Postales de Nueva York

Algo tiene Nueva York... algo es

A ese “algo” terminan por identificarlo muy bien quienes ven pasar las estaciones y sienten que la ciudad los va envolviendo. Quienes se dan de bruces con la indiferencia y la prisa del neoyorquino, pero también con su amabilidad. Y quienes han tenido tiempo suficiente para encontrar un sitio, un rincón grande o pequeño, que se les ha metido en el gusto.

Preguntamos a cinco panameños que viven en la ciudad de Nueva York si sabrían identificar su lugar favorito y prestarse para hacerse una fotografía en el sitio escogido. La respuesta fue entusiasta, aunque alguno se mostró decepcionado: “¿Sólo puedo escoger un lugar?”. Sí, y es que el propósito de este reportaje no era hacer un álbum de fotos sobre una de las ciudades más vistas del mundo, sino identificar rincones especiales sobre los que se pudiera narrar una historia personal. Este fue el resultado.

El Museo Guggenheim, de Frank Lloyd Wright

Iván Vega no es arquitecto, aunque a punto estuvo de dedicar su vida al diseño y la construcción de edificios. Desde hace dos años vive en Manhattan, donde revalida sus estudios de odontología en la Universidad de Nueva York, y donde además disfruta plenamente de la gran diversidad de razas y culturas que convergen en la ciudad.

“Lo que más me gusta es que a pesar de esa diversidad, la gente tiene la mente lo suficientemente abierta para disfrutar y apreciar las diferencias. En otros lugares de Estados Unidos y del mundo la diversidad cultural casi siempre va acompañada de racismo, algo que nunca he sentido en New York”.

Iván es un gran admirador de las obras de Frank Lloyd Wright, el arquitecto estadounidense oriundo de Wisconsin, y autor del edificio que alberga el Museo Solomon R. Guggenheim de la ciudad de Nueva York. Ubicado en la Quinta Avenida, frente al lado este de Central Park, el museo fue terminado en 1959, el mismo año en que el arquitecto murió a los 92 años. Como ocurre con otros edificios diseñados por arquitectos reconocidos por su genialidad, el Museo Guggenheim de Nueva York, dedicado al arte moderno, suele ser más apreciado por su diseño que por las obras que exhibe en su interior. Todo parece indicar que Wright era consciente de que su edificio competiría con cuadros y esculturas, y como toda disculpa se limitó a decir que su idea había sido crear un ambiente en el que edificio y pintura produjeran una hermosa e ininterrumpida sinfonía, como nunca antes se había visto en el mundo del arte moderno.

La admiración de Iván por Frank Lloyd Wright y su edificio neoyorquino tomó un giro más personal a raíz de la lectura del libro The Fountainhead, de Ayn Rand. Se cree que Rand se inspiró en la figura de Wright, con quien mantenía una estrecha amistad, para crear el personaje de Howard Roark, el arquitecto de integridad intachable que lucha contra las normas establecidas en The Fountainhead. Iván describe al protagonista de la novela como “un adelantado a su tiempo, un visionario, un rebelde”, y reconoce que el modo individualista de ser de Roark dejó una impresión muy fuerte en su propio espíritu. Y si a ello agregamos la leyenda de que este personaje pudiera ser la viva imagen del creador de tan atractivo edificio, Wright no es ya solo un genio, sino un hombre admirado en toda su humanidad.

Un ‘loft’ con vistas a Manhattan

Maziel Abrego es la gerente de mercadeo de una firma de abogados neoyorquina, cuyas oficinas se encuentran en el imponente edificio Chrysler, a un paso de Park Avenue y en el lado este de la calle 42. Maziel se mueve por Manhattan caminando; al fin y al cabo, dice, la ciudad está hecha para andarla y ésa es la mejor manera de disfrutar de ella. Por otra parte, después de cinco años en Nueva York, esta abogada de la Universidad Santa María la Antigua en Panamá, se ha dado cuenta de que a Manhattan, a veces, también hay que mirarla desde afuera. No basta con enredarse entre las masas de gente que la recorre cada día o dejarse cobijar por la sombra de los rascacielos porque “se te pasa el tiempo y a veces no te das cuenta de que... estás en Nueva York”, dice Maziel. Y es que ella procura verle a la ciudad todas sus caras.

