Al calor del exilio II

A los dos meses de haber sido derrocado, Perón viajó a Panamá y se instaló en Colón. Allí supo de un espectáculo de ballet argentino que se ofrecía en un cabaret de la Avenida Central. Sus guardaespaldas habían visto el show, y reportaban que las chicas se morían por conocer a Perón.

María Estela Martínez tenía 27 años cuando conoció a Perón. María Estela Martínez tenía 27 años cuando conoció a Perón.

María Estela Martínez tenía 27 años cuando conoció a Perón.

Isabel cuidó a Perón durante una pulmonía. Así ganó su confianza. Isabel cuidó a Perón durante una pulmonía. Así ganó su confianza.

Isabel cuidó a Perón durante una pulmonía. Así ganó su confianza.

Todos los invitados estaban sentados a la mesa. Las bailarinas lo miraban con ojos enormes. Eran hijas de obreros argentinos y veían en Perón a un héroe en desgracia, un Jesús más astuto que se alejaba de la cruz. Se reían por dentro: en sus pueblos se iban a morir de la envidia si se enteraban de ese almuerzo.

Estaban llegando los postres cuando Perón pidió disculpas y comunicó que tenía que marcharse. Asuntos impostergables lo esperaban. Una de las muchachas, apurada, alzó su voz por entre las demás.

—General, quiero decirle que lo admiro y que he nacido en cuna peronista. Mis padres siempre me hablaron de usted. Me llamo María Estela Martínez —dijo la joven de 27 años, con la voz entrecortada. —Aunque aquí —siguió— todos me conocen por mi nombre artístico: Isabel.

Perón bajó la cabeza en señal de agradecimiento. Pero estaba apurado y se quería ir. Saludó presuroso a todo el grupo y, sin más, se marchó del lugar.

Algunos meses después, en marzo del 56, Isabel fue a visitarlo a su casa. Perón no la esperaba, pero la recibió. Hablaron de todo un poco. Ella estaba harta del cabaret, quería volverse a Argentina. Se ofreció como secretaria. Perón dudó: secretaria no necesitaba, pero hacía tiempo que venía buscando una cocinera con mano argentina.

—Si usted se queda me soluciona el problema —la invitó el líder, sin imaginar que esa mujer lo iba a acompañar hasta el día mismo de su muerte. Además de heredar la Presidencia de Argentina.

Luego de algunas semanas de convivencia grupal, los guardaespaldas se dieron cuenta de que entre Perón e Isabel nacía una relación extra culinaria. Todas las tardes el argentino los mandaba a comprar la comida para los guardias. Y los mandaba a los dos juntos.

—Vayan a comprar el pan muchachos, dense unas vueltas —les decía. El romance de su jefe con una bailarina de cabaret era un bochornoso secreto del que Landajo y Gilaberte no paraban de hablar. Se sentían desilusionados. Les era imposible olvidar que la anterior mujer de Perón había sido Evita.

Perón seguía pasando su tiempo entre la redacción de cartas, la visita de amigos y los recreos de la tarde. Pero de repente, cayó en cama. Una pulmonía fulminante lo tuvo agonizando, al borde del delirio. Landajo y Gilaberte eran demasiado rudos para atenderlo. El líder, para curarse, necesitaba de los cuidados que solo puede dar una mujer. Isabel ocupó ese lugar con responsabilidad. Así se ganó el respeto de Perón.

En julio las cosas se complicaron aún más. El presidente de Estados Unidos, Dwight Eisenhower, organizó una Conferencia de Presidentes Americanos en Panamá. Ese encuentro es recordado como "La cumbre de los dictadores". De los mandatarios asistentes, solo tres habían sido elegidos democráticamente. Para descomprimir la situación, Perón tenía pensado viajar hacia una finca en David. Pero Aramburu, el presidente de Argentina, le asestó un golpe inesperado al comunicar que ni loco iba a poner un pie en el mismo suelo que pisaba el "tirano depuesto". Lo que el presidente argentino no quería decir es que temía por su vida. Un mes antes, en junio, una revolución encabezada por el general Valle había intentado derrocarlo en nombre de Perón. La revuelta fracasó y Valle fue fusilado.

El Gobierno de Panamá decidió entonces tomar cartas en el asunto. Arias Espinoza citó a Perón con urgencia en la Casa de Gobierno.

—Va a tener que dejar Panamá durante los días que dure la Conferencia —le dijo. —No hay alternativa. Ya hablé con Somoza, quien se ofreció gustoso a recibirlo en Nicaragua. —Y otra cosa, —susurró el presidente, —cuídese. Me llegaron unos informes de inteligencia. Algunos compatriotas suyos entraron al país. Me dicen que son comandos del Ejército y que quieren matarlo.

