Las calles de Santiago

Querida amiga:

Finalmente cumplí contigo. Un poco tarde, lo sé, pero he saldado la deuda. Conocí Santiago.

El avión llegó a Chile cerca de las tres de la madrugada.

Los rostros somnolientos de los recién llegados se asomaban con cierto temor al frío de invierno. La condensación del aliento delataba a los conversadores.

Recién llegábamos y debíamos arreglar el itinerario de los siguientes tres días en la capital chilena.

La jornada siguiente daría inicio al mediodía para permitirnos unas horas de sueño que por lo menos yo, no quería.

Agradecidamente encontré una cómplice. Claudia también estaba dispuesta a salir desde temprano para conocer, escabullirnos por las calles de Santiago y saborearlas así, tal y como ellas son, sin horarios, sin guías y sin rumbo fijo.

He de admitir que me costó algo de trabajo la levantada. A las seis de la mañana todo estaba tan oscuro, que pensé que el clima no nos iba a acompañar. Luego, empezó a clarear el día. Me habías dicho que no hacía tanto frío en invierno. Te quedaste corta. Bueno, eso no impediría que hiciéramos nuestro recorrido.

Qué lindo es Santiago. Eso sí me lo habías dicho. Del hotel donde estábamos hospedadas, en la calle Calle, caminamos hasta la estación del metro más cercana, El Golf, ubicada en la Avenida 11 de septiembre. Las áreas residenciales del barrio Providencia lucen serenas en esas primeras horas. Una alfombra amarilla cubre los jardines de algunas casas, mientras que otras, con dueños más madrugadores, lucen el impecable verde de la grama. Durante la visita notamos que los vecinos se levantan temprano para comenzar la eterna tarea de recoger las hojas que dejan caer los frondosos árboles.

Llegar al metro no es complicado. Cosa de cruzar algunas calles para salir a la avenida principal.

La estación es amplia y ordenada. Las indicaciones también son claras y precisas. “Para ir al centro deben bajarse en ‘Universidad de Chile’”, nos aconsejaron en el hotel.

Finalizado el recorrido bajo tierra, nos esperaba la avenida Libertador O’Higgins, con todo su ajetreo. Ya para las 10 de la mañana, el sol se asomaba tímidamente y una gran cantidad de gente iba y venía.

Nos dirigimos a la calle recomendada, Ahumada, una peatonal cargada de pequeños comercios, quioscos de revistas a cada 10 pasos y un delicioso olor a maní confitado.

En el trayecto una iglesia nos detiene. Su arquitectura es hermosa. “¿Por qué no entran?”, nos dice una amable señora, “está acabadita de restaurar”.

La iglesia de San Agustín es espléndida. Sus altares, sus santos y su cielo raso lucen como nuevos. Es una pena que no pudiéramos tomar fotos. En ese momento se celebraba una misa.

Continuamos el recorrido. El área está plagada de edificios de un estilo afrancesado. Los balcones lucen como de otros tiempos, mientras que las plantas bajas ofrecen todo tipo de artículos en vitrinas: ropa, zapatos, botas y electrodomésticos. Comprar una revista puede ser muy complicado con la amplia oferta que existe.

Al final de Ahumada nos acercamos a la Plaza de Armas. En ella descansan algunos transeúntes, leen el periódico los desocupados, conversan algunos enamorados. sus fuentes y su vegetación hacen que se respire paz.

En uno de sus costados está la Catedral de Santiago. Su construcción que data de 1748 contrasta con un alto y moderno edificio vecino, todo de vidrio.

Se respira historia en estas cuadras. Se trata de un área protegida, donde la arquitectura es testigo de un tiempo y de muchos hechos.

A un par de cuadras se encuentra el imponente Palacio de La Moneda, llamado así, pues, inicialmente, en tiempos coloniales se llevaban a cabo las labores de acuñación de monedas. Ya para 1846, se había convertido en la sede presidencial.

Con el edificio en frente mío no hago más que recordar aquellas veces que me conversaste sobre los hechos que se vivieron en ese mismo espacio. El bombardeo, las señales que las balas dejaron en los edificios contiguos y que no se ven en éste debido al minucioso trabajo de restauración que vivió después de los grandes daños ocurridos durante el golpe militar de 1973.

Te pensé muchísimo, sobre todo por el interés que tenías en mostrarme todo aquello, tu historia, parte de tu vida. El destino quiso que no recorriéramos juntas estas calles, aunque de alguna manera lo hemos hecho.

La mañana está por terminar y debemos volver a la estación del metro. El resto del grupo nos espera para iniciar formalmente las giras. Claudia y yo nos adelantamos y vivimos una experiencia que el resto perdió. Al día siguiente, volveríamos a recorrer esas mismas calles, pero de otra manera. Qué suerte que nos atrevimos a no dormir en la primera noche en Santiago.

Cortesía de Contactos y Copa Airlines

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