Crecer ‘haciendo súper’

Y pese a todo tener que sentarme a escribir, como un payaso al que le piden un chiste a gritos cuando está de mal humor; en eso he quedado, en un payaso, un cuenta cuento asalariado y nada espontáneo, que sangra cuando se lo piden.

Con este choque de ideas, ¿cómo contar el terror de aquella noche, cómo resumir en tan poco tiempo y espacio lo macabro tras una experiencia tan banal como hacer súper?

Sí, aunque usted no lo crea, aquel sábado 19 de junio pasé dos horas metido en un súper, dizque “haciendo súper”, cuando en verdad terminaba de cortar el cordón umbilical y comprendía tantas cosas tras el misterio de aquello que llamamos vida.

Es raro cómo todo te hace sentido empujando un simple carrito de compras, llenándolo con cosas que crees son indispensables para seguir respirando. No fue fácil.

La experiencia fue intensa, demasiado ácida para mis gustos; quedé resumido a un pobre pendejo que juega al soltero codiciado, pero no sabe qué jabón de baño comprar.

De golpe te saltan una, dos, tres marcas distintas que son como mil, y estresa no saber cuál es mejor, cuál es buena, bonita y barata. Y para qué descubrirlo si al final no sé prepararlo, cocinarlo, y cada noche termino cenando el desayuno.

El colmo fue cuando fui a comprar pollo y el señor carnicero me preguntó cuantas libras quería, y yo, completamente desencajado, le respondo “¿cuantas libras cree que necesito?”. Prefiero no describir su cara ni la sacudida que me produjo su respuesta.

Me dio rabia de solo pensar que durante tantos años otros tomaban las decisiones básicas por mí, nunca antes me preocupé por lo que iba a comer, y solo ahora, viviendo solo, es que descubro que el queso, las salchichas y el jamón también expiran; yo que juro que me las sé todas.

Sí, claro que pensé en llamarla; el recuerdo de mi madre estuvo presente todo el tiempo; no la llamé porque fui yo el que quiso jugar al hombre de mundo, y ahora me las arreglo como pueda.

Pero el frío de mi tristeza la mantuvo cerca. Mientras todos compraban felices y seguros, y yo necesitaba calor, por un breve instante la vi empujando mi carretilla, y yo estaba sentado frente a ella, en ese corralito improvisado que tienen todas las carretillas.

En su rostro encontré la paz, y tras un gesto dulce y una mirada la imaginé diciéndome “tranquilo, vámonos a casa”.

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