Perón salió de la reunión con la mirada perdida. Otra vez su vida estaba al borde del desastre. Solo le quedaba confiar en su gente y en el edecán que lo custodiaba: el mayor Torrijos. Para volver las cosas más dramáticas, los rumores se volvieron certezas. Todo empezó al salir de la panadería. Gilaberte y Landajo subían al Opel Reckord cuando fueron interceptados por dos personas armadas. Les dijeron que eran comandos nacionales y que habían llegado al istmo para capturar a Perón con la intención de juzgarlo en Argentina. Lo raro era que los captores los llamaban por sus nombres, como si los conocieran.

—Les va a convenir cooperar —los amenazaron. —En estos momentos estamos vigilando los movimientos de sus familias en Buenos Aires. No piensen en locuras. Les ofrecemos 25,000 dólares a cada uno, solo tienen que entregar a Perón. Es para evitar un baño de sangre. Les damos 24 horas para pensarlo, —sentenciaron antes de desaparecer.

Los custodios de Perón emprendieron el regreso hechos una maraña de nervios. Sobre todo Gilaberte, que al mando del auto temblaba y maldecía, todo a la vez. Landajo lo quería tranquilizar pero no había forma: terminaron incrustados sobre un semáforo.

Al llegar a la casa, Perón los aguardaba en la puerta, junto a Isabel y sus custodios.

—¿Qué pasó? —quiso saber. Le contaron del encuentro.

—No, no, con el auto digo, son unas bestias, arruinaron el paragolpe.

(Algunos meses más tarde, en Caracas, ese Opel explotaría en pedazos luego de otro atentado fallido). Cuando se tranquilizó por los daños en el vehículo, Perón mostró su sorpresa.

—¿Tan poco valgo, 50,000 dólares?— respondió, más enojado por la cifra que por la amenaza.

Se armó una reunión de urgencia. A los miembros de la casa se sumaron Omar Torrijos, José Dominador Bazán y Arnaldo Parra. A Isabel la mandaron a un dormitorio. Era cosa de hombres.

Torrijos dijo que no podía intervenir ahora porque sería un escándalo diplomático, teniendo en cuenta la inminente llegada de Aramburu. Perón esbozó un plan de película.

—Síganle la corriente. Muéstrense preocupados por su seguridad y la de sus familias y pídanles más dinero. Generen una cita para mi entrega. Entonces llegamos armados y los acabamos.

Pero Torrijos lo detuvo. Le dijo que se marchara en el primer vuelo hacia Nicaragua, donde tenía que ir de todas formas.

—Deje este asunto en mis manos— le ofreció. —Le aseguro que los asesinos se volverán a Argentina con Aramburu.

Al otro día, al salir de la panadería, Landajo y Gilaberte se encontraron con los comandos. Hombres de Torrijos los vigilaban de lejos. Les pidieron 150,000 dólares y documentos falsos. Prometieron a cambio entregar a Perón en dos días. Juraron que eso solo podía hacerse en la ruta que conduce hacia la base de Coco Solo, antes de los cangrejales, lugar que conocían de memoria. El día del encuentro, hombres de la Guardia Nacional solucionaron la situación. Perón pensaba en ellos mientras volaba a 10 mil metros de altura, en un avión de línea con destino a Nicaragua. Otra vez desprotegido, sin dinero, para colmo, en el último asiento del avión. Se quedó dormido. Al rato lo despertó una azafata.

—Acérquese a la cabina— le pidió —alguien desde otro avión quiere saludarlo.

Era Anastasio Somoza, quien se encontraba volando hacia la cumbre en Panamá. Los aviones de los líderes se cruzaron en el aire. Lamentaba no haber podido esperarlo para darle la bienvenida, pero le ofrecía una de las residencias presidenciales y le auguraba un trato de jefe de Estado.

Al descender en Managua, Perón se sintió importante, como en los viejos tiempos. Le tendieron una alfombra roja, sonaron 21 disparos y una banda militar ejecutó los himnos de Argentina y Nicaragua. Pasó nueve días en ese país, donde dictó conferencias en las universidades y dio montones de entrevistas. Solo estaba acompañado por Isaac Gilaberte. Landajo e Isabel lo esperaban en Colón.

Cuando regresó, ya sabía que Panamá no era un lugar seguro para él. Por eso se dejó convencer por un contacto que tenía en Caracas, que le ofrecía casa y algunos hombres para seguir con la reorganización del movimiento. El 5 de agosto se apresuraron en los preparativos para la partida: hicieron valijas, saludaron amigos y quemaron papeles comprometedores. Gilaberte y Landajo compraron tickets en el barco Américo Vespucio para llevarse el equipaje de Perón y el Opel, todavía con el paragolpes roto. El 6 de agosto de 1956, Juan Domingo Perón dejó Panamá. Partió rumbo a Caracas en un avión rentado por el Comité Olímpico Venezolano. Soportó compartir el vuelo con jóvenes deportistas porque los tickets aéreos le salían a mitad de precio. Solo una cosa lo obsesionaba: el poder. Le esperaban 17 años de exilio y un regreso triunfal, para, finalmente, perecer en el trono.

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