manguera para averiguar el desperfecto y es cuando el chico libera el vital líquido y el jardinero recibe un baño gratuito.

Recuadro 2:

Carcajadas de exportación

Aunque en el cine mundial son Estados Unidos y Canadá los que más exportan comediantes, en otras latitudes también hay grandes exponentes.

De Francia tenemos figuras como Max Linder, Jacques Tati y Louis De Funes. De Italia se encuentran a Totó, Massimo Troisi, Nanni Moretti y Roberto Benigni. Inglaterra cuenta con Charlie Chaplin, Peter Sellers y Mr. Bean.

España va de Alfredo Landa a Gabino Diego. Cuba tuvo a Trespatines y México, a Tin Tan, Capulina y Mario Moreno ‘Cantinflas’.

Recuadro 3

De colores

No hay excusa para reír. Las hay de golpes a lo Laurel y Hardy. Igualmente existen las sofisticadas como las realizadas por Ernest Lubitsch y Howard Hawks.

Las hay que tienen acción como Un detective suelto en Hollywwod o Los cazafantasmas; las parodias como las encabezadas por Leslie Nielsen y Charlie Sheen, y las que enfrentan a caballeros contra damas como las elaboradas por Vicent Minelli y Dany De Vito.

Incluya las sexuales, que van desde Porky’s pasando por Scary Movie y American Pie. Incluya las de humor basura como las cintas firmadas por los hermanos Farrelly o las negras como The Royal Tenenbaums.

Claro, cómo olvidar las comedias románticas de Meg Ryan, Tom Hanks y un largo etcétera.

(llamado)

La comedia tal como la conocemos llegó con la invención del sonido en el cine

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