Así, el sitio favorito de Maziel resultó ser un loft ubicado en un edificio en el área de DUMBO (Down Under the Manhattan Bridge Overpass) en Brooklyn, al lado del East River. El loft pertenece a una pareja de amigos que convirtieron este espacio en su lugar de trabajo y de descanso. Desde allí, la vista no tiene desperdicio. El puente de Manhattan resulta muy cercano y casi intimidante, mientras la ciudad guarda su distancia y su inconfundible silueta.

Los lofts están íntimamente ligados a la historia de ciudades como Nueva York y Londres, por ser espacios muy amplios, sin divisiones, que cumplieron una función comercial como almacenes y fábricas. A partir de los años 40 fueron convertidos en estudios de trabajo y hasta viviendas. Dado el estilo arquitectónico de muchos edificios en los que se encuentran, como pueden ser los de las zonas del Soho y Tribeca en Manhattan, son especialmente apreciados por la amplitud de espacio, algo muy difícil de encontrar en ciudades donde cada metro cuadrado vale mucho dinero y los apartamentos destinados para vivienda tienden a ser pequeños.

Cada quien es libre de decorar su loft según su gusto particular. La mayoría de ellos suelen tener elementos que los hacen acogedores, al tiempo que conservan la sensación de amplitud. Y, si además están ubicados en lugares estratégicos donde la vista es espectacular, no se necesita más que una alfombra y unos cuantos cojines para recibir a los amigos. Eso Maziel lo sabe bien.

“Es bueno tener amigos que tienen un lugar tan especial”.

El puente de Brooklyn

La historia ha demostrado que en la construcción de todas las grandes obras de ingeniería hay siempre una cuota de sacrificio humano y cierta dosis de tragedia. Durante la construcción del puente de Brooklyn –que se eleva sobre el East River, uniendo los 993 metros que separan los distritos de Manhattan y Brooklyn– el primero en perder la vida fue su propio autor, John A. Roebling. El ingeniero de origen alemán murió al contraer tétano después de destrozarse los pies en una caída, en el muelle, mientras fijaba la posición de las torres desde el muelle. La obra ni siquiera había comenzado. Más tarde, Washington Roebling, hijo de John y encargado de llevar a cabo la obra diseñada por su padre, se quedó paralítico cuando todavía faltaban 11 años para que el puente estuviera terminado, por lo que fue su esposa, Emily Warren, quien se encargó de dirigir los trabajos. Por otra parte, el levantamiento de las dos torres góticas que sostienen el puente dejó a muchos obreros enfermos con el síndrome de descompresión rápida, que se producía por el aumento del nivel de nitrógeno en los pulmones, mientras trabajan en las cajas neumáticas sumergidas y desde las cuales se cavaba el lecho del río.

Hoy, 111 años después de su inauguración, el puente de Brooklyn no es solamente un paseo obligado para turistas y locales que se mueven entre ambos distritos, sino uno de los símbolos más emblemáticos de ese Nueva York que traza puentes para integrar a todos los que viven en él.

Gina Engler, bióloga y especialista en Salud Pública, escogió esta estructura de cables de acero y granito como su lugar favorito porque “tiene la vista más espectacular de la ciudad”. Hija de madre chiricana y padre bocatoreño, Gina ha vivido durante los últimos tres años en Nueva York, y aprovecha cualquier oportunidad –visitas de familiares, días festivos– para caminar por el estrecho paseo de madera del puente, desde el que se ven la Estatua de la Libertad, el puerto y el lado este del bajo Manhattan, así como los fuegos artificiales con los que Nueva York celebra la independencia de Estados Unidos cada 4 de julio y el año que está por comenzar, cada 31 de diciembre.

“Lo que puede verse desde el puente de Brooklyn, de día o de noche –dice Gina– es algo realmente mágico”.

South Street Seaport y el Muelle 17

Carlos Urrutia no estaba muy seguro del sitio que finalmente escogería para tomarse la fotografía que debía ir en este reportaje. En primer lugar, pensó en el edificio del Empire State. La Gran Estación Central también pasó por su mente, como una posibilidad, aunque este clásico edificio del que parten miles de viajeros todos los días hacia decenas de destinos fuera de la ciudad, le pareció un sitio demasiado oscuro para su ánimo. Al momento de hacer este reportaje, aún era verano en Nueva York y lo que a Carlos le apetecía era elegir un lugar abierto y luminoso. Así, este ingeniero industrial que trabaja desde hace cuatro años en Nueva York, escogió el concurrido South Street Seaport.

