La entrada triunfal

La espera desespera, dice el dicho. Pero mientras se espera, ocurren una infinidad de cosas

La hora de inicio se había fijado a las 10:00 de la mañana en ATLAPA y considerando los controles y la búsqueda de estacionamientos, más valía entrar con tiempo.

La atención se centró en la entrada principal, reservada para invitados internacionales, algunas personalidades del patio y funcionarios del nuevo gobierno.

En esa entrada se apostaron los equipos periodísticos de los canales de televisión, algunas emisoras de radio y medios escritos, además de la prensa extranjera.

También se acercaron algunos simpatizantes del PRD, prestos a vitorear a sus líderes, aquéllos por quienes votaron y –al menos eso esperan– resolverán sus problemas.

Algunos invitados ya habían tomado sus lugares, mientras los locutores hacían los primeros comentarios, todos esperaban a los que aún estaban en el Palacio Legislativo.

Cerca de las nueve y media se acercó Samuel Lewis N., quien tomaría posesión como primer vicepresidente. Inmediatamente se le acercaron los periodistas para hacerle la pregunta que se repetiría docenas de veces: ¿Qué podemos esperar del gobierno que inicia hoy? Minutos después el turno sería para Rubén Arosemena, segundo vicepresidente.

Pero quien realmente movería masas, tanto periodísticas como del resto del público no sería un político. La calma del momento sería interrumpida por un grito: “Viene “El Cholo”. De un auto de lujo se bajó Mano de Piedra Durán, quien fue asediado por los medios. “No vengo a pedir nada”, dijo. “Fui invitado y para mí es un honor estar aquí”.

El reloj seguía avanzando. La temperatura se elevaba y todos se preguntaban ¿cuándo van a llegar?

Desde un monitor se observaba la transmisión desde el Palacio Legislativo. Las votaciones para elegir al nuevo presidente del Poder Legislativo no habían finalizado. Mientras tanto, llegaban algunas figuras conocidas. Jorge Ritter, Ricaurte Vásquez, el alcalde reelecto, Juan Carlos Navarro, y Julio Dely Valdés. O ¿sería Jorge? La duda quedó en los periodistas.

El movimiento de algunos efectivos de seguridad anunciaba la llegada de alguien grande. “ Back, you have to move back”, dijo en tono enérgico uno de los guardaespaldas de la comitiva del secretario de Estado de Estados Unidos, Colin Powell. El cordón se angostaba, la alfombra roja había desaparecido. A un lado, una reportera le comentó a otra: “Yo no entiendo inglés”.

Llegaron al lugar varios autos oscuros. Finalmente el que transportaba a Powell se detuvo y antes de que pudiera bajarse ya estaba rodeado por cámaras y grabadoras. Con alguna dificultad, los efectivos de seguridad abrieron la puerta y en cuestión de segundos el secretario de Estado había entrado al edificio sin decirle hola a los medios de comunicación.

¿Qué fue esto? se preguntaban algunos, mientras otros se quejaron por la reacción exagerada de los guardaespaldas.

Un funcionario del Comité Organizador se acercó a un grupo de reporteros para decirles en voz baja: “Sabemos que ustedes tienen que hacer su trabajo, pero, por favor no sean tan agresivos. Están poniendo nerviosos a la seguridad. Los de aquí están acostumbrados a que les caigan encima, pero los de fuera no”.

Prueba de ello fueron los elegantes soldaditos del cordón, para quienes el mensaje fue diferente: “No se dejen tumbar, agárrense duro que no debe pasar nadie”, y por las dudas, decidieron incluir algunos guardias más.

Las manecillas del reloj se acercaban a las once. Desde el monitor que estaba en el suelo se observaba lo que acontecía en el Teatro Anayansi, donde invitados de rostros aburridos, que puntualmente se acercaron al centro de convenciones, se dedicaban a conversar con el vecino de al lado.

