Darién, un mundo por conocer

La Palma  La Palma

La Palma

Puerto Kimball  Puerto Kimball

Puerto Kimball

De antemano sabíamos que el recorrido nos deparaba 200 km. de carretera, solo para llegar a Metetí, lugar que sería nuestro centro de acción y punto de partida de todas las actividades.

Ansiosos, partimos a eso de las 7:30 p.m. del viernes, con una buena provisión de agua, 40 dólares en el bolsillo y nuestra inseparable cámara fotográfica.

Luego de pasar el puente del Bayano, entramos a un mundo desconocido en el cual la oscuridad se apoderó de nuestros sentidos, impidiéndonos ver más allá de donde alumbraban las luces del carro. Cuentos de antiguas travesías de 15 horas, camiones volcados y animales que cruzaban el camino, hicieron mas amena la primera parte de la travesía.

Luego pasamos varios poblados y nos encontramos en medio de la nada con un camino lleno de lodo y baches interminables. Afortunadamente la luna nos dio la seguridad, durante las cuatro horas y 30 minutos de camino, de que no llovería, algo que hubiese empeorado la situación.

“¿ Quieren ver algo insólito?” advirtió nuestro anfitrión, cuando de repente, en medio de la nada, pudimos ver un letrero luminoso del sistema clave del Banco Nacional. Sí señores, la tecnología también está donde uno menos la espera.

Sin darnos cuenta y gracias a Dios, escuché la palabra mágica “¡llegamos!”. Eso fue como escuchar el Ave María en latín, después de la circuncisión. Ya no sabía ni como sentarme, aunque para mi consuelo, nuestro anfitrión, Víctor Mojica, nos comentó que en bus de ruta el asunto puede demorar entre 6 y 8 horas.

Al despertar, la ansiedad fue más grande, ya que lo bueno de viajar de noche es la sorpresa de ver lo que te trae la mañana.

Rápidamente me bañé y salí a ver el panorama.

El Darién que tenía en mi mente no era lo que estaba viendo: casetas telefónicas, un almacén de agroquímicos, un taller mecánico, una tienda donde vendían cutarras (reencauchadas de siete lonas) y una cantidad increíble de iglesias (escoja usted el culto, aquí los tenemos todos).

Tuve que entrar en la realidad de este apartado lugar, ya que la lógica indica que esta región es solo un punto de paso para comerciantes, madereros, gente del gobierno y cualquier otra persona que tenga que ver con este apartado lugar de Dios. Pero lo cierto es que se encuentra desde cervezas colombianas hasta salsa picante tica. Lo más sorprendente es que cuestan lo mismo a pesar de lo tanto que viajan.

En fin, ya la travesía estaba hecha y había que aprovechar la oportunidad de conocer la región y a sus pobladores, los cuales son de lugares tan distantes como Remedios, Pedasí, Ocú, y por supuesto, Panamá, entre otras partes.

Luego de un gran desayuno en el restaurante La Campiña, tomamos rumbo a Puerto Kimball, en donde tomaríamos una lancha, la cual nos llevaría a La Palma, distrito cabecera de la provincia de Darién.

Tuvimos que dejar el carro a varias horas de camino del puerto, ya que hubiese sido un poco riesgoso dejarlo en el puerto, donde no hay “bien cuida'o”.

En uno de los tres “aventones” que conseguimos para llegar al puerto, una bandada de tucanes nos pasó enfrente; esto era un espectáculo el cual solo se ve en Discovery Channel.

Cuando buenamente llegamos a La Palma, nos encontramos con una combinación entre “pescadores” y gente de barrio, la cual pasa buena parte de su tiempo en la acera de la calle principal a la espera de cualquier cosa de qué hablar. Dado que no había gran movimiento ese día, fuimos nosotros la novedad del día.

La estadía fue corta, ya que el pueblo no tenía mucho que ofrecer. Esto nos dio la oportunidad de dar un vistazo diferente a Puerto Kimball. En ese momento contemplamos nuestras posibilidades: una larga caminata, esperar el camión de la Policía y rogar para que nos lleven o un milagro. Afortunadamente, Dios nos mandó el bus de la Universidad de Panamá y regresamos muy cómodos, con aire acondicionado y todo.

Ya en Metetí, y después de cenar, decidimos celebrar por el viaje con una botella de vino, y prepararnos para dormir, ya que el viaje de regreso sería en esta ocasión de día.

Amaneció el domingo y a las 9:30 a.m. ya estábamos en camino. Este me enseñaría el rostro de un Darién conquistado hace más de tres décadas por medio de tractores y maquinaria pesada.

El hombre ha entrado con su paso arrollador creando de esta recta carretera un mudo testigo de la destrucción de lo poco que queda de selva.

Este viaje de fin de semana me ha enseñado a valorar la labor del hombre de campo, que lucha día a día por su subsistencia. Pero además, me ha dado a conocer el interés desmedido de mucha gente que se aprovecha de frágiles leyes que son desconocidas en estos vastos imperios vegetales.

Este es el Darién de todos los panameños, no solo del que vive allí, sino también del que, aunque está en la ciudad, se preocupa por el hombre del campo y su entorno.

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