¿Sus razones? “Es un pedacito del verdadero sentimiento neoyorquino”, dice Carlos. “Es de todo un poco: un museo, puerto marítimo, tiene vistas espectaculares de los puentes de Manhattan y Brooklyn, tiendas e innumerables cafés y restaurantes. Pero sobre todo, es un punto de convergencia cultural. Día o noche este lugar es un espectáculo al aire libre”.

Efectivamente, South Street Seaport ofrece en unas cuantas cuadras todo lo que Nueva York representa –el más variado de los comercios, comidas para cualquier tipo de gusto y apetito, espectáculos– y es un lugar turístico por excelencia. Caminar por allí un día de primavera o verano puede ser tan difícil como intentar atravesar Times Square un sábado por la tarde. Sin embargo, a diferencia del punto más iluminado de Manhattan, demasiado agobiante para algunos, South Street Seaport ofrece el desahogo que produce mirar el mar y la seguridad que se siente en espacios destinados únicamente a peatones.

Ubicado al sur de Manhattan, en pleno centro financiero, este sector de la ciudad cobró vida en el siglo XVII, y es el recuerdo vivo de lo que ha significado la actividad portuaria para el desarrollo de Nueva York. Después de una época de decadencia producida por el traslado del centro portuario al lado oeste de Manhattan, en los años 60 la zona fue rescatada de la ruina y los viejos almacenes del Muelle 17 que en otra época sirvieron para guardar verduras y carne, hoy son tiendas de moda, museos y restaurantes.

La estatua de Hans Christian Andersen en Central Park

En el 2003 Central Park cumplió 150 años. Aquí cabría preguntarse cómo es posible que un lugar que tiene fauna y flora propia pueda celebrar aniversarios, ¿es que acaso esas plantas y animales no estuvieron allí siempre? En realidad no. Central Park, como casi todas las cosas en Nueva York, no surgió de improviso, sino que es el producto de un proceso de planificación llevado a cabo cuidadosamente. Diseñado en un perfecto rectángulo que, de norte a sur, va de la calle 110 hasta la 59, y de oeste a este, ocupa el espacio entre la octava y la quinta avenida, Central Park fue un terreno irregular y pantanoso, cubierto de rocas de gran tamaño, que no resultaba atractivo para el desarrollo comercial. Y gracias a ello, los neoyorquinos tienen hoy el parque público más famoso del mundo y un verdadero lugar de desahogo ante el monumental desarrollo urbano de Manhattan.

“El Parque Central es mi lugar favorito de la ciudad”, dice Laura Guardia. “Con un solo paso puedo dejar la energía y el bullicio de New York para transportarme a un bosque con lagos, animales, niños corriendo e incluso encontrarme con uno de los héroes de mi niñez”.

Laura, una publicista que llegó a Nueva York hace cuatro años porque su esposo trabaja en Manhattan, se refiere a la estatua del escritor Hans Christian Andersen, autor de más de 160 cuentos, ubicada en el lado este de Central Park a la altura de la calle 72. El libro que Andersen tiene en la mano es El patito feo y a la estatua en cobre del escritor danés le acompaña un pequeño pato que parece escuchar la lectura de su propia historia. En el rincón del parque donde Andersen y el patito feo rinden tributo a la imaginación, se leen cuentos a los niños todos los sábados durante la época de verano.

La estatua de Andersen, sin embargo, no es la única que puede encontrarse en Central Park. Muy cerca de ésta se encuentra Alicia, la del país de las maravillas, acompañada por el conejo y el relojero, y en otros rincones del parque diversos grupos de donantes han querido recordar a figuras como Alexander Von Humboldt, Ludwing Van Beethoven, Walter Scott y hasta Cristóbal Colón.

El día que Laura Guardia posó junto a Hans Christian Andersen y el patito feo llovía sobre Central Park. Un pequeño inconveniente en un lugar que, cubierto de nieve, lluvia o sol, conserva intacta su belleza inventada.

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