La sed se apoderó de quienes esperaban cerca de la alfombra roja, mientras que pequeños vendedores coreaban “agua, agua bien fría”, a esa hora la garganta ya estaba reseca y los zapatos, más chicos.

“El Informal” se hizo presente. Conversó con algunas personas; otras sencillamente lo ignoraron.

La esperanza renació cuando se vio llegar un enorme bus. Cuando se detuvo, se armó la algarabía. La muchedumbre, congregada en cuestión de un par de horas, reconoció en una de las ventanillas el rostro de la Princesa de Asturias. Por un momento lució asustada, pero bajó de la mano de Felipe de Borbón, ¿habría algún peligro?

El forcejeo se inició nuevamente mientras los mandatarios invitados bajaban del autobús. Lo hicieron de forma rápida, evitando las preguntas de los reporteros. Mientras, el cordón de seguridad luchaba por no romperse. Al fondo, algunas banderas del PRD ondeaban en espera de su líder máximo.

“No he tomado una foto que valga la pena”, comentó una fotógrafa extranjera. “Estoy perdiendo el tiempo”, lo que era cierto. Para ellos fue muy difícil lograr una foto donde los invitados no aparecieran acompañados si no cubiertos por personal de seguridad, protocolo y camarógrafos. “Bueno, hay que esperar porque el más importante no ha llegado”.

Se acercaba el mediodía y no llegaban aún ni el presidente ni los diputados. ¿Qué pasa que todavía no llegan? ¿Es que iban a presentar algún anteproyecto polémico?

Rompiendo el cordón y evitando a los fotógrafos se acercaron el magistrado Adán Arjona y el fiscal electoral Gerardo Solís, entonces: “¿Por qué rompe el protocolo?”, le preguntó “El Informal”.

Pasaron algunos minutos que se hicieron interminables. Finalmente llegó otro grupo de autos de lujo. De uno de ellos se bajarían el pelirrojo Nicolás, Martín Omar y Daniela, también asediados por los medios.

Pero todo se olvidó cuando llegó el auto negro que transportaba a Martín Torrijos y a su esposa Vivian.

“Viva el hijo de Omar Torrijos”, gritó uno de los perredistas agrupados en la entrada principal. “Viva Martín”, gritaron otros más, mientras todos intentaban acercarse, para generar una gran confusión.

Una masa conformada por efectivos de seguridad, protocolo y acompañantes se desplazó por la alfombra roja y en pocos segundos desapareció. Solo quedó en la puerta un seguidor con todo y bandera del partido que reclamaba su derecho a entrar. ¿Cómo llegó allí?

Una oficial se dirigió a él respetuosamente pidiendo que se retirara, a lo que él le respondió: “No, yo quiero entrar”. La solicitud fue reiterada generando cierta tensión. Afortunadamente, el hombre recapacitó y dijo firmemente: “Está bien. Yo voy a entrar cuando ustedes se hayan ido”.

“Bueno, ¿quién falta?”, preguntó alguien y la respuesta fue desalentadora. “Los legisladores”. Todavía no nos acostumbramos a llamarlos diputados.

Con el ánimo de que “quien espera lo mucho espera lo poco”, se mantuvieron las posiciones hasta que llegaron dos buses con los invitados en impecable blanco.

“Jerry”, gritaban copartidistas, a manera de “acuérdate de mí”. Nombres, apellidos o apodos, lo que fuera para llamar la atención del posible benefactor. Así mismo se escuchaban algunos saludos más íntimos, “¡Hermanazo!”, y “¡Compadre!”, acompañados por felicitaciones. Si el saludo era correspondido, quedaba una sonrisa de satisfacción, mientras que a los ignorados, una mueca de desaliento.

Ya están todos los que son y son todos los que están. En pocos minutos y con casi dos horas de retraso se daría inicio al acto de toma de posesión del nuevo Presidente. El día iba a la mitad. Aún faltaban muchas cosas por ocurrir.

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